Sunday, July 25, 2010

La precariedad del viaje


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Baso mis observaciones desde el punto de vista móvil, transitorio; punto propio de las rutas de autobús. Los lugares son los mismos: Walmart, Kmart, Sears. Los estacionamientos iguales: extensos, aburridos. Los colores de McDonald’s son los mismos en todos los estados. La gente, es uniforme, predecible, lista para cumplir un rol, llenar un estereotipo, jugar con lo contingente.
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Andenes, carreteras, barandas de seguridad, superficies de edificios, ciertos anuncios publicitarios: hay algo en común que solo se distingue en los espacios de Massachusetts. Existe una diferencia entre estas superficies y las superficies por ejemplo de la Florida. Primeramente, hay un paso del tiempo bastante largo. Hay cierta vastedad, también es el caso en la Florida, pero principalmente la diferencia es de texturas. Los andenes metropolitanos son telas quebradas, están poblados de hierba salvaje, encadenados con cierta regularidad aburridora: están rotos, las aristas reducidas, los márgenes gastados: poco cortantes.
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La piel de la carretera dilapidada: estirada lentamente por el paso de cada automóvil; por el peso de cada camión. Su rotulado paralelo o divisorio casi borrado, confundido: recuerdo las autopistas del altiplano de Bogota.Edificios destinados a proyectos de vivienda subsidiados, de corte y proporción que rememoran ambiciones casi soviéticas.
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Crucé un puente peatonal que se proyecta por encima de la autopista I-91. Al palpar las dobladas columnas que sostienen la reja sentí el sucio del hollín expedido por miles de autos, mezclado con el color del óxido. Me distraje, con un toque de decepción pasajera, observando las hojas dobladas por el polvo citadino.Sentí el peso de la pobreza sobre los cuerpos que escudriñaba: en el terminal, en el autobús, en la calle. Y vi todos los objetos que utilizaban; la ropa, un coche de niños, un celular, un auto, todos de inferior calidad, de un diseño y un terminado menos agradable, de costuras burdas y de formas que se presentaban como menos refinadas; un aire, no de obsoleto, pero si ya pasado de moda.
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Son imágenes insignificantes; impresiones perdidas en el fondo de un archivo.
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Y sin embargo, arcan el relieve de una cartografía agotada, desdoblada por una movilidad constante. Como delicadas películas, interminablemente se suceden una por una y enlazan una secuencia eventos, un borrador de planes sin cumplir, de plazos vencidos. Tomo un avión barato en Logan y en menos de 3 horas ya estoy pisando el interminable asfalto de la Florida.
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Juan F. Hernández
Julio del 2010
Amherst, Mass.
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*El autor es camarada de la Universida de la Florida, y ahora parte hacia los bosques de Boston para hilvanar su tesis doctoral sobre historia de la judería latinoamericana.
*foto: de la serie "espacios inciertos" de Sergio Belinchón .

1 comment:

Giovanna Rivero said...

Me encantó el texto, no solo por la melancolía, lente perfecto para que el extranjero mire su nuevo lugar y aprenda a quererlo, sino también porque parece proponer que el Estados Unidos "profundo" está siempre en la epidermis del asfalto, en su repetición que tiene tanto de tranquilizadora como de escalofriante.

Abrazos!