Thursday, April 29, 2010

Barthes, Léon Bloy, y el dinero



Como pocas poéticas de la Modernidad - quizá solo se me ocurren los tratados de Joseph de Maistre, Julio Evola, y George Fitzhugh – la obra del francés Léon Bloy, encarna en su mayor parte, uno de los ejercicios más espléndidos del arte del diario (tanto en su forma de vida, como en la escrita).

Una amiga chilena me preguntaba recientemente cómo estudiar el arte del diario, cómo dejar de un lado la vida del autor, en un género tan íntimo y tan escasamente público como el dietario de un escritor, esa especie de rastreador de huellas. Las páginas de Bloy, escritor que fascinó a Kafka, a Walter Benjamin y a Borges, esconde una respuesta: el buen diario de alguna forma es la transformación de la vida en otra cosa, desplazar la representación del vivir sombras de lo irreconocible. Bloy, como advierte Borges, hizo (felizmente para la retórica y lamentable para sus amigos y su familia) un arte de la injuria y el vituperio insidioso. El medio del insulto, el significante por el cual agredió a la Modernidad, a la pujante burguesía francesa, y las instituciones francesas fue el dinero. De ahí que en toda su obra, se atraviese la exuberancia del dinero como algo místico, como una especie de prostitución a la cual el escritor en su esencia (que en realidad no quiere decir mas que el propio Bloy) nunca se rebajara. Así nos comenta Roland Barthes:
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"Bloy's Cahiers have, in truth, only one interlocutor: Money. Unceasing complaints, invectives, schemes, failures, pursuits of the few louis necessary for food, warmth, rent; the poverty of the man of letters is here anything but symbolic; it is a calculable poverty whose tireless description matches up with one of the harshest moments of bourgeoisie society….money reflects the most elementary of transformations: circulation"*.
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Con la lectura aislada de este fragmento, me pregunto cunado se llevará a fondo una lectura sobre las intersecciones de la escritura y los discursos sobre la riqueza. Hugh Kenner en The Pound Era, inicia una lectura de la fascinación del sistema monetario chino que tanto dramatizó Ezra Pound en los Cantos. Se pudiera pensar en Borges con el "zahir", o algunos relatos de O' Henry. De igual forma, las poéticas de la derecha, por más que ataquen, desde diferentes umbrales y posicionamientos históricos, a la burguesía de su tiempo, permanecen como escritores que se sienten unidos a la responsabilidad del dinero. Para estos escritores, a diferencia de como lo ha leído Jacques Derrida en Dar Tiempo: la moneda falsa I, el dinero es un sistema que resiste toda circulación, y que, por su parte, hace de la pobreza uno de las condiciones más fructíferas del hombre moderno. Para Bloy, justamente, el dinero y la pobreza están acopladas bajo cierta transversal teológica: "La pobreza autentica – nos dice Bloy – es involuntaria, y su verdadera esencia es desearla". Numeroso en ejemplos como éstos, las páginas de Bloy – desde sus diarios hasta la apología de Napoleón, de El desesperado hasta sus escritos sobre los milagros – la pobreza aparece como una reivindicación del alma y una de las vías de escape o de contraataque de los modernos. No resulta contradictorio que los poetas cubanos de Orígenes tomaran ciertas ideas de Bloy (aunque no conozco referencias a Bloy en la obra de Cintio Vitier, Fina García Marruz, o José Lezama Lima) y de su amigo, el pensador católico Jacques Maritain, uno de los que, dicho sea de paso, introdujo la única colección de apuntes que hasta el momentos tenemos de la obra de Léon Bloy en la escena intelectual norteamericana. De igual forma, la "pobreza irradiante" de Bloy, es una metáfora de un tiempo y de una clase social regida por un sistema que, como lo entiende Bloy desde su retórica, hace un acto de "estupidez" y se rebaja a un propio acto de prostitución.

En su ensayo de 1974 publicado en Tableau de la liteterature francaise de Gallimard, Roland Barthes prefiere leer a Bloy, sin embargo, como otro de esos escritores que buscan la "expresión de la felicidad", para usar el término de Maurice Blanchot, y que aparecen bajo el signo de lo profano. La destrucción de su presente, nos dice Barthes (una de las prácticas, como sabemos, de la vanguardia de comienzos del siglo XX), aparece en Bloy como un exceso de estilo, una exhuberancia barroco, por la cual se desequilibra el sistema monetario del capitalismo. Quizá aquí encontramos otro pasadizo teórico entre Roland Barthes y el cubano Severo Sarduy: al conceptualizar el barroco como exceso, y maquinaria del placer que inmoviliza y desarticula todo el sistema ordenado que se centraliza en la economía del orden; Barthes sugiere un paradigma barroco de leer la circulación de compras y ventas. Sarduy, en su ensayo Barroco, propone la idea del barroco como estilo del exceso contra la norma, y no como una gula moral del estilo. El barroco en todo caso significa – para Severo Sarduy – placer a través de la carnosidad expresiva de las palabras, expansión astronómica enfrente a las regulaciones económicas de la sociedad moderna. Aunque probablemente hubiese sido renegado por el propio Bloy, Barthes reafirma que, amén de sus orientaciones ideológicas, lo que tenemos que salvar y reapropiar de Bloy es ese jouissance literario:

"…in Bloy, such discourse, infinitely obliging, gives itself unsalaried; it thus appears not as a sacerdotal ministry, an arte, or event as an instrument, but as an activity, linked to the profound zones of desire and of pleasure. It is doubtless this invincible delight of language, attested to by an extraordinary wealth of expression, which give Bloy's ideological choices a kind of inconsistent antirealism…"*.

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Gerardo Muñoz
Abril del 2010

Gainesville, FL.
* "Bloy" (191-194) en The Rustle of language by Roland Barthes

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