Monday, April 19, 2010

El Comunismo o el reino de la paradoja


Reseña: The Communist Postscript de Boris Groys (Verso 2010)

A veinte años de la caída del Muro de Berlín, la reintegración de los estados de Europa del Este a la Unión Europea, el comienzo de la globalización, y la llegada del "fin de la historia" tal y como la propuso Alexander Kojeve en su lectura de la Filosofía del Derecho de Hegel, vemos cierta inclinación en la Izquierda intelectual a volver a retomar el discurso del "comunismo" para reivindicar el enfrentamiento de lo que fue la Guerra Fría entre los dos mundos.

Los últimos libros de algunos pensadores de la Izquierda (First as tragedy, then as farce de Slavoj Zizek, Communist Hypothesis de Alain Badiou, Militant Modernism de Owen Hatherley) pueden rotularse bajo el regreso del comunismo como espectro, al menos en el discurso intelectual post-comunista, tal y como lo pronosticó el propio Carlos Marx en el Manifiesto. El último de estos libros – y quizá el menos programático y original – es el nuevo libro de Boris Groys, The Communist Postscript, publicado en Verso 2010 y traducido por Thomas Ford. Avanzando un argumento muy complejo en apenas ciento veinte y cinco páginas (en edición de bolsillo), el crítico y filósofo ruso, a la manera de Zizek y de todo buen pensador dialéctico, hace una revisión de lo que realmente fue (y es) el comunismo en su esencia del materialismo dialéctico. Quizá el mismo libro pide ser leído, como reza el título desde el comienzo, como una especie de "postdata", es decir, como un escolio que hubiese transcrito Marx y Engels, después de haber pasado por la experiencia comunista soviética y por los años del período del Estalinismo.

La Izquierda, tras el fracaso intelectual (para algunos) de la Escuela de Frankfurt en explicar el problema del Estalinismo y el comunismo en diversos países, tiene que partir el "grado cero" del comunismo y desde la propia historia de estos fracasos para redimir lo que hoy sabemos que fue una catástrofe. A Boris Groys le interesa, amén de su repaso sobre los orígenes de la historia de la filosofía del Occidente con Platón y Sócrates, contraponer la lógica del sistema comunista a la par de la lógica capitalista. Para el que es mínimamente versado en la obra de Boris Groys – la cual lamentablemente ha sido escasamente traducida al inglés y al español (hace apenas un par de años MIT Press introdujo los ensayos sobre la estética y arte contemporáneo bajo Art Power, y recientemente el traductor y semiólogo cubano Desiderio Navarro tradujo, para Pre-Textos, el ensayo clásico sobre El Arte Total de Stalin), sabemos que, para Groys, la relación entre poder y sujeto, entre obra y espectador, tiene que estar mediada por un espacio o canal de significado. De ahí que, a diferencia de estructuralistas y deconstruccionistas, para Groys el medio (método que hereda de los formalistas rusos y de Bajtín), viene siendo el proceso estructurante, tanto epistemológico como cultural, de la subjetividad moderna.

Según Groys, toda sociedad esta constituida de una "linguistificación" total donde operan dos sistemas antiguos de la lógica: el sofismo y el logos que introduce el pensamiento socrático. Lo realmente sorprendente de la lectura de Groys radica en que, a diferencia de aquellos que han visto en los posmodernos, partiendo con Nietzsche, como una de-construcción o descentralización de la razón occidental, Groys argumenta que es, justamente, todo lo contrario: en el logos socrático donde podemos encontrar el centro de la paradoja y del pensamiento dialéctico. Es decir que, Sócrates no vendría siendo el filósofo del "logocentrismo" y de la presencia absoluta, al decir de Jacques Derrida, sino la antinomia y el verdadero precursor de los movimientos lingüísticos de la posmodernidad: es el filósofo, arguye Groys, quien posee el poder de la paradoja y de la aporía, donde la posibilidad de sostener A y –A son no una contradicción absurdum, sino la forma como tal del pensamiento. En uno de los momentos mas brilliantes de la primera parte del libro, Groys comenta:

"…Lacan, Deleuze, or Derrida, one thing cannot be disputed: they all speak in paradoxes; they affirm paradox, they strive for an ever more radical embracing paradox; they oppose all efforts to flatten out paradox and to subsume it within formal logically valid discourse. In this way, these authors actually locate themselves in the best philosophical tradition, namely the Platonic tradition. But at the same time, they see themselves – and each, to be sure, in his own way – as dissident from this tradition….Paradox arises for these authors as a consequence of langue being occupied from the outset by the forces of desire, of the corporeal, of the festival, of the unconscious, of the sacred, of the traumatic…." (p.19)

Los antiguos sofistas, en cambio, para Groys representan el cambio del núcleo paradójico del logos en una verdad absoluta, o lo que es peor, en una práctica que hacen pasar las paradojas inmanentes del lenguaje y el dialogismo, como siempre lo vaticinaba Sócrates en sus diálogos (al menos los primeros), como recursos estables para sedimentar el poder sobre la política democrática de la polis. De modo que, en Groys encontramos, y en esto coincide con otros argumentos de los mas importantes pensadores de la Izquierda contemporáneo (pienso en Ernesto Laclau, Chantal Mouffe, y Jacques Ránciere), una visión antagónica de la política, donde se exige una condición paradójica de la pluralidad y la ciudadanía para poder llegar a estimular críticas, rectificaciones, y propuestas nuevas ante el poder. El lenguaje es el medio por donde se remite la paradoja del pensamiento y las contradicciones simultáneas entre sujetos disímiles y asimétricos.

Si la mediación que hace posible la democracia y la sociedad capitalista es el dinero (el capital), Groys sugiere que el comunismo ha sido y sigue siendo el sistema donde el medio operante es el lenguaje. De hecho, el materialismo dialéctico que parte de Hegel es la apoteosis de la paradoja formal mas totalizadora, ya que se enfrenta a la historia universal. Groys no solo adelante propuestas teóricas con base en Hegel y Marx, sino que vuelve sobre algunos textos de Lenin, Stalin, y manuales de la época soviética para argumentar cómo, desde el principio (cuando Lenin le preguntaron en 1908, si debían mandar un representante comunista al duma o si atacar clandestinamente, el líder como buen paradójico dialéctico, ordenó que ambas) hasta su tránsito al capitalismo, el sistema comunista es un modelo de la paradoja de la razón y la articulación de esta paradoja al nivel mas diáfano de la lengua. En los estudios de Stalin sobre la lengua y la lingüística, Groys vislumbra como el mismo estalinismo se contradecía al no poder situar, o negarse a situar, la lengua a nivel de base o superestructura, como diríamos en términos marxistas. La lengua en los regímenes comunistas – al menos en el soviético como lo estudia Groys – no consistía en una mera mediación entre Estado y sociedad, sino una especie de capa o de velo, para dibujarlo con una metáfora hegeliana, que cubre la ausencia de un espacio del mercado laboral. En una de sus brillantes respuestas a las preguntas de algunos camaradas sobre la relación entre el marxismo, la sociedad, y la lengua; el camarada Stalin escribía:

"Language, on the contrary, is connected with man's productive activity directly, and not only with man's productive activity, but with all his other activities in all spheres of work, from production to the base and from the base to the superstructure…that is why the spheres of man's activity is far broader and ore buried than the sphere of action of the superstructure. More, it is practically unlimited" (citado por Groys, p.58).

La sociedad soviética – y en específico la del Estalinismo – según Groys se transforma en una puesta en escena de los ideales de Platón en La República: mantener el control de la totalidad de la sociedad a través de la inconstancia del lenguaje. Una sociedad que supo ajustarse a los tiempos y a momificar a sus líderes (el filósofo aquí nos recuerda el Lenin embalsamado). De modo que la paradoja dialéctica está instaurada en el poder (el materialismo dialéctico), es imposible entonces de evadir la admonición que es, en efecto, la filosofía la que ahora preside. Los reyes se han vuelto filósofos, y ahora como reyes, gobiernan en la pura contradicción del curso de la Historia. La contradicción del comunismo es tal, advierte Groys, que debemos leer, siguiendo esta línea de pensamiento, la hecatombe de la desintegración de la URSS y los satélites del Este no como una victoria de Occidente, sino como un cambio necesario de las "condiciones objetivas" del comunismo paradojal que se mantuvo en poder por mas de cinco décadas. Groys aclara, con razón, como la solución de disolver el poder del Partido Comunista, fue una decisión de parte del Estado y de las elites políticas soviéticas. El precio a pagar, sin embargo, ha sido la introducción de un mercado abierto, plural, y democrático; que se regula, a diferencia de la dialéctica materialista, con los precios y los valores de las comodidades. El estado total de "renovación, destrucción, y paradoja" que se vivió en la sociedad comunista, entonces queda desacreditado en una sociedad que se construye a través de un consenso democrático (que nunca es democrático, esto lo sabemos), y que buscar situar las diferencias culturales, etnicaza, y de genero, por encima de la participación total de la política de la esfera publica. El fin de la Historia no ocurre, entonces, con la desintegración del comunismo, pues la misma "desintegración", como en una especie de paralelo freudiano del tánatos, la misma desintegración es parte de la utopía.

Groys admite, como buena parte de los libros sobre el "giro comunista", que el marxismo del futuro (que tendrá que venir, de acuerdo con las leyes de la dialéctica de la Historia, según Hegel), tendrá que ser diferente, responder a las nuevas coyunturas históricas y sociales, aunque de todas formas tendrá que poseer la misma estructura paradójica, lingüística, y racional que poseyeron las sociedades comunistas fallidas del siglo XX. La utopía del comunismo no se radica bajo esa "fidelidad" de la que tanto habla Alain Badiou en sus últimos ensayos, sino de inmensas contradicciones del capitalismo y de la renovación total del globo por la batalla de riquezas materiales (y exactamente uno tendría que decir que hoy son también "inmateriales"). La revolución, además, es como tanto nos ha ensenado Boris Groys a través de su labor intelectual, una repetición de algo que sucedió, de lo cual siempre resta algo: imágenes, recuerdos, uniones, contradicciones. El lenguaje es, además, lo que nos une para una comunidad que nace y permanece en lo paradójico.

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Gerardo Munoz
Abril del 2010
Gainesville, FL.

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