Monday, August 30, 2010

Revolución y Fidelidad al siglo veinte


Los historiadores, desde diferentes disciplinas y discursos humanistas, encuentran en el fin de la Modernidad el dilema de cómo medir el tiempo histórico, es decir, como interpretar la coyuntura asimétrica entre los acontecimientos, los discursos, y la propia practica, a posteriori, del orden historiográfico. Giorgio Agamben, siguiendo las pautas del primer Foucault en La arqueología del saber, recomienda abandonar nociones "abstractas" como el "siglo", o los "movimientos de ideas" pues, según el filósofo italiano, estos límites se establecen sin ningún tipo de valor certero de base epistemológica. La noción de ser contemporáneo, advierte Agamben, debe ser interpretada no como un acontecimiento en el siglo, sino en la manera en que se efectúa la práctica de la "contemporaneidad"; o a la manera de Nietzsche, de poder ubicarse en la transversalidad de la historia desde la oscuridad del presente [1]. Un siglo, entonces, menos que ubicar un espacio de conocimientos y subjetividades, denomina un conjunto de acontecimientos que se repiten y se niegan en la propia finitud de la dialéctica histórica.

Las revoluciones repiten un acto – en su gesto de destrucción o aniquilación de la tradición y de la base socio-económica de un sistema político- al llevar a cabo aquello que Marx refirió como el "tren de la Historia", mientras que el orden funcional del poder perpetua el estatismo, la continuación de la violencia por otros medios, o la guerra civil bajo el velo de la democracia. Marx ignoró que, tras el recorrido del tren de la historia, sin embargo es de doble vía: opuesto a la dirección del tren liberador, siempre se aproxima otro tren, que liquida, en su gesto no menos violento, el fin de la historia y las utopías revolucionarias.

En realidad, preguntar sobre el siglo XX significa retomar el espiral de la dialéctica de la historia para reconstruir las subjetividades que ocuparon el espacio histórico durante los años que suelen marcar el comienzo de la Revolución bolchevique en 1917, y la caída del Muro de Berlín en 1991. Las conferencias en torno al El Siglo, Alain Badiou intenta de hacer una lectura de espejo de la historia como conjunto de acontecimientos. Recordando un tanto al método de Octavio Paz en El laberinto de la soledad (leer al México, desde su propia conciencia del mexicano), a Badiou le interesa más que un análisis social o historiográfico del "siglo", rescatar como el siglo fue concebido como tal, es decir, cómo este se pensó a si mismo, y de que manera se dividió entre dos tipos de políticas diferentes: la política de lo posible, y la lucha del proletariado en busca de la utopía del futuro.
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Aunque la vuelta de Badiou a la historia, implica poder revitalizar el pensamiento como tal. A diferencia de algunos filósofos de la Escuela de Frankfurt (Walter Benjamin, Theodor Adorno, o Max Horkheimer), para quienes el siglo XX, a raíz del Holocausto, era "impensable"; Badiou exige abstraer del siglo, sino un método, cierta fidelidad al espíritu de la politización total de la vida, sin caer en los binarios que se nos imponen: Totalitarismo o Democracia, Libertad u opresión, éxito comercial o campos de concentración, GULAG o Wall Street. Según Badiou, la tesis puede formularse precisamente desde el abismo en que la política se volvió un horror (bajo la cual hoy, por supuesto, aun vivimos):
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"Mi método consistirá en extraer desde la producción del siglo, algunos documentos o huellas que indiquen como el siglo se pensó a si mismo. Para ser mas preciso, me interesa ver cómo el siglo pensó su pensamiento, cómo identificó la singularidad del pensamiento en relación con la propia historicidad de su pensar" [2].
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El siglo como "age of extremes" fue acuñado por el historiador marxista Eric Hobsbawm para cercar el período que abarca el fin de la primera guerra mundial y el fin de la caída del comunismo. Dos extremos que llegan a un fin, ya que, no solo cae el muro de Berlín hacia el "Este", sino también la configuración del "Occidente" dejaron de pensarse como entidades monolíticas. De ahí que se pase a un flujo que podemos llamar "Imperio", "globalización", o sencillamente "trans-nacionalismos". Franqueamos silenciosamente, al decir del ensayista Iván de la Nuez, de un PC (partido comunista) a otro más liviano pc (personal computer). A finales del siglo, Jean Baudrillard entrevió la multiplicación – atroz según nos adelantaba la metafísica de Borges – de las imágenes flotantes, los simulacros, y proponía una crítica política del signo. En el umbral de la política, tal pareciera que nos quedan imágenes (sin referentes) de lo que somos y de lo que, con el tiempo, nos iremos convirtiendo.

Una vez que la política ha sido borrada del mapa global, el comunismo se ha convertido en una morfología más de la industrial cultural: una camiseta del Che Guevara, un Marx que vende automóviles en Alemania, y una Cuba que se viste de museo de ruinas para los últimos nostálgicos de las revoluciones latinoamericanas. ¿Es solo esto lo que nos queda de la "politización estética total " (Gessumkunstwelt) del siglo pasado? ¿Hay algo rescatable del enfrentamiento de la Guerra Fría que polarizó al mundo entre dos láminas de hierro? La empresa de Alain Badiou – es decir, la de desenterrar las subjetividades del "hombre nuevo" – no es del todo nueva. Con la caída del Muro de Berlín y la reformación de la OTAN, la primera ola de desconcierto llegó, precisamente, desde el Este. El filósofo soviético Boris Groys afirmaba que no se podía hablar del comunismo como un proceso nacional con límites inscritos en el imaginario soviético. Al contrario, para Groys la condición del "post-comunismo" no solo es histórica, sino que ha ocurrido a escala global [3]. La revolución repite, en su acto destructivo un acto de creación: al volver al grado cero de la Historia, disemina las huellas de la destrucción. El momento originario por donde ha pasado el acto revolucionario como "evento" quedan fosilizadas como inscripciones, y marcas en la propia formación ontológica del hombre occidental. Del mismo modo que Groys relaciona ese fin de la Historia anunciado por Fukuyama, extirpado de Hegel; Alain Badiou busca situar la huella de la subjetividad del siglo (el Hombre Nuevo), dentro de una ontología del acontecimiento. No es el pasado lo que ha ocurrido y se ha sellado como promesa, sino aquello que, al decir de Derrida, regresa y que debemos acoger a través del proceso de "fidelidad".

En el poema "La Era", Osip Mandelstam describe el siglo como una bestia que arrastra con el peso de los siglos y que ya ha sido sacrificada [4]. Hacia el último verso, sin embargo, Mandelstam indica que la bestia – débil y penosa – ha vuelto su mirada hacia atrás para contemplar las huellas de su recorrido violento por el tiempo. El análisis del Siglo busca, en efecto, elucidar esas "pasiones de lo Real" de una bestia que se sostuvo entre la fidelidad y el sacrificio, entre la lucha y el desasosiego, entre la esperanza y los fracasos.
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Notas:
1. Agamben, Giorgio. "What is the Contemporary". What is an apparatus?: and other essays, Standford Press 2009.
2. Badiou, Alain. The Century. Polity 2007.
3. Groys, Boris. "The post-communist condition". Who if not we should at least try to imagine the future of all this? Edited by Maria Hlavajova and Jill Winder. Artimo 2004.
4. En el segundo capítulo de El Siglo titulado "La Bestia" Badiou analiza extensamente el poema.
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Gerardo Munoz
Agosto del 2010
Gainesville, FL.
*imagen: diagrama del "acotecimiento/huella" escrito por Alain Badiou.

2 comments:

juan felipe hernandez said...

Ahora debemos recurrir a los antiguos "comments".
Mas que resumir y constatar tus conexiones me parece pertinente delinear una sencilla idea acerca de la caida del muro y repercusiones.
A demas de corroborar que el muro no solo cayo para un lado, que el muro cayo del lado del este, y que las dualidades vencedor/perdedor ya son obsoletas desde el punto de origen en el pensamiento mismo, se me ocurre pensar que luego de la caida del muro nesesaria e inmediatamante se dan condiciones para que el capitalismo se revise, y se proyecte con una nueva "cara" y un nuevo, telos; es decir parece que las politicas del ganador (con respecto a fuerza de empuje economico, fuerza de contencion, posibilidades de "detente", politicas armamentistas) debieron ser re-analizadas y re configuradas, al percatarse de los acontecimientos en Berlin.
La condicion post comunista obliga a revisar nacionalismos, para sus mayores especuladores, incluso mejorarlos, adaptarlos. Obliga a repensar el capitalismo y asumir un enemigo que fluye.

Por ultimo, la bestia y el angel de Benjamin, paralelos, y acertados.

Gerardo Muñoz said...

Muy bien Juan Fe! (Bien, por volver a la mediacion, certera, de retomar la plumita cibernetica). Su comentario me deja con la impresion que usted sigue pensando en los nacionalismos desde la era de la globalizacion. En efecto: el postcomunismo es la condicion que destabiliza la homogeneidad nacional y que hizo posible, ademas, la forma global y la crisis de la nacion. No hay que olvidar que, tanto en la teoria como en la practica, el comunismo se planteo como un proyecto global e internacional. De dicha forma tambien se deben leer sus efectos en nuestro presente.
Un abrazo desde Gainesville

G