Wednesday, May 19, 2010

Carlos Cruz Diez y las sensaciones del color


En uno de sus últimos cuadernos de apuntes, el filósofo Ludwig Wittgenstein, indagaba sobre la relación óptica entre el color, el lenguaje, y el conocimiento. En Apuntes sobre el color, se estudia como el color – una distribución de lo sensible, es decir, de la percepción en lo humano – puede llegar a convertirse en un concepto. Para Wittgenstein, curiosamente de igual modo que lo estudiaría luego Gilles Deleuze en las pinturas de Francis Bacon, el color no es más que un agregado que forma parte de la composición de un cuerpo, de una materia viva que, a diferencia de otras sensaciones, tiene una infinitud de intensidades y diferencias. Aunque para Wittgenstein, el color parte de una concatenación en su sistema estructurado del lenguaje, en el trabajo de Deleuze, el color se derrama a priori de su propia epistemología, ya que en su variación, existe un campo donde lo sensible habita en lo que existe como fenómeno real.

El mismo Carlos Cruz Diez en Reflexión sobre el color, fomenta una concepción del color como gestualidad entre el cuerpo en el estado más puro absorción y la experiencia fenomenológica que puede emanar lo cromático. La experiencia del color quizá desde los Expresionistas, ha servido como uno de los campos en donde podemos localizar uno de los momentos de la innovación del arte moderno. De Kandinsky a Paúl Gaughin, del colorismo de los fauvistas a las piezas atomizadas de Mark Rothko o Gorky, de los retozos visuales del Opt-art a las últimas remodelaciones del color en la dispersión digital en pixeles, encontramos un mismo anhelo por la ruta de la aprensión del color como esencia inmaterial de la percepción en el arte.

La exposición Carlos Cruz Diez: the embodied experience of color curada por Rina Carvajal en el Museo de Arte de Miami (MAM), me transmitió a la década de los setenta donde filósofos, artistas, teóricos, y diseñadores, discutían la potencia del color como forma del arte. Sin duda la obra del artista venezolano – quien pasa una larga temporada por Europa, nutriéndose de estas ideas sobre el cromatismo – es uno de los esfuerzos más logrados de la última vanguardia del arte cinético de las décadas de los sesenta y setenta.

Al igual que en la obra de Helio Oiticica o Yves Klein, uno tiene la sensación que la incursión en el color de Cruz Diez, se debe a una preocupación paralela por el cuerpo y por el tramite entre la relación del espectador y el espacio del color. De ahí que las obras de Carlos Cruz Diez se encuentren atravesadas por dos tradiciones o prácticas estéticas: por una parte, la participación del espectador en el "lugar del color", y por otra, el movimiento de ese color y su afecto en los cuerpos. Como quería Deleuze, Cruz Diez introduce el color no solamente plus ultra de los límites pictóricos de un cuadro estático, sino que inserta la distribución del color en el entorno del cuerpo humano, en la experiencia "abierta" del ser en el espacio.
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Dividida en cuatro recintos del museo, la exposición de Carlos Cruz Diez muestra una habilidosa capacidad por aislar las diferencias entre las experiencias que el artista intentó crear entre el espectador y el color, entre el museo (o galería) y la pieza cromática. En la primera sala Ambiente cromointerferente es juego óptico en una sala blanca, donde las bandas de diferentes dimensiones y colores (azul, blanco, y rojo), dan la sensación de un movimiento cinético casi insostenible y huracanado. El artista ha colocado en la sala una pelota inflable agarrada por un hilo del techo, que nos invita a perdernos en la ilusión óptica del movimiento y la inflexión por lo visual. Lo curioso de esta sala es la proyección de las sombras del espectador hacia el suelo o las paredes, de modo que, el mismo participante de la exhibición, se vuelve una silueta más de la obra de arte.

En la sala principal del museo nos encontramos con Duchas Cromáticas, una especie de cubículos de plástico suspendidos en varios puntos del espacio, que invitan al espectador a entrar y colocarse en el lugar mas intimo de la experiencia cromática. Por la invisibilidad y la transparencia, estas "duchas" dialogan con la experiencia del color como un contorno coloreado entre el mundo interior de la sujetivización y el mundo "exterior" de los fenómenos. Siguiendo otra vez a Wittgenstein, uno entiende estas instalaciones como una especie de juego ocular entre las superficies coloreadas y el lugar que nosotros ocupamos en la galeria.

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Cromasaturación consiste de un salón dividido por varias paredes internas, en el cual podemos perdernos en nuestra ruta por tres intensidades de color: del verde al rojo, terminando con un leve azul magenta. Concebida en 1965, la experiencia de saturación cromática en esta obra es de gran poder, y reaccionamos con falta de percepción visual y casi física ante el derrame infinito de los lugares de estos tres colores. Asistimos, de igual forma, a una neblina, reducida por los colores, que nos consume el cuerpo y que nos hace parte de la propia corporalidad del color.

Al entrar en la cromasaturación de Carlos Cruz Diez vemos que el espacio se convierte en una práctica relacional similar a los Parángoles de Helio Oiticica, quien también ideó, a través del ropaje colorido y los movimientos de la samba, la experiencia del color reducida completamente en el cuerpo del participante. Si bien para Oiticica, la materialidad del color se encontraba en los movimientos del participante, y en específico en la danza, Cruz Diez materializa el color en el ambito del espectador y el mismo espacio de la galería, donde ambos se vuelven anónimos. En la última sala, a modo de relajación visual entre cada una de estas salas, encontramos Experiencia cromática de 1995, donde el espectador puede crear su propia obra de Cruz Diez con el uso de una computadora MAC y un simple software de mix-and-match de colores entre franjas, barras, y listones digitales. Una que el espectador haya concebido un cuadrado cinético-cromático, éstos se pueden imprimir y llevar con uno como amuleto tangible de la exhibición in situ.
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Si en realidad la experiencia del color y lo cinético han dejado de ser parte de los debates reciente en el arte contemporáneo, lo que debemos salvar de un gran artista como Carlos Cruz-Diez es su sentido de relación democrática, de dispersión participativa total, entre la obra de arte y los espectadores. Además de la facilidad del movimiento relacional que podemos experimentar en una exposición como esta, también llama la atención el hecho que las obras están facturadas sobre la experiencia única e reproductible que es el color. De alguna forma, como ha mostrado Boris Groys en "Topologie der Kunst", todo arte relacional expuesto en instalación, es único, en el sentido en que su aura es irrepetible y forma parte de la percepción única de dado espacio y sus visitantes. La incursión sobre lo cromático de Carlos Cruz Diez demuestra que el color, mas que una experiencia, es también un modo de vivir, de sentir la presencia de los cuerpos, y dejarse llevar por esos vislumbres que la vida esconde, y que, con suspicacia, el artista ha sabido llevar a la superficie estética.
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Gerardo Munoz
Mayo del 2010
Gainesville, FL.
*fotos tomadas por GM. La primera es de Arturo Sanchez.

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