Thursday, April 8, 2010

¿Comunidad o Nación? Apuntes para un problema insular


"To dream of islands, whether with joy or in fear, is to dream of pulling away, of being already separate, far from any continent, of being lost and alone, or to dream of starting from scratch, recreating, beginning anew".
– G. Deleuze, “Desert Islands”
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Le gustaba señalar a Don Fernando Ortiz que, esas entidades territoriales que llamamos comúnmente “islas”, son realmente archipiélagos, o como diríamos en terminología filosófica leibniziana, son substancias de agregados simples. Como el afanado “ajiaco”, “la raza cósmica”, el canibalismo y el barroco antillano que vislumbró Alejo Carpentier en su viaje a Haití (es allí donde se funda la mitología de El Reino de este mundo), para los escritores republicanos de la década de los 40 en Cuba, la multiplicidad y excepción era tan crucial, como la diferencia y lo singular. Seria por aquellos tiempos también que un muy joven José Lezama Lima recibe al poeta andaluz Juan Ramón Jiménez, donde aprovecha para discutir el problema de la “teleología insular”. Desplazados también por una hecatombe política, los exiliados españoles que permanecieron en Cuba - J.R.J, María Zambrano, Ramón Menéndez Pidal, Jorge Guillen, Morata Cantón – participaron en los debates y discursos cubanos que comenzaban a preguntarse sobre la importancia de la insularidad en America Latina. Publicado con el título Coloquio con Juan Ramón Jiménez, aquellas conversaciones entre Lezama Lima y el poeta español, mitificaron, diferencias aparte, a una Cuba como el eje de un conglomerado de islas que pueblan las aguas entre Estados Unidos y Latinoamericana, cuyo telos se localiza en esa “era imaginaria” entre Roma y Grecia, excepcional y heredera de este imaginario occidental. Toda la poesía de José Lezama Lima y la de Cintio Vitier, o las respuestas o alejamientos de Gastón Baquero o Virgilio Piñera, se convierten en alegorías de la fundación de la nación y de la pertenencia permeable de la insularidad.
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Regidos por este “subconsciente político”, como diría Fredric Jameson, el problema de la insularidad cubana aparece, entonces, en todas las novelas que se producen desde aquel espacio: desde los propios versos libres de Marti a Paradiso de Lezama Lima, de Tres tristes tigres de Guillermo Cabrera Infante a Celestino antes del alba de Reinaldo Arenas, las novelas de Abilio Estévez o los cuentos "sucios" (realmente los mas conservadores que se han publicado recientemente) de Pedro Juan Gutierrez, son realmente lanzamientos, en el mejor sentido de Mallarme, de “dados” sobre el mantel del mar: estelas que buscan situar la comunidad o la nación en los umbrales de lo telúrico.

Hablo del caso paradigmático cubano, no solo porque es que mas cerca tengo – tanto geográficamente, como epistemologicamente – sino porque, y vale la pena resaltarlo, buena parte de las poéticas del Caribe se han visto enfrascadas en la encrucijada dialéctica entre nación y comunidad, entre mar o tierra, entre el “quedarse” o el “irse”. En la era de la globalización y el surgimiento de las balsas en el estrecho de la Florida, podemos afirmar, casi empíricamente, al menos dos pormenores. Primero que, como ha dicho en reiteradas ocasiones el pensador cubano Iván de la Nuez, el mito de Calibán solo puede existir desde el espacio del exilio, es decir, montando una balsa hasta Key West: un verdadero cast away del mundo globalizado. Por otra parte, y contiguo a los desplazamiento por mar y agua, el posmodernismo se ha acercado al Caribe desde la perspectiva espacial o de ese deterioro del orden teleológico de la consagración de la insularidad. Hablar hoy de la isla en el Caribe, o quizá de “archipiélagos”, seria retroceder del posmodernismo a la fronteras, del desorden a las matrices conspicuas de la identidad, del quiebre del ejercicio del nómada por el platanal tropical de los veranos.

De Severo Sarduy a Rita Indiana Hernández, atravesamos por un Caribe que persiste como una existencia de promesa o de “don”, al decir de Jacques Derrida, de una cultura hibrida, o simplemente de otra(s) culturas. Con las publicaciones de La isla que se repite de Antonio Benetiz Rojo y Culturas Hibridas de Néstor García Canclini, comenzamos a entender al Caribe como la cantera de las pérdidas, de las huellas, y de las diseminaciones que van quedando, como lastres, entre la costa y el mar. Ya sean los travestis de Maitreya y Cobra de Sarduy que pasean por la urbe global – desde los Himalayas hasta Camaguey – o el Papi de Rita Hernández, que se baja del avión desde Nueva York con todas sus maletas, vemos que el Caribe hoy, si todavía es posible hablar desde la singularidad de esa enunciación semántica, en otra parte. Ya no bastan los arquetipos ni los recursos de posibles definiciones (isla, archipiélago, raza, “forma de ser”), sino constante transmutación incesante de percibir ese territorio como otro espacio dentro del espacio global. De ahí que en plástica del siglo XXI, artistas cubanos y del Caribe hallan abandonado el tema de la isla como representación o forma de sus obras: Bruguera y lo político, Glexis Novoa y los biopoderes de la ciudad de control, Luis Azaceta y los residuos de la ciudad.
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Solo es posible, acaso en el presente, discutir la insularidad como diferentes momentos del vivir en comunidad, donde el ser pueda (cualquier ser, diría Agamben) recorrer las fronteras de la nación sin obstáculos del Soberano. Los debates que surgieron entre Maurice Blanchot, Jacques Luc-Nancy, y Giorgio Agamben, sobre la comunidad no solo parten de una radicalidad política de la emancipación de una sociedad civil plural y completamente democrática, sino también en pensar como seria el rostro de la convivencia o des-convivencia entre el Uno y el otro, en el futuro del Occidente.
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La narrativa, intransigente y enajenadora por excelencia (Lukacs), no adopta un discurso insular, sino que lo invierte en una economía de las huellas, en el palimpsesto de la fuga y de la salida o entrada. Para los filósofos Gilles Deleuze y Gustavo Pita, la isla es una entidad virtual, desprendida si se quiere, de las totalidades, y poseedora de una soledad de la singularidad. El artista es el Robinson Crusoe que ahora decide reintegrarse en la barbarie civilizadora. A estos pensadores se le olvidada recalcar que, la soledad más efímera de la isla, no es la pertenencia a ella, sino la desmaterialización de la misma: buscar flote cuando se acaba la tierra. La isla se deja vivir en sus restos desde el propio agotamiento. Las balsas del artista cubano Kcho o Jose Bedia muestran la “soledad” de la isla, y su despliegue en busca de conexiones, de un mundo mas allá de la esencia de sus costas. Son balas que salen – verdaderas gomas exiladas de la tierra – para nunca más volver, y con la esperanza de una tierra sólida en la infinitud de las estelas marítimas. Una comunidad insular o post-insular, vendría a sostener la idea de una dispersión de islas como pequeñas comunidades extra-territoriales, átomos insulares en Houston como Nueva York, en los boques de Massachussets, y en el desierto de Phoenix. Granos de arena sin playas.

Publicada hacia el final de su vida intelectual, la Teoría de la frontera (1970) de Jorge Mañach proponía un Caribe más allá de un territorio, compuestos de desplazamientos y posiciones del poder. Papi que viene, guaguas que se van, motocicletas a templos tibetanos, o revolucionarios vestidos de travesti, no es un futuro real, pero es probable. Será allí donde encontraremos un Caribe en haecceitas; con la integración de todos, y la singularidad de otros.
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Gerardo Munoz
Abril 2, 2010
Gainesville, FL.
*foto: instalacion del artista cubano Jose Bedia

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