Tuesday, August 17, 2010

Subjetividad post-castrista

>>>>>>>>>>>>>>.........>>>>>.>>>"Trojan Horse" - Ruben Torres Llorca

Cuando hoy nos referimos a la apoteosis de un "arte crítico" en realidad se entiende por la aseveración que el arte contemporáneo transita por un horizonte radicalmente nuevo en comparación con su pasado. Lo que se se intenta recuperar en terminos de criticalidad no es mas que el modelo total que infundió las resistencias de la Vanguardia. En efecto, plantearse la cuestión del arte en estos momentos significa acogerse a un ardid sociológico y teórico para inundar el vacío del cual en estos momentos habitamos, donde la "crítica" responde, menos que a una operación del arte, a su morfología.
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De modo que, y como ha sugerido recientemente el filósofo Alain Badiou, nuestra primera obligación es definir y preguntarnos en qué consiste el mundo del arte, y qué tipo de subjetividad es posible en un mundo donde la híper-formalización de la producción estética se ha llevado hacia una finalidad exhaustiva [1]. El problema – o la precariedad del arte contemporáneo – se vincula a la carencia política vista desde el plano ontológico. La muerte del autor, no solo coincide con el final de las utopías, sino que dicta, en su gesto posmoderno, que el arte ha dejado de ser político y crítico, para solo llegar a reproducir – recordings le llamaba Hal Foster ya en la década de los 80s – "las cosas" actuales inmersas en la esfera de la producción artística. Por ende, todo modelo de la criticalidad ha dejado de existir en el momento que un sistema ha triunfado sobre otro. Lo cual equivale a decir que el arte responde hoy a cuestiones unilaterales, en donde una forma de vida se ha impuesto sobre otra.

De la misma manera que los defensores del capitalismo (entiéndase esta enunciación a la merced de sus correlativos como el "liberalismo", "multiculturalismo", o "libre mercado") dejan por sentada la naturaleza de un orden mundial bajo el argumento neutralizador y universal; el comunismo debe ser leído, sino de la misma forma, con un sentido más claro y universal de lo que representa los discursos hegemónicos. Más allá de sus visibles fracasos y desaciertos, el comunismo del siglo XX tuvo un acierto innegable para el arte: permitió demostrar que el el arte tiene sujetividad afuera del mercado, y que el 'evento' puede desnaturalizar y poner en competencia a dos sistemas de vida [2]. En términos estéticos, esto significa que el 'evento' en su concurrencia crea un nuevo tipo de subjetividad, de criticalidad, y de formación de conciencia tanto en la producción estética como en los espectadores. De ahí que el impacto del comunismo, más que un momento historiográfico en el lapso del siglo XX, de hecho, se vuelve un espacio político de la criticalidad total (aun si ésta va dirigida contra del propio estado socialista). Aunque la recuperación del evento es imposible, lo que solo queda es rastrear las huellas que éste ha dejado en el proceso de subjetivización de sus entidades globales.

Edward Said resaltaba la figura de Adorno para demostrar que, en otras cosas, el modelo de este intelectual le parecía el menos orgánico, y más vasto, ya que éste resistió en tres ejes diferentes: contra el capitalismo, el fascismo alemán, y los procesos estalinistas [3]. La ambigüedad de Said sin embargo, es ejemplar de un lastre posmoderno del decorado de diferencias: la atención que más se valora es la del distanciamiento y no la de la fidelidad. Un antagonismo, en cambio, vuelve a su vez sobre el enemigo y su pasado, como proceso total que formaliza aquello que no ha tenido forma, y que aísla del evento un contorno que realmente es universal como foco de criticalidad.

La obra del artista cubano Rubén Torres Llorca se conduce, silenciosamente, por esos lugares de una nueva ontología post-castrista. A diferencia de la posición que se asume hoy en el exilio (o en los exilios, para aquellos que se amparan de los plurales), el post-castrismo pueda que se convierta en un momento reflexivo sobre el pasado socialista cubano, y no en una gesto más de "borrón y olvido". Todo lo contrario, el evento de la propia destitución del Castrismo en el siglo XXI pueda que abra espacios para una nueva criticalidad que los artistas cubanos han perdido en su travesía al Primer Mundo y a los espacios del mercado exiliar. La marca de una producción artística post-castrista incluiría, entonces, un nuevo paradigma de subjetividad. En cierto sentido, esta subjetividad iría mas allá del nacionalismo cubano, y de la función que la duplica en sus diferentes formas diaspóricas [4].

Hablaríamos menos de una "ética del arte" que de un arte que multiplíquese su potencia hacia el infinito del espacio: más allá de los discursos del nacionalismo cubano, y de ese otro (retrogrado) nacionalismo que busca imponer modelos, no menos retrógrados, en la esencia de esa construcción de la "cubanidad" futura.
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>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>>Glexis Novoa - "Radical City" (2007)

En las últimas obras de Torres-Llorca vemos a un artista que, aunque formalmente distinto, mantiene el espíritu político del arte de la década de los ochenta en Cuba: contra establishment, y fundador de una rica simbología que contextualiza su obra en nuevas necesidades de crítica. Si en hace treinta años, Llorca incorporaba la influencia pop, el kitsch, y buena parte de la iconografía religiosa cubana para burlar medios de censura y abrir modelos de criticalidad; en el presente norteamericano ha olvidado el referente cubano para retomar los temas de la inseguridad, el desamparo, la crisis del capitalismo, o la barbarie cultural de la que enfrenta la realidad del Imperio.
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Un gesto similar encontramos en uno de sus coetáneos, Glexis Novoa, quien en su último proyecto artístico Art Baselita intenta duplicar un mercado de arte (apocrifito) dentro del mercado de arte, es decir, invertir la mercantilización estética para introducir un espacio de ínter-pasividad y desarreglo topológico y discursivo. En muchos de sus últimos cuadros sobre mármol se perciben sujetos que dialogan con los rostros o maquetas de las obras de Torres-Llorca: huellas de comunismo, sombras que iluminan el pasado a la manera del espectro que persiguió una vez el mundo. Aunque estos si bien no existen, habitan en su anclaje histórico. Si para Torres-Llorca la crítica es el modelo permanente de la función de arte y de una nueva construcción de subjetividad post-castrista; la estrategia estética de Glexis Novoa es relucir los escombros de la memoria del post-castrismo. Hacer ver que la muerte de la ideología en realidad no es la muerte como tal, sino solo la víspera de reevaluar modelos, tácticas, aberturas, y fugas dentro de una condición que afirma la experiencia del pasado como fidelidad continua.

Al artista cubano le queda por formalizar estéticamente el discurso en el imaginario de una nación sin Castro. Primero porque los que viven en dentro de la isla fingen una criticalidad que se retroalimenta con las paradojas de la política cultural del totalitarismo y la institucionalización total del aparato político; y lo segundos porque proceden con el corrosivo binario que solo puede terminar exaltando los valores de la individualidad, el confort, la libertad, y otros consignas "democráticas" que justifica al país que los alimenta. El sujeto del Post-Castrismo no se subscribe a estas posiciones, sino que se mantiene a la distancia de la nación, a la vez que replantea el enfrentamiento político real de lucha con respecto a la significación del evento.

Lo 'post-castrista', como lo contemporáneo, es un momento (una cesura) de incertidumbre, y desorientación. De ahí, la potencia inmanente de un sujeto-otro; del vinculo historicista con las fuerzas políticas. Afirmar que la condición "post-castrista" solo le pertenece a artistas cubanos, sería volver afirmar el modelo del mismo nacionalismo que se intenta derrocar. En realidad la entidad post-castrista se extiende a todas partes donde lo cubano se ha vuelto mito o razón. Los que intentan borrar el momento castrista, ignoran que el evento deja huellas y secuelas para ser usadas contra todo sistema unitario, poderoso, y bélico. En efecto, borrar huellas en si mismo una huella totalitaria segun Eric Fromm. Los segundos, en cambio, no se han percatado que la finalidad del evento como tal se enfrenta bajo la crítica contra la nostalgia, a favor de la universalidad y no fomentando la excepción.

El arte cubano, en su futuro, tiene fuerzas de despuntar, aunque tendrá que superar ese abismo que depara su presente: la posición interminable de estar a favor o en contra. De la misma forma que se ha dejado atrás un período histórico en su representación del liderazgo político-orgánico, habrá que enfrentar las trazas que circulan y se esconden tras las producciones artísticas y los intelectos resignados.
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Notas:

1. Badiou, Alain. "The subject of art". Lacanian ink 2005.

2. Groys, Boris. "The Post-Communist Condition". Who if not we should at least try to imagine the future of all this? (Ámsterdam: Artimo, 2004), p. 163-170.

3. Said, Edward. Representaciones del intelectual. Editorial Paidós, 1996

4. Álvarez, Ulises. "Sobre la posibilidad de ser post-cubano". Penúltimos Días. Nov. 2008.

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Gerardo Muñoz
Agosto del 2010
Gainesville, FL.

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