Saturday, June 5, 2010

Sophie Calle o la carta de amor


La trayectoria estética de la artista francesa Sophie Calle no puede ser menos ejemplar en el hecho de la capacidad del arte al ser tierno y embelezar a la audiencia que participa en la experiencia de lo sensible. En un campo donde el "buen arte" se da a través de los shock effects, la bravura, el mercado, y el malestar del ciudadano, podríamos decir que Calle termina por descartar estas apuestas y compensar con una "razón melódica", como le gusta decir al amigo musicólogo Juan Felipe Hernández, o un discurso que roza con los placeres mas íntimos de lo humano.

En la Bienal de Venecia – hace tres años – Sophie Calle mostró uno de los proyectos que justifican la estética de esta ternura. Allí la artista exponía una carta de amor – o del rechazo de un novio cibernético – sometida a una multitudinaria exégesis desde diferentes escuelas de pensamiento y de ideas. Las críticas eran alrededor de ciento y siete mujeres dedicadas a ese arte de desentrañar los secretos del amor. Acribillar el sentido de esa carta, si es que el amor acaso es posible de penetrar de esa forma.

No se puede pensar algo menos sutil y suave, quizá solo otra de las obras de Sophie Calle quien, una vez, dormida sobre la Torre Eiffel, contrató a un centenar de personas para que le leyeran en la cama hasta que la artista se hubiese rendido en la profundidad de sueño. Solo así alguien podía venir y despertarla, y así llegaba otro de estos "contadores de cuentos" que, como bien advertía Benjamin, parecieran haber desaparecidos de nuestra modernidad soñolienta. Inconfundible en sus performances y el arte del pensamiento, tengo la impresión – con pocas obras que he visto de Calle – que no se puede hablar de solo una artista en la figura de Sophie, sino de varias. Su estética atraviesa diferentes disciplinas y momentos de nuestra Modernidad: el cúmulo de papeles y el archivo, la intimidad y la adulteración de lo público, los viajes y los diarios, el lenguaje y el placer, la vuelta y el espacio de la alcoba como último espacio donde, quizás, podemos hallar la potencia del arte. Solo se le puede comparar con un artista como W. G. Sebald: por aquello de los infinitos paseos, y las vueltas, y la conservación – que no necesariamente implica la negación del olvido – de la memoria en la creación estética.
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Todos los proyectos de Calle parecen bordear aquel "discurso amoroso" con el que Roland Barthes titulaba uno de los cuadernos mas maravillosos de apuntes sobre citas literarias, recuerdos, epigramas, y notas del amor en el sentir melancólico del Occidente. La obra de Calle gravita sobre ese signo de la felicidad y el desamparo, donde la redención del presente hace de la obra en una reliquia de la presencia de las posibilidades del arte como experiencia. La unidad estética de Calle es, en efecto, la experiencia de lo cotidiano: ese extraño saber de los objetos (una silla, un gato, una piedra), o los eventos (montar un tren o ir caminando), ambas, pequeñas irrupciones que (des)forman a la subjetividad. En otra de sus obras, explora el tacto de tocar al "otro" (en aquel caso fue a su madre), y ese roce, de una mano sobre un cuerpo, es la vitalidad del arte, y el cumplimiento de que el tiempo es la función donde es posible crear la movediza sensación del arte. La suspensión teorizante y total del arte de Calle, convierte la obra de ésta en un monumento que se desvanece en el acto de la creación. Ya sea éste el sueño, en el vuelo, o en escritos redactados en el Subway de Nueva York, nos topamos con ese mundo inestable de lo inconciente.

El diálogo con los márgenes de literatura y la escritura en la obra de Calle es indeleble. Sin dudas – como la obra de Rebecca Horn, Ilya Kabakov, y los situacionistas de Guy Debord – lo que podemos guardar de la obra de Calle, tras el adalid de la experiencia singular, es un breve archivo, una "pequeña caja" como aquella en la que, hacia final de su vida, Marcel Duchamp redujo su obra a la dimensión portátil. Lo curioso de Calle es sentir la vida como una multiplicidad amorosa de lo variable, que se deja llevar hacia todas partes y a ninguna.

Este raro arte, en última instancia, es como las cartas que, al decir de Jacques Derrida, nunca llegan. Atravesadas por las huellas y estampillas, vigilias y sueños, caligrafías y miradas, y por el roce del intercambio mano a mano. La carta nunca llega y al final llega, pues el arte no se encuentra en la estabilidad de un espacio-tiempo, sino en la circulación de un objeto. En ese infinito placer de la travesía.
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Gerardo Munoz
Junio del 2010
Gainesville, FL.

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