Monday, May 3, 2010

Travestismo cultural y el regreso de la alegoría nacional


El surgimiento histórico del estado-nación coincide, en más de una forma, con las poéticas que buscaban sedimentar una visión alegórica de la nación. La pintura de Jacques Louis David, la obra de Schiller, o la escritura del patriota José Marti, están marcadas por esa ansiedad de encontrar, más que un referente de la patria, una forma total que pueda atravesar el origen de la nación. En América Latina, quizá mas que en otras regiones del Occidente, la producción literaria y estética, se ha visto trastocada por discursos y poéticas donde lo nacional existente tanto como paisaje que como forma. Desde las cartas reales de Inca Garcilaso al mundo de Macondo, asistimos a una imaginación de integración no realizada de la literatura, tras el fracaso de los estados-nacionales de la modernización latinoamericana. En su importante ensayo de 1986 “Third-World Literature in an Era of Multinational Capitalism”, Fredric Jameson sugería que la literatura del nuevo milenio provenía de los países del tercer mundo, dada la escasez en el Occidente y el fin de los meta-discursos con Kafka y otros escritores de la Modernidad tardía; éstas escrituras se establecerían, quizá en el gesto de regreso al origen, como alegorías cuya base es la nación.

Estas naciones tercermundistas, hijas de Calibán, nacidas tras las burdas experiencias de la colonización y la dominación hegemónica de los poderes del Primer Mundo, buscarían entonces, una forma de emancipación en la construcción de nuevos mitos que afirmen la identidad en contra del poder dominante.
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Así decía Jameson en aquel texto: “even those which are seemingly private and invested with a properly libidinal dynamic, necessarily project a political dimension in the form of national allegory; the story of the private individual destiny is always an allegory of the embattled situation of the public third world culture and society” [1].
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De modo que para Jameson, escrituras tan disímiles como la novela indigenista de José Manuel Arguedas, o la novela del compromiso como lo fueron en su momento las de los escritores cubanos Jesús Díaz y Edmundo Desnoes, o del Cono Sur como Mario Benedetti o Rodolfo Walsh, existían circunscritas en una realidad donde la significación ilumina la totalidad de un proyecto social e histórico sometido bajo las fuerzas de un oprobio. Como lo veía Walter Benjamin en su análisis de teatro trauspiel barroco, las condiciones materiales y objetivas de cierto contorno histórico, justamente es lo que hace actual la función alegórica de una obra de arte.

A más de veinte años desde la propuesta alegórica de Jameson en las literaturas del Tercer Mundo, la literatura hispanoamericana – y con mayor énfasis en el Caribe se sigue tejiendo alegorías para jugar la expansión de las identidades nacionales. Novelas como las de Abilio Estévez, Mayra Santos-Febres, o Jorge Volpi, parten de un momento o de una figura minúscula para girar sobre el eje de la esencia nacional. Resulta más sorprendente aun, como las alegorías nacionales (que debieron morir con la muerte de los discursos nacionalistas del posmodernismo y el destierro de Calibán) regresen como espectros de la condición hispánica. Lo cierto es que las alegorías de la nación operan hoy, a diferencia de pasado, como una realidad donde los fúnebres representan la temporalidad futura (o presente) de todo un pueblo. Con razón Roberto González Echevarria, en su ensayo “Oye mi son: sobre el canon”, se preguntaba como toda escritura contemporánea es fácilmente encasillable en la categoría que, dicho sea de paso aun merece un análisis de rigor, los críticos culturales han denominado como el “nomadismo”. En otras palabras, las alegorías – y quizás Jameson no entrevió este porvenir – se han integrado en la matriz posmoderna de los discursos latinoamericanos. La figura alegórica ya no representa la totalidad, como quería Northrop Frye, de un discurso histórico, sino el fluir efímero de un presente que se nos presenta en forma fragmentaria.

Basta un ejemplo de la Sirena Selena vestida de pena de Mayra Santo-Febres, donde aparece la idea del “travestismo cultural”, ya estudiado por Jossiana Arroyo[2], del travesti como alegoría hedónica del Caribe. Dejando a un lado los textos de Severo Sarduy (Gestos, Cobra, y Maitreya), los cuales ya varias décadas con anterioridad “trasvertían” el Caribe, la novela de Santo-Febres retoma el tema del travesti con un proyecto de emancipación anti-capitalista y de afirmación de identidad antillana. Como lo ha visto Efraín Barradas, la novela de Mayra Santos-Febres:
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“El turismo, en ese sentido, nos impone un travestismo; nos obliga a transformarnos para el consumo del turista, en lo que nos somos o nos queremos ser permanentemente. En se sentido, el turismo es un travestismo comercial y obligatorio para cualquier país que dependa de él”. (p.59)[3]
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Vemos en este pasaje, como en la novela de Mayra Santos-Febres en realidad el verdadero travestismo es travestir un problema global e impuesto en un modelo de dependencia o neo-colonialismo, al decir de Said, en el Caribe por parte de Estados Unidos. De ahí que, como también es extraño en la novela de Santos-Febres que se ignore la relación del travestismo en Cuba. Un país que con la obra de José Lezama Lima, Severo Sarduy, y Cabrera Infante, pinta la noche del travestismo y rinde homenaje a la cultura homosexual de una ciudad pre-revolucionaria. La ausencia de Cuba, en la novela de Santo-Febres (salvo la breve aparición de una draga vestida de niña que recuerda el pasado), también gira a la crítica al turismo. El travestismo alegórico de Santo-Febres gira sobre la crítica del turismo como imposición hegemónica de Norte/Sur, de modo que, ¿cómo explicar entonces el influjo del turismo cubano en los últimos años? ¿Cómo hablar que en el país donde se intentó inventar la utopía, ahora se rebaje, a través de una registrada política de Estado, al turismo más brutal donde niñas de doce años suelen ser serviles doncellas de la prostitucion y el proxenetismo europeo? Si bien es cierto que el turismo impone un sentido de “monumentalizar la ciudad” como ha explicado Boris Groys, no veo porqué en la era de la globalización, novelas como la de Santo-Febres se cierren, con el portal de la alegoría, y le den la espalada a la era de la post-nacionalidad. Una de las grandes contradicciones de Santos-Febres, entonces, no es solo haber travestido el Caribe en drag-queen, sino el haber despojado a Cuba de su escalafón de virreinato.

El fin de la utopía y el sentir de que entramos en un “Former West”, niega toda posibilidad de alegoría, ya sea esta una construcción que busca asentarse en nuevos modelos para resistir el poder. Ya no se trata de integrar los ciudadanos de la nación para combatir a un enemigo exterior, sino ver que, en ese sujeto extraño, podemos formar nuevos vínculos simbólicos, sociales, y comunitarios que busquen nuevas fuentes de emancipación social. Caer en las nostalgias del siglo XX, como ha dicho Alain Badiou, puede ser tan peligroso como pensar que en un mundo, dominado por los discursos de la diferencia y las libertades, la única opción es aceptar la política del bienestar. El verdadero travestismo seria hoy, en vez de reinscribir poéticas de la excepcionalidad o el fracaso del exotismo tropical (Pedro Juan Gutiérrez, Zoe Valdés, Julia Álvarez, Mayra Santo-Febres) ir más allá de la nación, sin reconocer los ciudadanos que alguna vez pertenecieron en aquel ensueño. Colocarse en geografías donde la permeabilidad aparezca desde cualquier lugar del globo, entender la nación desde los desplazamientos y las multiplicidades.
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Gerardo Munoz
Abril del 2010
Gainesville, FL.
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Notas:
1. Fredric Jameson, "Third World Literature in the Age of of Multinational Capitalism", Social Text 1986.
3. Jossianna Arroyo, Travestismos culturales: literatura y etnografia en Cuba y Brazil. University of Pittsburgh 2003.
2. E.Barradas, "Sirena Selena vestida de pena", Centro Journal 2003.

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