Saturday, April 24, 2010

Paisajes de la ciudad pendiente

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Con el fin de los grandes proyectos sobre el urbanismo de la Modernidad, se comienza a pensar a la ciudad como un mundo "ideal" donde los sueños y las aspiraciones de los ciudadanos se someten bajo el control de un Estado que todo lo puede ver desde la centralidad panóptica.

La concepción imaginaria de la ciudad como una economía del espacio no era nueva: las colonias del Nuevo Mundo (pensemos en la configuración del zócalo de Nuevo México en el siglo XVII) superponía la centralidad arquitectónica del poder en el recinto del ayuntamiento como símbolo o extensión, al decir de Kantorowicz, sobre el cuerpo del monarca. Con las revoluciones de las masas – en Rusia de 1917 o en la Cuba de 1959 – la reforma del espacio no solo ocurría a nivel económico, sino también en el espacio donde convive la comunidad total que ahora es el Estado. Estos modelos totalizadores, deseosos de una apoteosis de la eternidad, han caído en crisis tras la crisis de la ciudad y las múltiples fragmentaciones de la urbe globalización. De cierta forma, podemos entender la lectura del concepto de las esferas del filósofo alemán Peter Sloterdijk, como un modelo de una arquitectura donde el poder pasa por diferentes estructuras, sino hacer uso, como en el modernismo espacial, de la centralidad y las economías del control.

Pasamos así del control a la vigilancia, de la totalidad a la fragmentación de lo global, de la metrópolis a mega-polis, de la vida dialéctica entre campo y "ciudad letrada", a la vida de los aeropuertos y aviones que tan bien han captado en sus respectivos estudios culturales ensayistas de la talla de Homi Bhabha y Luis Rafael Sánchez. Este fin del "ensueño", como gusta decir a Susan Buck-Morss, produce no solo un sentir de la no pertenencia, sino un desasosiego urbano que, si lo miramos desde adentro y desde los dos lados del muro, hacen del individuo un ser sin comunidad. De ahí que los discursos políticos del presente, no vuelven sobre el problema de la nación-estado, sino como buscar diferentes modos de resistencia (líneas de fuga, cultural pop, residuos, nomadismos) al espacio urbano. El espacio urbano hoy no solo representa la última utopía del Occidente, sino también el lugar de las ventajas incongruentes de un presente donde lo político se deja llevar por la culturalizacion de los márgenes.
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Las imágenes que se recogen de la artista Beate Gütschow en el Museo de Arte Contemporáneo de Fotografía en Chicago, demuestran otra ciudad. No es ésta la ciudad de un futuro, ni la del presente, sino simplemente la ciudad que alguna vez "fue". Aunque, conviene preguntar, ¿"fue" en realidad esta ciudad tal y como la retratan las fotografías de Beate Gütschow, una posibilidad para la convivencia de Occidente? ¿Bajo que condiciones políticas pudo serlo? De ahí, también, la dialéctica de estas imágenes que nos recuerdan la tensión de las fotografías de guerras o hecatombes, o algunas más próximas a nosotros, como las del fotógrafo coreano Noh Suntag. En las imágenes LS – siglas que juegan con el germanismo "LandSchaft" (paisaje- urbano) – buscan pensar esa "historia natural de la destrucción" de la cual se ocupó en hermosos ensayos W.G. Sebald, hacia un futuro probable. Las múltiples crisis (de la imagen, de la economía y el capitalismo, de arte, o de las políticas) convergen en la desolación del espacio a la manera de un momento mesiánico donde la fugacidad del presente se nos escapa.

Lugares desiertos, mausoleos, edificios con proporciones fatuas, remanentes de un helicóptero en el suelo, la frialdad del mármol y la piedra, la inmanencia del ser en estas imágenes se vuelven casi refugios poéticos para un mundo que vive en el abismo de la incomprensible. El tiempo es reducible a la densidad de los mármoles, a la espesura del espacio. La arqueología de Beate Gütschow sitúa los últimos alientos sobre la política en un mundo que ha sido abandonado por los hombres, y que, contra toda marea, lo que nos queda son los sueños de la piedra (si vale la imagen), o los monumentos de algunas historias y guerras perdidas. Beate Gütschow va desde el romanticismo del paisaje decimonónico (Friedrich, Constable, los impresionistas), al abandono de la ciudad en la arquitectura total: manifiesto de una apropiación del hombre en la técnica de organización sobre el espacio/tiempo.
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Encontramos en todas estas fotografías una aparente vuelta a los "ensueños de las totalidades", aunque se nos presentan ésta vez, en su deformación material, y en los desperdicios de una tragedia. Si en la Guerra Fría vivíamos en el pánico de un paro repentino de aquel refrigerador de dos congeladores (la URSS y la USA), ahora vivemos en el deshielo de un presente sin calefacción: una totalidad no solo es imperante, sino venidera. Sin idealizar la ciudad, sin presentarnos el caos que puebla la diseminación en diferentes espacios de la aldea global, el arte de Beate Gütschow es capaz de imaginar un futuro desde el pasado, a la vez que incita una relectura universal de los restos. De este modo, poniendo en práctica el único modo de practica el duelo entre la muerte de la política y la catástrofe de la historia.

Aunque si bien los espacios imaginados y los espacios históricos convergen, las imágenes de ruinas de Beate Gütschow son prototipos del posible futuro si no se logra integrar la política a la transformación social de la vida. Quizá, entonces, la ruina como alegoría del presente, como lo vio Walter Benjamin en el teatro barroco, sea una de posibles salidas de la incapacidad de gobernar. Lejos de una unión con la naturaleza y del poder comunicativo entre diferentes culturas, el futuro lo encontramos acaso en una imagen de Beate Gütschow: poder situarnos en la totalidad donde la reconstrucción, más que un slogan de guerra, es una circunstancia para cambiar las condiciones.
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Gerardo Munoz
Abril 22, del 2010
Gainesville, FL.
*imagenes de Beate Gütschow

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