Wednesday, April 14, 2010

Los rostros del poder


El poder ya no necesita de los telones de fondo para enmascarar la obscenidad de su rostro, sino que, al vivir en el pleno populismo del siglo XXI, la semblanza hoy puede actuar como distancia entre el pueblo y la virtualidad de sus líderes. Tal situación, digna de "la sociedad del espectáculo" que entreveía con sutileza Guy Debord a finales de la década de los 50, ha regresado para establecerse como la norma de lo político en nuestra sociedad donde, por primera vez desde los show-trials de Stalin hasta los think-tanks de George Bush, convierte a la esfera pública en un recinto de parque de diversión. Estos talismanes habilitan a una sociedad que no se identifica en si misma. Una sociedad que, por medio de la híper-inflación de las imágenes, permanece muda ante los rostros huecos del poder.

¿Que puede comunicar un rostro acerca de lo político? ¿Quien, entonces, pudiera identificarse con la representación de dicho rostro? En nuestro tiempo, una época trastocada por los discursos de las identidades híbridas y plurales, multiculturales y comunitarias, lingüísticas y nómadas, el rostro se convierte justamente en la esencia abierta de un ser que ha dejado el espacio de lo privado para entrar en los simulacros de la era digital. De ahí que el filósofo francés Jean Braudillard ha identificado la manera en que la sociedad pornográfica bajo la cual habitamos, adopte una fragmentación de las partes de los cuerpos, sin vacilar en la totalidad ontológica del ser social.
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De modo que, es el rostro entonces, como ha sugerido Giorgio Agamben, aquello que identifica lo singular como una marca de lo continuo, y que a su vez marca la apertura para la eminencia de la verdad como aletheia. ¿Que relación puede existir, la verdad por una parte (el rostro como huella de la identidad singular), y el poder? En la cara converge el poder de la imagen atravesado por el poder político: ambos regimenes de la representación animan a la estabilidad de un sistema ideológico que busca neutralizar las diferencias, y perder la totalidad. Del mismo modo que el poder es un fluir interminable, la identidad hoy nos hacen creer que los rostros son todos iguales con la condición de la diferencia cultural.
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No es coincidencia que algunos críticos apunten hacia nuestro futuro como "capitalismo con rostro asiático" – como ha sentenciado Peter Sloterdijk en sus algunos lugares. Y que, si se quiere, este rostro viene a ocupar el lugar de la no-imagen, al menos, desplazando aquel lugar donde la negatividad reinó con el discurso de la intolerancia y la conspiración. Hoy, fuera de estar en las tinieblas de Ballard o Zamyatin, el poder se ha apoderado de un rostro. Rostros complacientes (y hasta placenteros) que, sin embargo, son fisonomías que evocan, de todas formas, cierta antipatía: lugares donde el desarraigo por lo político se vuelve un imaginario la crisis global. El rostro que alguna vez fue – en relación al poder (sea teológico o secular) – un secreto atemporal, aparece por primera vez bajo el signo de lo perceptible. O mejor, como rasgos de una expresividad sin expresiones.
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En las obras del pintor Luc Tuymans (Bélgica 1958- ), comprobamos el malestar posmoderno por la representación del rostro. Si bien es una declinación que recorre la genealogía de Warhol (rostros de lo popular) –Richter (rostros que nos han dado la espalda) -On Kawara (rostros que prefieren ocultarse en las fechas), en estas obras de Tuymans hay una afirmación a volver sobre las líneas que componen los rostros del poder. Por una parte, la monocromía que pueblan los rostros de estos políticos, se encuentran colmados de una soledad total, mientras que la mirada fija en un no-espacio facial, vuelven sobre alguna promesa fallida del futuro. Son rostros tan humanos (como también los que habitan en los residuos urbanos de Enrique Marty, o Thomas Schutte), que nos conducen a la monstruosidad de nuestros contemporáneos, a la imposibilidad de poder "mirar" – quizá también cabria aquí "convivir" como sinónimo – con nuestros "vecinos".
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Tanta humanidad opera aquí como una implosión de la irrealidad: el rostro, en su forma de mayor visibilidad y sufrimiento, se vuelve máscara. Esto confirma aquellas tesis de Levi-Strauss, sobre las tribus que al usar una máscara, en realidad multiplicaban, en su profundidad, la apariencia del rostro. Los rostros de Tuymans, aparecen como multiplicidades de un poder que ha vuelto a tener rostro de un mal generalizado. Ya sea un burócrata anónimo, el oblicuo rostro de Condoleezza Rice, un cuarto pulcro y sublime de la tortura en Guantánamo, o los lentes tronchados por algún incidente que desconocemos; el espacio pictórico cimentado por Tuymans evidencia una inestabilidad de habitar el presente. Después del sujeto, los remanentes ha sido esparcidos en rostros de un monopolio del poder que busca ahora ostentar su corporalidad.
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Lo siniestro del semblante del poder no radica en su elección por las tinieblas y lo oculto, sino por estar expuesto a la repetición constante de las imágenes. Existe el rostro bajo la condición que exista la imagen. Es por esto que, en nuestro tiempo, el rostro como tal es la mascara de una superficie abierta cuya existencia real se instala en el espacio de lo virtual.

En uno de los escasos cuentos escritos por Lezama Lima, "Juego de decapitaciones", se narra la historia antigua de una decapitación de la imago onírica. El rostro en aquel relato, como en las figuras de Luc Tuymans, ocupa el centro de la visualización redentora: el rostro como la diferencia y la unidad total del ser-en-el-acto. Vivir hoy encarna, entre otras cosas, dejarnos ser solo cara, en otras palabras, exponernos en el campo de la visual. La relación con lo político no puede ser menos intima: nuestro deber no solo es desenmascarar, en el antiguo sentido evocado por Althusser, sino mostrar que el nexo entre rostro y poder ocupan hoy un mismo modelo de la opresión.
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Gerardo Munoz
Abril del 2010
Gainesville, FL.

2 comments:

R.L.R. said...

Muy bueno, Gerardo. Ensayo bellamente escrito.
La obra de Tuymans est'a entre las m'as raras de la pintura contempor'anea. Hace poco hizo rabiar a Hirst, que ahora ha vuelto a pintar.

Gerardo Muñoz said...

Gracias Rafa, muy interesante ese debate del cual me hablas...pasamo si lo ves o lo tienes.
Un abrazo,

G