Saturday, May 22, 2010

Los cuerpos sin rostros


Imaginemos una comunidad de seres sin rostros, de cuerpos que pasean por los interiores de una ciudad; imaginamos entonces que, dichos humanos, si acaso es aun posible cifrarlos en esa categoría, provienen, no de un país lejano, sino de una provincia cercana. De la intimidad de un lugar al que estamos acostumbrados, y que sin embargo sentimos ese unheimliche de la impertinencia.
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Con más frecuencia que antes presenciamos el anonimato de una sociedad que busca acuartelarse en las pantallas de la Internet, en identidades falsas, por donde el simulacro configura una dimensión ontológica de lo real. No se debe entender la virtualidad, como ha explicado Paul Virilio y Slavoj Zizek, como contraparte de la realidad de los fenómenos, sino como una estructura que desde su propia invisibilidad, hace posible que la realidad surja. Es, en otras palabras, un agujero negro e inintelegible. Una realidad sin lo virtual, es otro mundo sin lenguaje: un desorden sin la posibilidad de que el humano encuentre su lugar en el. Si la ciudad es hoy el espacio en donde el anonimato y la figura del "indocumentado" o inmigrante ilegal es la norma de la condición política, esto demuestra que ya no es posible convivir con las diferencias del otro, y que, por mas que uno quiera, el rostro de una diferencia se convierte en la propia mancha de una realidad abyecta.
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Como en las recientes piezas de Erwin Olaf, y a diferencia de los rostros de "los poderosos" que perduran en las pinturas de Luc Tuymans, en las esculturas de Daniel Firman, nos afrentamos con la negación del rostro: parafraseando a Gilles Deleuze, de cuerpos sin rostros.

Si para el filósofo del Anti-Edipo, el cuerpo sin órganos, era un organismo del deseo operante de la liberación, los cuerpos sin rostros, responden al desprendimiento político en la sociedad multicultural en que vivimos. ¿Qué significa hoy, entonces, "tener un cuerpo sin rostro"? Sin duda la ausencia de un rostro, nos transmite dialécticamente a la significación esta falta identitaria. Una de las formas radica en la investigación de lo que surge tras la muerte del rostro: en estas obras la cara no es la ausencia como tal (una desfiguración, una tachadura, o una penetración tecnológica a la manera de las cirugías o ingeniería estética), sino dentro de una circunstancia de malestar donde el cuerpo queda agrandado por esa necesidad de cubrirse el rostro.


Por otra parte, no se trata de no ser visto, sino de ocultar una identidad – no solo la cultural – y dejar, en ese momento, de ser humano o demasiado humano. La ausencia del rostro, nos conduce a esa negatividad del deseo: ¿qué se esconde debajo de las gomas, de esos matules, del pelo, o de la blusa?

Daniel Firman viene trabajando con el cuerpo, además de Burbujas y Actitudes, con instalaciones como Excéntrico y Wursa, esta ultima una improbable escultura de un elefante balanceándose con la trompa en una de las salas del museo. La idea de los "gestos" del cuerpo atraviesa la estética del joven artista francés: el cuerpo habita una margen de error entre la pesadumbre y la levedad, el deterioro y la esquizofrenia de lo nuevo, lo cosmético y lo natural; ensimismados en la posición social de un ser que no deja ver quien es. Su lugar es no es lo abierto. Ya en Lo Abierto: hombre y animal, Giorgio Agamben posiciona al hombre a la bestia en relación con lo abierto: el hecho de estar – en espacio, tiempo, y conciencia – con el mundo exterior, marca en lo humano, el momento de su incorregible percepción de un mundo virtual.
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Las esculturas que vemos en Daniel Firman tal parecieran que permanecen en el espacio de lo cerrado, donde el rostro – que quizá no ha desaparecido del todo, ha quedado ofuscado por objetos de todo tipo – volviendose el centro de la incomodidad y desbalance de estas esculturas. Hay una búsqueda interna, mansa y apacible, pero también desgarradora: los entes de estas obras han quedado atrapados por sus propios cuerpos, y por los objetos que se han vuelto sobre éste. La inquietud que se destila también la podemos hallar en la insoportable negación de la mirada del espectador hacia humanos que se les niegan el mundo. O que viven, como en aquel personaje fantasmagórico de la novela de Don Delillo The Body Artist, entre los silencios del habla y la frialdad de un cuerpo que no tiene conciencia de si mismo.

Si en otras obras Daniel Firman ha intentado balancear un elefante al revés o simular cuerpos en pura levitación, en Burbujas y Actitudes, el cuerpo está arraigado a su infinita densidad. Al no conocerse, y a la negación de conocer otro mundo exterior a si mismo. Estos seres se convierten en simulacros que viven desafiando a la verticalidad con un cuerpo ajeno, aunque inexorablemente la ausencia del rostro los delata.
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Gerardo Munoz
Mayo 21, 2010
Gainesville,FL.
*imagenes de Daniel Firman

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