Thursday, June 10, 2010

Medidas contra la crisis del arte


Fue en Móstoles donde se proclamó el grito de la Guerra de la Independencia que llamaba a los españoles a la sublevación contra el ejército napoleónico. Y, aunque se ha cuestionado históricamente la importancia de aquel bando, e incluso el heroísmo de su alcalde, así como las consecuencias que aquella guerra trajo consigo, la ciudad sigue celebrando aquel pasado mitológico, con centros de Arte -y también comerciales- que se llaman «Dos de Mayo», avenidas de «la Independencia», colegios y polideportivos de «Daoíz y Velarde»... como si sobre aquel mito se forjasen todavía sus señas de identidad.

El valor de una empanadilla. El nuevo Móstoles de la democracia se volvió a hacer famoso gracias a una parodia desternillante de Martes y Trece. Sin embargo, esta ciudad de unos 200.000 habitantes tiene ahora un nuevo motivo para sentirse orgullosa. Pues no es tan sólo la única urbe en la que la Comunidad de Madrid parece estar haciendo algo sensato en materia de arte contemporáneo, sino que es también la primera en la que, como en un nuevo alzamiento, el arte es abiertamente llamado a la sublevación.

Un grupo de tres comisarios mexicanos que se hacen llamar El Espectro Rojo ha preparado para el CA2M la ambiciosa exposición Fetiches críticos, en la que se abordan muchas de las patologías de la obra de arte en la época de la crisis del capitalismo financiero. La exposición es estupenda, divertida y además es formativa. Su excelente catálogo, con abundantes textos sobre el problema del fetichismo, con información relevante de los artistas y con interesantes reflexiones sobre los problemas del arte en la cultura contemporánea, ha sido editado en formato de periódico y se encuentra gratuitamente a disposición del público. Es una exposición que trabaja en la dirección correcta, tratando de pensar las posibilidades crítico-emancipatorias que lo artístico todavía tiene.

Hacia la desmaterialización. Después del ready-made y de la ingenua crítica de Benjamin contra la concepción aurática del arte, el combate contra su fetichismo mercantil se desarrolló en los sesenta y setenta en forma de conceptual, performance, instalación, happening, land-art y todo aquello que entonces se consideró como «desmaterialización» de la obra de arte. Sin embargo, de aquel combate no quedó apenas nada diez años más tarde. Lo sorprendente no fue el modo en que los viejos modelos de la pintura y de la escultura tradicionales resurgían de sus cenizas, ni tampoco la restauración de los antiguos canales de difusión -el museo y la galería- como los únicos en los que el arte era todavía tolerado y permitido. Lo más sorprendente fue la manera en que la resurrección mercantil de los años ochenta trajo consigo el desmantelamiento de toda la teoría y la práctica crítica de la vanguardia.
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Después de aquella ofensiva, el arte supuestamente crítico y comprometido quedó sumido en una extraordinaria confusión. De las tres principales tendencias del nuevo milenio (la cínica, la estética y la crítico-política), ninguna parece ni poder ni querer transformar este orden. Frente a ellas, el capitalismo parece haberse naturalizado. No hay cuestionamiento crítico del dispositivo general de distribución desigual de la riqueza, ni tampoco de la resignada aceptación por parte del arte de su obstinada condición mercantil. Lo único que quedan son reiteradas protestas contra la violencia brutal con la que la desigualdad se impone. Pero, salvo la amarga denuncia, que termina transformándose también en mercancía fetichizada, el trabajo del arte no apunta más que en la dirección de una reiterada impotencia.

Fetiches críticos parece el intento de reconsiderar esta impotencia. Es decir, el deseo de tener en cuenta, por un lado, la sorprendente supervivencia fetichista de la obra de arte y, por otro, su posible carácter todavía crítico. El planteamiento de esta cuestión es por completo pertinente. Los artistas seleccionados la desarrollan de modo coherente y, aunque se acercan a la exploración de las formas del sometimiento, el juego con la delincuencia o las parodias de la falsificación, no por ello terminan asumiendo para sí la forma de mercancía. Cuando lo hacen, como en el caso de Fritzia Irízar, que oculta diamantes en sacos de sal que vende al público por tres euros, es tan sólo como parodia. O como lo hace la norteamericana Andrea Fraser, que se prostituye en una performance para evidenciar las condiciones de verdadera prostitución del mercado del arte.

Museos y tostadoras. Alfredo Jaar construye, inaugura y destruye un museo en 24 horas, rechazando la plusvalía que el espacio genera; Jota Izquierdo se queda fascinado con las posibilidades de la obra de arte «en la época de su reproductibilidad pirata» y utiliza como modelo de reproducción la de los vagoneros mexicanos, que en España hemos dado en llamar top manta. Los comisarios, que se autorrepresentan paródicamente vistiendo «el uniforme del orden con zaragüelles rojos» -citando al Marx de El dieciocho de Brumario-, presentan también obra como artistas, a la vez que promueven la canonización del Santo Niño Cieguito de las Capuchinas de Puebla, denotando con ello una pequeña empanada mental que, como es tan sólo pequeña, no dudaremos en llamar «empanadilla». No en vano, esto es Móstoles.
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Miguel Cereceda
Junio 8, 2010
*originalmente publicado en el ABC cultural de España
fotos: achive de la exposicion Fetiches críticos de Espectro Rojo, y obra de Francis Alys

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