Sunday, April 25, 2010

José Emilio Pacheco, Cervantes


1.

Cuando lo llamaron para anunciarle el Premio Cervantes, José Emilio Pacheco se encontraba en la Feria del Libro de Guadalajara. Mientras se recuperaba, dijo que había recibido la noticia como los golpes que no duelen inmediatamente y producen una “sensación de irrealidad absoluta.” Acudió al Diccionario para entender lo que le pasaba. Dos palabras se lo dijeron: “zorimbo” (falto o escaso de entendimiento o razón) y “patidifuso” (que se queda parado de asombro).

Lo ha ganado, me dije, por quienes no llegaron a recibir ningún reconocimiento: Enrique Molina (Argentina), Emilio Adolfo Westhpalen y Jorge Eduardo Eielson (Perú), Marosa di Giorgio (Uruguay), Enrique Lihn (Chile), Juan Sánchez Peláez (Venezuela), Jaime Sabines (México). Todos son maravillosamente distintos pero se reconocen en el significado que alienta en la obra de Pacheco: el don de la palabra cierta. Se diría que el Cervantes lo reciben esta vez los lectores de poesía: la mutualidad de la lectura.

2.

La obra literaria de José Emilio Pacheco está distinguida por el valor de los nombres. Las palabras, en ella, albergan la calidad de lo durable.

Es una obra que nos hace parte de la nobleza de nombrar y de la benevolencia de creer; pero también de la ironía de que el lenguaje sea, a veces, más inteligente que el mundo que refiere.

Leyéndolo, nos sentimos parte de la vulnerabilidad inquieta de lo más vivo.

Compartimos en sus poemas, narraciones, ensayos, crónicas y traducciones, nuestro turno (disputado por el abuso del habla descreída) en un mundo restado de su significado original (límpido, lo opuesto a inmundo), y arruinado por las pestes de nuestro tiempo (el racismo, el machismo, la xenofobia).

La poesía de Pacheco es de lo poco genuino que nos queda luego del fratricidio político prevalente y de la comercialización de esta vida validada por valores de cambio, últimamente más bien devaluados. No en vano el crimen es hoy el lado negro de este mercado irrestricto.

Si un lector futuro, con nostalgia inverosímil, quisiera saber cómo fueron nuestras vidas de peregrinos del español, tendría en la obra de Pacheco la información suficiente para declararnos la especie desaparecida mejor documentada.

En estos libros el futuro lector encontrará la crítica de las fundaciones modernas, que se sustituyen con renovada violencia; y reconocerá las respuestas de una mayoría de edad ética, que escapan a la justicia, a veces sin jueces ni juicio.

La poesía de Pacheco es una protesta contra la catástrofe porque la violencia no es cultural sino la refundación moderna que nos acrecienta las deudas. Vallejo, que algo sabía de esto, lo resumió bien cuando escribió que hay que “matar a la muerte.” Nos queda esa gracia del poema, capaz de expulsar al lenguaje para volver a hablar.

Los trabajos de esperanza de José Emilio Pacheco tienen la forma de un escepticismo asombrado. Sólo alguien que cree demasiado en nosotros puede ser pesimista ante lo mucho que puede el hombre en contra, contrariado; y optimista de lo mucho que puede a favor, favorable.

Gracias al Premio Cervantes, tenemos hoy la extraordinaria suerte de poder darle las gracias, devolviéndole la palabra empeñada. Por la dignidad que comparte el lenguaje en su obra. Por su magisterio discreto, gratuito y fraterno. Pero también por ser tan pesimista y hasta catastrofista (a veces al terminar un libro de José Emilio uno tiene que mirar por la ventana para asegurarse de que el mundo sigue allí); esto es, por seguir negándose al optimismo banal de quienes confunden su bienestar con el bien.

Nos ha hecho contemporáneos de los lectores por venir.

3.

Leamos este poema suyo:

En el momento preciso
el espejo revela su más profundo secreto
y dice lo que antes nunca había dicho.
(Espejo)


El yo ausente se revela, de pronto, enunciado. El espejo del habla se abre en la duración plena de un idioma vocálico. Esa voz es la escena del evento: el yo, en el habla, nos es asignado como un nombre que, por fin, nos reconoce. La lección puede ser clásica: el nombre es suficiente para acordar el yo y el mundo. Pero es también barroca: espejo duplicado, se abre como la escena de la imagen que cristaliza. Y es, en fin, un contra-homenaje a Lacan: la imagen en el espejo no es el yo, lo es la imagen que parpadea.

Este otro es más breve que su discurso latente:

La moda pasa de moda.
La desnudez sigue intacta
como al principio del mundo.
(Moda)


Este grado cero de la escritura sugiere un contra-homenaje a Barthes. La moda, nos dice, es lo que deja de ser: el paso de una “moda” a otra “moda” declara el sistema. Esa repetición es un paralelismo y una duplicación: el nombre celebra su nombradía. Anuncia que su función es pasar, tránsito sin otra validez que su sustitución. La desnudez, ahora, hace del cuerpo el comienzo del mundo. De modo que la lección es clásica: el barroco cede sus telones, decorativo. La validación de lo vivo recusa el desvalimiento del mercado. Prevalece la palabra desnuda, otra y única.

Cervantes habría aprobado la noción de una palabra poética capaz de recobrar el valor y la valía

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Julio Ortega
Abril 23, del 2010
Estados Unidos
*originalmente publicado en el blog del autor.

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