Tuesday, September 14, 2010

Alfredo Jaar y la prisión de la cultura

El fin de lo político también presupone el fin de las figuras comprometidas y del estatuto del artista como intervención en lo intelectual. En cuanto a los modelos culturales y la función de la voz crítica dentro de un sistema dado, hoy solo podemos anotar voces que dan sus opiniones (en la sociedad post-Berlín), y no necesariamente "intelectuales" como lo formulaban las tendencias y orientaciones ideológicas del siglo de las pasiones.

Tanto Raymond Williams como Antonio Gramsci, desde el marxismo, vaticinaron la cultura como un proceso residual en la continuidad de la historia. Hoy, en nuestros días, más que una degeneración de lo residual, se aglutinan un vacío espectral que acumula todo como "cultura", pues ya no hay pérdida, sino archivo, conjuntos, repeticiones, y simulacros. Si para los intelectuales de la década de sesenta (Guy Debord, Jean Paul Sartre, o Paolo Pasolini), la velocidad de la Historia – como penúltimo tránsito a la utopía del 68' – generaba incomodidad para el intelectual europeo, la nueva cartografía posmoderna y post-utópica coloca a la figura del intelectual en un museo. Es decir, como una figura que ha dejado de existir, y que hoy solo la podemos ver con cierta nostalgia.

No quiere decir esto que hoy ya no existan inteligencias subjetivas, o que ensayistas no escriban, desde diferentes espacios y plataformas críticas. Todo lo contrario, lo que se escribe en el campo de la cultura ha sido despolitizado, y se ha vuelto un monumento que ya no circula en los espectadores o en la cultura de masas en relación a la acción o la conciencia. Hoy, en efecto, todos somos intelectuales: cada quien tiene un espacio donde promulgar su opinión, polemizar, y reparar sobre los hechos contemporáneos. Lo que difiere de la posición "orgánica" de la intelectualidad antigua, no seria tanto la criticalidad (la cual hoy se ha vuelto un trend más de la sociedad del espectáculo), sino la ausencia del lector, la banalidad – y la vertiginosa urgencia – con que las cosas se dicen, desaparecen, o se olvidan.

Alfredo Jaar es un artista chileno que apuesta por salir de esta "jaula de hierro" (símbolo de Weber) donde nos encontramos en perpetua domesticación social. La salida radica en construir una nueva figura del intelectual. La vuelta del intelectual comprometido con su tiempo y con la producción de la ideología se instala hoy desde la crítica del artista que, en tiempos donde se yuxtaponen las esferas y categorías estéticas, pudiera reflexionar en torno a los problemas que los intelectuales ya no atinan a visualizar. El arte, en cambio, imagina; mientras que el intelectual responde a hechos.

La concepción de la figura del artista como "creador-intelectual" de su obra lo asociaría más a un modelo de distanciamiento, como en el "effekt" de Brecht, - y que aparece en la obra de Jaar sobre las mutilaciones de Rwanda 1994-2000 – que a las prácticas relacionales del arte contemporáneo. Para Jaar, el arte hoy tiene la fuerza de poder desenmascarar la ideología y sus mecanismos velatorios, precisamente en un período donde la Historia se suele autonombrar como "post-ideológica".

La cultura es una prisión – así habló Paolo Pasoloni, como si previera la mediatización total de la política en una morfología del consumo liberal y los discursos culturales que fomentan las prebendas fetichistas. Esta prisión es la libertad total tejada por la incontinencia del mercado. ¿Puede haber salida hoy de esa "jaula de la cultura"? No es que el arte hoy pueda, a la manera de las vanguardias del siglo pasado, fusionar vida y arte, sino que arte contemporáneo – el arte mismo de Alfredo Jaar –puede hallarse en un afuera de la vida como obra de arte. A través de esta creación perpetua, estaríamos sentando una formulación errante. Quizá solo así podremos encontrar que, como en el arte, la vida también puede existir en otro lugar. Más allá de si misma.
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Gerardo Munoz
Septiembre 12, 2010
Gainesville, FL.

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