Friday, April 16, 2010

El ciudadano insano en el fin de la urbe


Mañana todo será mejor, y si no/ mañana, entonces pasado mañana. Bueno, / tal vez no mucho mejor/ pero al menos diferente”. – Hans Magnus Enzensberger, El Hundimiento de Titanic
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En uno de los ensayos fundacionales de la Escuela de Frankfurt – ¿Que es una teoría? – el filósofo Max Horkheimer se alejaba de la interpretación factual de las teorías, es decir del “cientificismo” empírico que pacta con la rúbrica del método racional, para relacionar, desde la sociología, la correlación dialéctica entre hegemonía ideológica de la función teórica como instrumento de emancipación social.
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Desde entonces, pasando por la ladera del posmodernismo, la función teórica viene siendo, más que un arma para la totalidad del discurso marxista, una retórica descriptiva que opera, a la manera de la semiótica o de los discursos culturales, como una panacea para resaltarse a si misma sobre algunos fragmentos del presente. En un mundo que, al menos desde los cursos sobre Hegel de Alexander Kojéve, la historia ha quedado menoscabada por la fascinación del presente, los lamentos de los estudios culturales, ese umbral que intenta despedirse del posmodernismo a la vez que se vuelve otra lógica de su propio parricidio, vienen a objetar, por una parte las totalidades de una emancipación, y a promulgar las política de las diferencias de identidades. El libro publicado este año por Pola Oloixarac Las teorías salvajes (Entropía 2010) es un buen candidato a cómo burlar lo que ha sido esa “industria bombástica de las teorías posmodernas”. El antagonismo que se enlista entre las diferentes identidades, la crisis de la nación, y los discursos hegemónicos guardan al menos una contrasentido: el poder puede prescindir fácilmente de una esencia, de un monolingüismo cultural, ya que la misma globalización, a través de sus estructuras y desplazamientos, genera espacios donde las políticas de la otredad son reciclables para distanciar de la politización de la vida. Los espacios creados de “identidad”, entonces, son la mascara ideológica, al decir de Marx, del verdadero mecanismo global: el control de la biopolítica, seria donde el Estado y sus instituciones asumen del dominio sobre el ciudadano y su espacio.

Llamémosle “nómadas” (Maffesoli), “inoperancia comunitaria” (Nancy), “otredades singulares” (Samuel Weber), “identidades construidas” (Judith Butler), “sujeto híbrido poscolonial” (Homi Bhabha) o el “ciudadano insano”, como ha propuesto recientemente Juan Duchesne Winter; lo que todas estas propuestas teóricas sostienen en diferencia es también algo en común. Algo que Horkheimer hubiese negado desde un principio: la carencia de la totalidad y la imposible resistencia desde lo particular. De modo que, desde un principio, conviene preguntarse: ¿cual es la mediación entre la multiplicidad en la era de la dispersión y del híper-consumo de lo que Guy Debord llamó la sociedad del espectáculo? ¿Qué es lo que seria común entre el trabajador de comedor de fastfood y un trabajador de una mina, entre un profesor universitario y un desamparado de la ciudad? La muerte de las utopías, con énfasis en la utopia Comunista, es hoy el gran tabú de una Izquierda que se vuelve paradójica y pueril. Una Izquierda que puede defender - y que ademas defiende con ganas - a una Revolución fracasada y nacionalista como la gerontocracia de los Hermanos Castro, y que, dentro de ese mismo discurso, crea el consenso que, por más que unos quieran, el socialismo emancipador ha quedado enterrado para siempre. El concepto de Juan Duchesne Winter el ciudadano insano, no esconde su operación anti-subversiva:

“El ciudadano insano no pugna contra la injusticia social, pues se deleita en plasmar lo asocial en sus avatares. El ciudadano insano no desafía la realidad, sino que rasga lo real y por eso mismo adquiere la consistencia de una ficción, sin por ello representar un hecho social. El ciudadano insano desconoce la tiranía del porvenir, alojándose en la autonomía de presente, cuadrando su reloj a partir del cero futuro, cero pasado”. (p.221).

Imposible resistir las ansias de comparar esta paráfrasis con los fragmentos que, durante la década de los treinta, Walter Benjamin definía en el “carácter destructivo”, aquel ser que deambulando sobre las “calles de una sola vía” podía comprender la catástrofe del presente. A diferencia de Benjamin, la propuesta de D. Winter no solo se aleja de lo desafíos de la realidad, sino también de la autonomía del presente. Es sobre este desorden de la caída de los ensueños, al decir de Susan Buck Morss, que se construye la diseminación de las teorías culturales de la demencia.
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Dicha ansiedad por lo novedoso también nos recuerda a esos sujetos malnutridos y achacosos que arrastran los residuos urbanos del artista español Enrique Marty. Al no encontrar esa “salida única”, el hombre insano de Duschesne Winter, el ciudadano habita los espacios de una ciudad del deseo que el capitalismo que construido para él: el espacio del cine y el mall, las tiendas y los supermercados, la casa y el espacio público. Como el “sujeto corrosivo” del cual discutió Richard Sennett, la enfermedad del ciudadano insano es la convivencia en una soledad estremecedora, donde los espacios ahora son mesetas para resistir (y no atacar) la intemperie. La unión entre estos “ciudadanos insanos”, según Duchesne Winter, es la mancha patológica producida por las propias democracias liberales de mundo desarrollado, aunque apáticos con la política como organización del nomos. Estos ciudadanos – quizá sin nombres ni rostros – son en realidad atomizados y amontondos en los espacios “impúblicos” de la ciudad ruinosa del siglo XX. Una ciudad que por un momento ha dejado de ser si misma.

Después las utopías y sus estragos, lo que resta en el umbral del siglo XXI es el espacio de la ciudad en una era de juegos semánticos y estados excepcionales (terrorismos, estado de miedo, apuestas, o excepción). Pues la ciudad se transforma en el espacio del desabrigado y del malestar común de los ciudadanos, como lo han propuesto Ivan de la Nuez y Josep Ramoneda en su proyecto curatorial Atopia. O mejor: el ciudadano que no se reconoce jamás en el otro. Quizá sea ese malestar la potencia de la alianza, es decir “lo común”, en los residuos de estas ciudades, que han perdido todo menos el sentir de la catástrofe. De ahí que buena parte de la producción de arte contemporáneo vuelva sobre el espacio de la ciudad para buscar las fugas de esta crisis que aísla en la interfería a cualquier intento de “relación” de un sujeto de la comunidad con lo que es común para ambos. El artista francés Pierre Huygue declara lo siguiente:

“What are the roles of this citizen...the relation of one person to another person inside a set of persons. When you say protagonist, this shift from citizen to protagonist is more about the role through which a person is integrated into a social community, then of course [it may be] related to some fiction” (New Art Examiner No. 27, 2000).

El fértil campo de la estética y de las artes visuales ofrecen hoy, amen de su metodología contraproducente con el campo de lo político, una vuelta a la relación entre los sujetos de la ciudad, la alternaza de una comunidad, y el cambio radical entre mundo real y la distribución estética. Aunque como arguye Jacques Ranciere en El Espectador emancipado, la función del arte relacional, entretiene erróneamente los roles entre espectador y actor, sin dar cuentas que el arte no debe desnaturalizar las huellas de un proceso natural, sino cambiar la propia realidad donde aparece el arte y se distribuye: el campo de lo social. No se trata de aceptar la ciudad, sino de buscar otra. La ciudad hoy aparece como ese otro espacio, pero a diferencia, del pasado, el ciudadano insano, debe buscar hoy, más que nunca, la sanidad disciplinaria para volver a lo que es común entre todos, y dejar atrás la crisis de esa ciudad que es justamente ya es el simulacro global que nos ofusca.
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Gerardo Munoz
Abril del 2010
Gainesville, FL.
*imagen: escultura de Enrique Marty

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