Wednesday, June 16, 2010

Bloomsday bajo la lluvia


Hace cinco años atrás pensaba que en la literatura de James Joyce se encontraba toda la literatura. Los amigos que me conocieron por aquellos años – es lamentable que las amistades en Estados Unidos sean tan transitorias y efímeras), podrán recordarme quizá, de cierta inmadurez temprana, arrastrando un libro de Joyce bajo el hombro, con una melena no poco envidiable por los fetichistas del rock. Por aquellos años decía, y ahora se me han quedado borrosos en la memoria que todo lo opaca, encontraba en la figura de James Joyce más que a un escritor, a la pasión misma por la literatura, con lo cual se demostraba la veta infantil de mis ansias. Pensaba, por ejemplo, que ser lector de Joyce excluía ser admirador de autores menos barrocos como Juan Carlos Onetti o Gabriel García Márquez. Sin duda se trataba de ese "mal literario" que, como una destemplanza corpórea, se impone bajo la pubertad adolecente del wannabe literato.

Leyendo mucho años después un artículo de Enrique Vila Matas sobre Gombrowicz me di cuenta que mi enfermedad no era única, ni mucho menos tan condenable como yo presumía. Todo lo contrario. Tal y como decía Vila Matas en clave de ironía y reservando las verdades, la literatura de un gran autor – como es el caso sin dudas de Joyce, Gombrowicz, o Kafka – no es necesario leer toda una obra para saber que es "uno de los nuestros", y que somos, secretamente, seguidores de este tipo de escritura, acaso guardianes de una poética no leída que se cifra, como en un arte mágico, en la imaginación del lector. La literatura de repente se vuelve, como hace notar Ricardo Pigilia, en una especie de complot.

Y es que en mis años mas joyceanos no había leído apenas a Joyce. Salvo algunos cuentos de Dubliners ("The Dead", "Araby"), algunos poemas de interiores, y cincuenta paginas de Portrait of an artist as a young man, la escritura modernista de Joyce me era menos familiar que su imagen, o los nombres de los lugares de Dublín donde transcurre la odisea urbana de Leopoldo Bloom en Ulises.
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Sin haberle leído, me parecía que el estilo de Joyce, sus retruecanos con el matiz del lenguaje era una maquinaria de la potencia de la literatura: la pequeña ingenuidad de la juventud que, para practicar la rebeldía, confunde la literatura con el arte tirar bombas o de adornar una bañera. Sin dudas después vinieron las lecturas serias, o "escolares" para asi decirlo. Por una parte, el estudio riguroso de la novela de Stephen Dedalus en el Retrato del artista, y la estructura polifónica de Joyce en el Ulises con la ayuda de las notas de Stuart Gilbert. Solo ahí, con la lectura, me di cuenta de todo lo que no era Joyce y que, en mas de una manera, me era ajeno. Joyce tomaba cierta distancia casi cósmica, como si gravitara ahora en una nebulosa, pero latente y reconocible de una vigilia. Hoy, como me ha sucedido con muchos escritores a través del tiempo, lo que rescato de la obra de Joyce para la relectura es la formidable novela de Stephen Dedalus y las cartas, algunas de ellas pueden estar entre las más eróticas de toda la historia de la literatura inglesa, de Joyce a su esposa Nora.

Recientemente también he revivido a Joyce comprándome un ejemplar de la otra novela menos comentada y casi incomprensible Finnegans' Wake, un serpentino recorrido por la noche de las palabras, donde aparecen y brotan neologismos, imágenes barrocas, símbolos indescifrables, pasados pre-lingüísticos y un futuro no del todo accesible en el siglo XXI. Mi proyecto es leer una página de la novela justamente cuando, cada noche, me comienza a venir el sueño en la cama. El enigma o el "factor Joyce" lo encontramos en una complejidad que quiere siempre brillar, no sobre el entendimiento de una obra, sino alrededor, como en una aureola, de la penumbra donde el lector es precisamente el sacrificio de la tajante lectura.

Pero no debe haber lugar para congoja: si acaso una obra se vuelve parte de nuestra cultura, de la memoria de los lectores, es porque, en efecto, sin leerla podemos adivinar su lucidez, y su pertinencia en cualquier momento de la historia humana. Como las rutas comerciales que España lucra con el Quijote, o las ridículas puestas en escenas de la Odisea de Mario Vargas Llosa, el Bloomsday es un evento para pasar por un capítulo de la historia literaria sin haber estado por ella. Es por esta misma razón que, antier, cuando un amigo me pregunto si quería celebrar el Bloomsday, le comenté que la belleza de un evento como éste se encuentra precisamente en participar en algo común que todos ignoramos. (El, por supuesto, no ha leido nada de Joyce). El mismo Joyce lo sabía cuando dejó dicho que el Ulises seria un vasto laberinto, al cual críticos y profesores de literatura, tendrán espacio para discutir por más de un siglo.

Pero no celebraré este el 16 de Junio, porque cae lluvia a cántaros. Además, en una ciudad como esta de Estados Unidos, no solo las personas no conocen al Ulises, sino que jamás (hoy le preguntado a varias personas en el campus) han oido el nombre de James Joyce. La primera vez que intenté celebrar el Bloomsday, fue también por aquellos años en que la lectura de Joyce ausentaba sobre su nombre. Y aquel día – oyendo las celebraciones en Dublín – le dije a madre que preparara todo para un buen banquete de riñones y unas cuantas cervezas heladas. Y así fue - aun recuerdo esa tarde: ha sido mi única celebración de Bloomsday y espero que no la última . Algun dia espero llegar a la ciudad donde Bloom deambula aquel Junio 16 de 1922 en el mítico barrio de Temple Bar.

La nueva novela de Enrique Vila Matas Dublinesca (Seix-Barral 2010) es todo un homenaje a la figura de James Joyce, al Bloomsday, y al fin de la "era Gutenberg". Para dicha celebración el editor Samuel Riba decide ajustar cuentas con el presente y celebrar, junto a otros tres amigos (imitando el funeral de Paddy Dignam en el sexto capítulo del Ulises), la muerte de una era y el comienzo de otra. La idea de la celebración – de aquello que Bajtín llamó el "carnaval" en la Gargantúa de Rebeláis – es el lenguaje mismo en toda la obra de Joyce: centellas y fuegos artificiales contra el ímpetu de la realidad, para así llegar al centro de una obra que se abre para anular la forma misma de la lectura y la vida. Son obras como las de Joyce donde hallamos una fiesta de la inmanencia, de esa democracia del futuro al decir de Jacques Derrida, donde el hombre común (Bloom), se transforma en el protagonista de la Historia. En Dublinesca, como en hoy miércoles 16 de Junio, día de Bloomsday, estamos acosados por incesante premonición de un diluvio hacia el fin del mundo.

Tal pareciera que Joyce escribió una novela para la destrucción total de la belleza; una novela cuya fuerza verbal interminable traiga en ruinas nuestro futuro. Joyce dice en una carta, por ejemplo, que si la ciudad de Dublín es destruida en algún momento, podríamos reconstruirla después de la lectura de su novela. Solo hay un tiempo que nos resta, como en el versículo de San Pablo, no solo la lectura de obras como las de James Joyce son hoy las que ven las secuelas del olvido, sino la propia existencia de escritores galácticos y totales como el signo Joyce brillan por su ausencia. Por ahora sentimos un vacío, una destrucción que solo se nos llena al recordar la fiesta Bloomsday como metáfora de una necrópolis lluviosa. O mejor decirlo con este hipaleje de Buck Mulligan:

"Allí moduló una fúnebre runa lastimera:
- Pogue magone! Acuschla machree! Destruidos que estamos desde este día! Destruidos que estamos de verdad!
Todos sonrieron sus risas".*
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*Joyce, James. Ulises. Catedra Universales. Capitulo IX. P. 235, No. 970
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Gerardo Munoz
Junio 16, 2010
Gainesville, FL.

2 comments:

Anonymous said...

Bueno, feliz Bloomsday!

A.

juan felipe hernandez said...

Claro, y yo, el referido amigo, completamente ignorante de Joyce, presente y ausente en el texto al tanto de la Guinness para el eufónico Bloomsday. Solo quedó la ilusión de pasar el próximo, pero no en la lluviosa Florida sino en un ambiente que le hubiese gustado mas a Riba. El próximo Junio te invito al Norte.

Saludo parce