Monday, May 10, 2010

Los densos objetos de Iván Puig


Vista a contra luz de las recientes transformaciones sociales y teóricas del presente, la obra del mexicano Iván Puig, comparte más que un mero correlativo con la idea de las "desapariciones" de la obra de arte y de la crisis de la representación en el campo de la estética. Se puede sentenciar, acaso sin ponderar sobre exageraciones, que la Vanguardia no solo busco destruir la obra de arte en su gesto aniquilador de la mimesis, sino también hacer desaparecer aquellas "huellas" que, por mas que el artista intente borrarlas en su anhelo, permanecen en el archivo del subconsciente museológico. Este es, sin duda, el sentir por la desaparición y la impermanencia del estado de las cosas en el mundo lo que recrear el inquietante ánimo de las obra de Iván Puig: se ha quedado retratado el momento – el instante casi a la manera de un haiku japonés – entre la estancia de las comodidades y el contexto que las resiste.

¿Cómo se resiste o se puede resistir el presente?
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Se vuelve una de las investigaciones más profundas en las obras que se reúnen bajo Crecimientos Artificiales y Hasta Narices, dos de las instalaciones donde el artista se enreda con la incomodidad objetiva entre los artefactos modernos y la estructura social que los hace posible. De modo que, al igual que lo ha postulado Zygmunt Baumann, los objetos de Iván Puig no encuentran un espacio idóneo para su estabilidad material, sino que habitan entre la caesura del dos tiempos: su posibilidad una existencia pasada, y el instante de la próxima desaparición.
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Visto desde las poéticas de esa"Modernidad Líquida", el arte, como buena parte de nuestras vidas, se encuentra habitado por la contingencia de una producción intolerable, sospechosa de destruir aquello mismo que ha creado sobre la indolencia del trabajo. Se trataría, entonces, de un sentir de acaparamiento y destierro, de "deshielo" e "inundación" (como lo ha venido previendo el crítico Iván de la Nuez desde hace varias décadas) entre el arte y el artista, entre las diferentes estructuras del campo estético, y la esfera comercial donde aguarda sentido la obra de arte contemporánea.
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Ese instante entre dos presencias, marcados por la diferencia de la representación, se convierte en el signo de la obra de Iván Puig: la desnaturalización de una densidad por los objetos comodificados. Una silla a medias enterrada en la cruda realidad del áspero suelo, un automóvil devorado por una neblina que absorbe, u objetos en miniaturas que caen sobre un vaso de leche, son algunas de las incursiones, no en un mundo, sino en la condición o en el "malestar" de un presente que arrasa con la creación humana.

Por momentos estas piezas nos remontan a las pesquisas del conceptualismo de los setenta (pensamos en la obra de Sol Hewitt, o Yoko Ono), cuyo objetivo intentaba mediar, la realidad fenoménica de los hechos en el tiempo, y la capacidad mimética (la "facultad de la figuración mimética" al decir de Benjamin) de la potencia cognitiva. La obra de Puig, sin embargo, atraviesa el campo del arte conceptual para instaurar en las fugas de una metáfora del presente: la inquietud del tiempo en un mundo donde habitan las hiperflexión de imágenes e inundaciones de piezas y residuos digitales. El mérito del artista se convierte en poder captar la deconstrucción de esos procesos por los cuales la profanación del arte se ha investido tras el velo de lo comercial, y donde el tiempo de la obra estética ha quedado anulado tras las sobras de un murmullo de la repetición de lo mismo. La fuga de Puig se vuelve un tránsito donde la impermanencia es hoy la figura del arte nómade, en otras palabras, se acepta la desaparición de las cosas como un espejo de la condición del post-humanismo.
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Si el arte hoy es "post-producción", marcado por la función del DJ, que mezcla con el copy & paste, las viejas formas del pasado, la obra de Puig se puede cifrar entre la mezcla de varios objetos ready-mades en su estado de inmersión vertical. No sorprende que el arte contemporáneo preste tanta atención a los naufragios, a la disipación de las aguas, a volver a los mitos mediterráneos donde la cultura occidental cedió sus primeros pasos. La globalización es un sistema que opera bajo la inmersión de discursos, objetos, palabras, y estéticas. Intercambios permeables, ideas que después de ahogadas buscan tierra firme.

El arte ya no intenta crear nuevas formas para navegar sobre este mar de incongruencias ininteligibles, sino optar por la re-apropiación de los objetos que inundan el mundo visual (como de hecho ha aclarado Douglas Gordon en sus incursiones sobre el video-art). La obra de Puig es tan disímil como una travesía de la era de las exploraciones, y tan predecible como los pasos por una terminal de aeropuerto: el artista ha decido que ya es casi imposible el propio rescate de los objetos para el arte, y que solo podemos, en un momento preciso, atestiguar su hundimiento desde otra embarcacion. Dejar que las cosas sean en su último minuto, verlas en la ausencia de las mismas. Dejarlas que sean, en efecto, en el transito a las profundidades.

Colocadas en la sala del museo, las piezas de Iván Puig corren el riesgo de verse como predicciones de un mundo apocalíptico, donde todo tiende a desaparecer en su escurrimiento total. Uno (porque podrían anotarse muchos otros) de los meta-discursos que encontramos aquí es la impermeabilidad de un arte institucionalizado para el siglo XXI. De aquella insoportable levedad del ser que hablaba Kundera, hemos de pasar hoy a la imparable profundidad que, a la deriva, suele dilapidarse para siempre.

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Gerardo Munoz
Mayo del 2010
Gainesville, FL.

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