Tuesday, March 16, 2010

Psicoanálisis, Fantasma, y Revolución


Leído sin pudor, el título que abarca esta nota pudiese insinuar que pasaremos examen por la Escuela de Frankfurt, ya que, al fin y al cabo, fueron los miembros del Instituto de Estudios Sociales quienes, bajo la primicia de Eric Fromm, estrecharon los lazos entre psicoanálisis y estudio social. Ensayos tan relevantes como "El miedo a la libertad", "La personalidad autoritaria", y "Los orígenes psicoanalíticos del fascismo", estos dos últimos de Theodor Adorno, son contribución a una mirada, como ha enfatizado Susan Buck-Morss, de cómo la cultura de masas ha sido comodificada hasta el nivel del subconsciente. Y, sin embargo, no será en nota donde buscaremos una relectura de estos pensadores, ya que la primera señal en el título marca la superioridad del psicoanálisis sobre la Revolución, lo cual diferencia de las investigaciones de los estudiosos alemanes.
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Para estos, el psicoanálisis, como incansablemente repetía Adorno en sus ensayos, era un suplemento para la investigación de las formas de dominación y las estructuras del poder en la industria cultural. El psicoanálisis, entonces, quedaba, si no rebajado, instrumentado (paradójicamente lo que siempre rechazó Adorno y Horkheimer en la Dialéctica de la Ilustración) bajo el substrato de la razón crítica emanada de la tradición kantiana. La relación entre psicoanálisis y revolución supera la dialéctica a la vez que la une algo mucho más fundamental que la razón: el cuerpo. Tanto la revolución como el psicoanálisis, comparten una intensificación por el fantasma y el deseo, la totalidad de un cuerpo y una energía posible, los procesos de uniformidad y los conjuntos. La revolución no es el instrumento del psicoanálisis, sino que en el momento del hacer psicoanálisis, comenzamos revolucionando – en la acepción semántica mas abstracto intuimos que se trata de una transformación total de lo singular – una fragmentación corpórea y psíquica que comienza desde la carne.

Probablemente la alusión del "espectro" de Marx no tiene otra función, como me ha advertido en reiteradas veces el filósofo Emilio Ichikawa siguiendo al Umberto Eco, que la de una metáfora gótica popular hacia finales del siglo XVIII. Pero como ha visto Roman Jakobson en su estudio sobre la metáfora, la mediación entre dos conceptos que aparecen unidos en una misma formación sintáctica (espectro – comunismo) merece exegesis que vincule la estructura entre dos términos, sin necesidad de salirse de la dialéctica que acompañan las dos enunciaciones. ¿Qué es lo que establece el movimiento entre revolución y el plano del psicoanálisis? El zigzagueante movimiento es el propio desplazamiento del fantasma: el deseo como una entidad inmaterial, pero corpórea (el cuerpo mismo), donde se activa la totalidad en lo singular. Es allí donde se une, sin necesidad de una cerrazón de razón crítica, el pasadizo entre la conquista del deseo por una parte, y la opción de la Revolución por otra.

El fantasma para Lacan configura un espacio articulado por lo lingüístico entre lo Simbólico y lo Real. En la zona indeterminada del lenguaje, donde se establece el vacío del trauma del Otro, el fantasma ocupa dos funciones relevantes: el poder mantener una distancia de lo Real (objet petit a), e imaginar en lo catastrófico como placer sublime. ¿No es esta una defensa de la Revolución total, abierta, y reprimida por la Izquierda de hoy? El fantasma de la Revolución ya no es el comunismo como tal, sino lo que he impide que la Revolución misma se llegue a considerar como posibilidad. De modo que el fantasma es el deseo de reprimir lo Real Revolucionario. Una de las vías del tratamiento a esta represión política del deseo, como ya lo ha analizado con rigurosidad el grupo psicoanalítico presidido por Félix Guattari en el 68', es perforar sobre el fantasma, y aunque sea catastrófico, fondear las puertas de lo Real y lo innombrable. En el siglo XXI, lo innombrable sigue teniendo un nombre y una diferencia con otros tipos de movimientos progreso social: Revolución. Se entiende quizá por este término, la emancipación del fantasma que la obstruye para alcanzar una radicalización total de una democracia y "salir", como en Girolamo Mercuriale, de ese interminable vitium corruptae imaginationis.

Lacan leía en su ponencia en Televisión: "…el discurso analítico es una red social determinada por una práctica social". El psicoanálisis, en su vertiente lacaniana, es decir, lo que enfrenta y traspasa lo Real, es la única línea de fuga entre la integración de la batalla virtual de la condiciones materiales-reales del proletariado y las multinacionales que proliferan en la era de la globalización. Los múltiples actores, instituciones, poderes, y límites que arman la intrincada malla del poder actual, corresponden a una desfiguración del fantasma que, en vez de recorrer Europa, sueña la utopía democrática del neo-liberalismo.

Una respuesta a los nomadismos, a las circulaciones del yo, a las estadías periféricas, el romanticismo tercermundista del New-Left, o las insolaciones de los cuidados de transformación sujetiva, se vislumbra en con la que Jacques Lacan le objetó a un estudiante que abruptamente irrumpió en uno de sus seminarios en 1968: "Tu preguntas que ha hecho el psicoanálisis por la Revolución, y yo te contestaré que ha hecho la Revolución por el psicoanálisis". El revolucionar hoy el fantasma, implicaría entonces, no una instrumentación sociológica por el bienestar utópico, sino el alejamiento de los miedos que impiden el fin de ese malestar por lo utópico. La ilusión está en pensar que el fantasma, como el deseo, no es fluctuante, y que dentro del cuerpo vivimos en una interior sin operación externa. Una operación que a su vez nos vincula con los otros a través de una misma experiencia.
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Gerardo Munoz
Marzo 12, 2010
Gainesville, Fl.
*foto: Jacques Lacan con un estudiante revolucionario.
Nota: Le debo alguna de estas ideas de un breve diálogo con el Profesor lacaniano Martin Sorbille de la Universidad de la Florida.

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