Saturday, August 28, 2010

Esperanza y Socialismo


La pregunta por la esperanza en Cuba hoy es medular, por cuanto el proyecto revolucionario se apoyó en una retórica idílica que finalmente se estrelló contra la realidad del modo más dramático que quepa imaginar. Como le gustaba decir al célebre Henri Bergson, de diez errores políticos nueve consisten en seguir considerando verdadero lo que ha dejado de serlo. Y el décimo, acaso el más importante -acotaba el filósofo- en no considerar verdadero lo que en realidad lo es. Uno de los aspectos más insatisfactorios del marxismo soviético, con su énfasis en lo social, es lo que el socialismo real protagonizó como disolución del individuo (en este sentido la religión, que se apoya en la persona, aventaja al socialismo).

Generaciones enteras resultaron manipuladas sobre la base de una ecuación errónea: individualidad = individualismo = egoísmo. En el caso que me ocupa, si la esperanza proviene de un idílico edén —sea religioso o comunista— y no ancla en el individuo, de tal modo que este la sienta como suya (su esperanza) entonces no pasa de ser una estrategia de control. Dicho de otro modo, si la esperanza —y concretándome ya al caso de Cuba— es la del revolucionario (es decir, la de un atributo humano) y no la del hombre real de carne y sangre que, como la Substancia de Spinoza, posee infinitos atributos, entonces aquella solo alcanza a satisfacer a un hombre enajenado, a un ser, por principio, reducido a una sola de sus facetas. En cambio, ningún atributo humano, aun el más elevado, puede llegar a sustituir o a estar por encima del hombre real. Y justo esta reducción («el hombre unidimensional», para utilizar una expresión de Herbert Marcuse), esta desrealización de la persona y su disolución en estrategias discursivas de tipo social desdibuja también toda esperanza auténtica. Lo mismo vale para los propios roles que, necesariamente, desempeña un individuo. La campaña por la integralidad en la educación superior, por ejemplo, entraña un peligroso daño colateral de efecto contrario: descentra al estudiante de su verdadera labor (enajena su esencia, diríase desde el marxismo) y justifica y promueve un alumno fragmentado, mediocre y dócil que, paradójicamente, es beneficiado en términos de oportunidades.

El problema estriba en que esta suerte de neoparametrización al final se expresa en una práctica exclusionista de lógica retorcida: el que tan solo estudia no es revolucionario y la universidad es, por definición, para los revolucionarios. De donde se sigue -quiérase o no- que no es conveniente tomarse muy en serio los estudios. Como se ve, otra vez los accidentes por encima de la substancia.

Semejante situación sirve de escudo protector a un alumnado mediocre, que suple con ideología y utopía su vacío cognitivo del mismo modo que el profesor mediocre suple con metodología su escaso dominio del contenido. Y no hay nada que indique que el porcentaje de los que abandonan el país sea mayor entre los «no-integrales» competentes que entre los «integrales» incompetentes.

Por otra parte, en vano se cifran las esperanzas en la preparación de expertos en detrimento de las humanidades. Si en lugar de savants la universidad produce más bien activistas, agitadores políticos en unas condiciones culturales globales en las que la brecha entre desarrollo y subdesarrollo la determina justo –y exclusivamente- el conocimiento, ¿cómo podrá “el coro de los grillos que cantan a la Luna” (Antonio Machado) hacer frente a los Tanques Pensantes (Think Tanks) de las llamadas “sociedades del conocimiento” (P. Drucker)? La moraleja aquí es que la crítica feuerbachiana de la enajenación religiosa y su posterior desarrollo por parte de Marx son válidos para el caso de la enajenación comunista y, por extensión, de la revolucionaria.
Entiéndaseme bien todo lo dicho: yo no estoy considerando promover la esperanza, ni siquiera al Hombre —mucho menos a ese ser social/unidimensional con instinto de rebaño que tan ajenamente cabe en su propia biografía—, sino al individuo concreto con toda la gama de sus potencialidades. Promuévase al individuo humano (persona) —que debe estar por encima de las instituciones, causas, principios o empresa de cualquier tipo— y todo lo demás se nos dará por añadidura.
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Alexis Jardines
Agosto del 2010
*escrito originalmente publicado para el dossier “La esperanza en Cuba hoy” publicado por la revista cubana Espacio Laical.

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