Thursday, July 15, 2010

Crítica y vanguardia


La crítica y la vanguardia constituyen una pareja escandalosa. Son un matrimonio mal avenido que, por intereses estratégicos, no puede disolver su vínculo. Aunque pretenda disimularlo, la vanguardia necesita de la crítica para justificarse (de algún modo, los manifiestos deberían leerse también como programas críticos), y la crítica necesita de la vanguardia para pronunciarse, ya sea a favor o en contra. Ambas terminarían además extrañamente unidas frente a sus enemigos: los enemigos de la crítica suelen ser los enemigos de las vanguardias, y los enemigos de la vanguardia, los enemigos de la crítica.

El escándalo que cuenta El caso Schönberg. Nacimiento de la vanguardia musical de Esteban Buch, ensayista argentino radicado en Francia, toma un momento de divorcio entre crítica y vanguardia (divorcio que modificaría en última instancia a las dos) y cubre en realidad distintos frentes: la escandalosa incomprensión, por parte de la mayoría de los críticos vieneses, de la primera música de Arnold Schönberg; el escándalo del llamado "atonalismo" (una palabra que Schönberg rechazó y que su discípulo Alban Berg discutió largamente en el texto " Was ist atonal ?" [¿Qué es atonal?], publicado póstumamente); y, por último, el de un concierto (el Skandalkonzert , del 31 de marzo de 1913, día emblemático del arte del siglo XX), cuando, en la gran sala del Musikverein, público, críticos y músicos ventilaron a trompadas sus diferencias estéticas.

Para Buch, que hace aquí una historia de la recepción inicial de las obras de Schönberg -de 1898 a, justamente, 1913- cada escándalo constituye un síntoma. "Yo pensaba que en mis libros había discontinuidades -explica-. Pero es cierto que en todos, ya desde El pintor de la Suiza argentina , el primero, hay un escándalo; en ese caso, el escándalo de un nazi en la Argentina. Me interesan los escándalos, los affaires , los casos. Hay en ellos algo muy narrativo y, al mismo tiempo, el escándalo es un indicio que permite pensar cosas de otros órdenes." Buch sabe derivar teoría de situaciones que no son teóricas y construir luego relato sobre la teoría. En Historia de un secreto , el escándalo era una infidelidad de Alban Berg, cifrada pero inusitadamente a la vista para quien prestara atención; en La novena de Beethoven , los abusos políticos sobre la obra aludida en el título; en The Bomarzo affaire , la pudorosa prohibición de la ópera de Alberto Ginastera. Pero lo escandaloso en El caso Schönberg , finalmente traducido al español cuatro años después de la edición francesa en Gallimard, es de otra naturaleza. Como señala con agudeza en el prólogo el crítico Federico Monjeau, "en el caso Schönberg lo que estaba en juego no era un estilo sino, antes, una lengua, un nuevo paradigma".

Hay algo que puede parecer ahora conmovedor, y es el hecho de que la discusión sobre Schönberg era, pese a todo lo que había implicado en ella, una discusión pura, en el sentido de que el objeto discutido era, sin más, su música. "El de Schönberg fue uno de los pocos escándalos de la forma pura. Pero la cuestión es que para los críticos esas formas puras aludían a cosas que eran impuras", explica Buch. En verdad son los críticos, "responsables de la primera atribución pública de sentido", los verdaderos protagonistas de su libro: Richard Batka, Julius Korngold (padre del compositor Erich Wolfgang), Ludwig Karpath y Elsa Bienenfeld, sobre quien el autor proyecta una mirada más tibia, son figuras quizás ahora un poco olvidadas pero cuya influencia fue en su momento poderosa. A ellos se les debería, por ejemplo, el cambio que se advierte entre el primero y el segundo cuarteto para cuerdas de Schönberg. "Lo de la forma pura -continúa Buch- supone a la vez una creencia en la autonomía de los fenómenos estéticos y en su condición de metáforas o síntomas de lo social y político, de lo impuro en cierto modo. Eso es lo que explica que toda esa gente tomara la defensa (o más bien el rechazo) de ciertos principios formales como una causa que movilizaba cuestiones morales y los involucraba como ciudadanos."

El valor de una obra de arte nunca es definitivo; "sólo su importancia histórica puede serlo", anota Buch. ¿La percepción de una obra es entonces histórica, y el juicio estético, cambiante? "El valor y el sentido que se atribuyen a un artista o a una obra, así se trate de Shakespeare, de Beethoven o de quien sea, siempre pueden estar sujetos a revisiones, o caer simplemente en el olvido, al menos en principio -explica el autor-. Lo que no puede modificarse es el hecho de que durante varios siglos hubo un consenso, aun parcial, en torno a la creencia de que la obra de Shakespeare y la de Beethoven eran cumbres de la cultura humana. Si de acá a unos años se llega a la conclusión de que la obra de Schönberg no merece ser escuchada ni comentada, eso no cambia que durante el siglo XX y hasta hoy dominó la idea de que su obra tenía una importancia mayor para la música occidental, aunque de modo infinitamente más frágil e inestable que en torno a Beethoven, por supuesto."

A propósito del éxito de los Gurrelieder , el crítico Batka observó en su momento: "La centésima parte de este triunfo y hoy tendríamos otro Schönberg. Un Schönberg que nos alegraría el corazón". ¿Es posible que aquello que El caso... define como "estética de la ruptura" sea la consecuencia de un resentimiento? "Yo no usaría la palabra resentimiento, que evoca demasiado a Nietzsche -corrige Buch-. Diría más bien que es el resultado de una bronca. Schönberg fue un vanguardista malgré lui . Un vanguardista empujado a serlo."
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Pablo Gianera
Julio del 2010
*Originalmente publicado en adn*cultura

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