Tuesday, August 24, 2010

Metafísica de las piscinas (parte I)


I.

Recuerdo, o quizás solo se recuerda a través de algunas fotografías, que durante un verano, en década de los 90, mientras visitaba a mi tía en La Habana, fuimos a una piscina alquilada que quedaba en Boyeros, a poca distancia de nuestra casa. Yo me encontraba muy animado a ir por primera vez a una piscina.
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La diferencia radicaba en el canje: no se trataba de una playa, sino de una piscina. A diferencia de la playa – yo, que venia de la experiencia de Varadero - las piscinas siempre han parecido misteriosamente holgadas por las aguas donde uno se sumerge. Es, pues, allí donde hay cierta finitud (como en la existencia) ante el espacio, a la vez que dilatamos la infinidad sensorial que recibe el cuerpo a punto de su desaparición. En aquella foto se me podía ver suspendido en el agua, mi cuerpo proyectando una sombra en el suelo losado, y mis ojos cerrados, huyéndole a los rayos encandilados del sol. Es una imagen que no quiere del todo negar su total felicidad: el cuerpo aparece allí sin ningún peso, el ser en el Mundo levita sobre la densidad de su peso. Y también allí el agua parece no existir: enfrentamos un fantasma reflexivo extraído de un estado mental.

Porque los veranos son pesados y enfermizos – como ha visto Alan Pauls en su cuaderno La vida descalzo – las piscinas son el espacio idílico donde el ser puede desaparecer de su pesadumbre. En todo caso, la vida no deja de continuar (como debe ser en el momento de la muerte), sino que tal pareciera que se detiene, o que toma un rumbo hacia otros tiempos externos a si mismos, otra realidad, otra dimensión en donde lo que flota y lo que nos sostiene se vuelcan sobre un mismo límite impreciso.

En uno de los cuadernos de Kafka podemos encontrar como la piscina aparece como el lugar del olvido. Y sobretodo del olvido como banalidad y deterioro: "Acaba de estallar la Guerra – escribe Kafka – y Alemania ha declarado la Guerra. Voy a bañarme en la piscina".

El hecho que Kafka anote algo tan baladí e infrecuente en su Diario merece un análisis, o al menos una reflexión sobre la aparición de ese lugar tan común y desarmado como la piscina. De hecho, en la piscina nos encontramos en una realidad doblada, o dialéctica si se quiere. Por una parte el flotar y la natación, la realización del cuerpo sobre un ambiente (ese unwelt que no nos pertenece) donde el humano vuelve a los tiempos inmemoriales, atónitos, y prehistóricos de su historia. Por otra parte, la piscina es el recinto perfecto para la representación de la vida desnuda, o mejor: de la vulnerabilidad del ser en el mundo.

Y sentimos, sin embargo, placer en estar sumergidos en lo vulnerable, en poder, de este modo, dejar de ser en cualquier momento. La piscina es el origen líquido de la vida, la placenta que nos regresa, como en una línea del Eterno Retorno sobre un ser sin lenguaje. Si vivimos en constante liquidación, como sugiere Baumann, habría que agregar que la liquidez de la experiencia de piletas con aguas es diferente. No se trata en caso alguno de la solvencia de culturas o identidades, sino del propio cuerpo por exposición total.

Se entiende, la exposición bajo parámetros naturales y sobre impresiones de los sentidos. Una puesta en escena donde la presencia se diluye constantemente entre el ser y el no-ser, entre el abajo y afuera, entre la sequedad y el diluvio, entre la respiración y el asfixiamiento.

Cuando Joyce visita a Jung – recuerda Ricardo Piglia – mientras escribía Finnigans' Wake, el gran escritor irlandés buscaba una razón para seguir alentando su laberíntico paseo por las rutas del lenguaje. Jung, quien comparaba su lenguaje con el de su hija Leticia, le recordó: "Pero allí donde usted nada, ella se ahoga" [1]. La literatura y el lenguaje comparten más de lo que uno pudiera pensar con la metafísica de la piscina. Si entendemos el lenguaje como un acto donde la suspensión (el acto del ser sin lenguaje) es la laguna central en la potencia del ser en el mundo, entonces la piscina se vuelve ese límite donde, precisamente, el lenguaje toma posesión de la realidad para diferirla.

La piscina es un lenguaje cuya potencia nunca se realiza, y que queda, por momentos, como si fuese nuestro mundo o hábitat animal. La rareza de estar vivo se asienta, mientras nuestros sentidos quedan anonadados por el silencio y la totalidad cromático de los azules. Quizá nadie lo ha notado tan bien que H.D en su poema "The Pool", donde se recoge la sanación de una piel cubierta con otra como hipérbola de la metamorfosis del estado humano al animal:
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¿Estáis vivo?
Te rozo: tiemblas como un pez de mar.
Y te cubro con mi malla.
¿Quién eres, ahora, tu enredado? ("La Piscina") [2]

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Y es que más que humana habría que hablar de esa condición del humano enredado en las aguas, no del todo anfibio, sino suspendido entre dos cosmologías diferentes. En el poema de D.H sorprende la aprensión del rozo como habilidad de lo humano: ¿se puede poseer alguien en las aguas? ¿Quien, en realidad, puede contener el fluir de una realidad que se aproxima a esa de la conciencia? Como el psicoanálisis, la piscina es un espacio subconsciente donde trabajamos con las rupturas de la significación, o al decir de Lacan, con la roturas en la cadena del significante contra el imaginario.

Desilusión del lenguaje: inmediaciones de una existencia del cuerpo vacío. El hombre sin atributos de Musil, encuentra el hábitat en el orden rectilíneo de las piscinas. La pasividad descompone la existencia en una cuadriculación de sombras e iluminaciones superficiales.
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Gerardo Munoz
Julio del 2010
Gainesville, FL.
*foto: "Awake pool" de Gutavo Acosta

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