Sunday, September 5, 2010

El Inconciente estético


Reseña: Ránciere, Jacques. The Aesthetic Unconcious. Polity 2009.
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Jacques Ránciere es la tercera figura del escalafón neo-marxista del siglo XXI, y quizá también el tercer compañero de viaje en las travesías teóricas de Alain Badiou y al esloveno Slavoj Zizek. Si bien cada uno de estos filósofos desempeña un proyecto radicalmente diferente – tanto en forma como en la manera de aproximar el legado de Marx y la visión del radicalismo político – son estos tres nombres, y no otros, los que arman la pirámide kantiana de la filosofía "critica" del presente.
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Mientras que Badiou se ocupa de la facultad de la razón, las formas del pensamiento, los procedimientos de verdades, y Slavoj Zizek de la poéticas del goce, la ideología, y la moralidad contemporánea; Ránciere parte de la "tercera critica" kantiana, es decir, la que analiza la función del juicio y la facultad estética como forma emancipada del saber. Los tres filósofos parten de Kant en el sentido en que apoyan una división tradicional de la filosofía, y atan en la totalidad una tipología de la producción de subjetividades. En el caso especifico de Ránciere, el apego a Kant es mucho mayor, pues sus conceptos - "distribución de lo sensible, "revolución de la estética, "politización de la estética" – nos remite al paradigma kantiano de La crítica del Juicio [1].
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A diferencia de Badiou y de Zizek sin embargo, Ránciere se encuentra más alejado de las corrientes psicoanalíticas que inundan el pensamiento contemporáneo. Su posición filosófica la encontramos en las antípodas de la sombra de Jacques Lacan, y mucho mas cercano a su Maestro, Louis Althusser, un nombre que, en la filosofía contemporánea ha comenzado a designar un profundo malestar y arcaísmo intelectual a razón de sus agotados "aparatos del poder" y los límites de la heterodoxia marxista en cuanto a la lectura ideológica de la obra de Marx. De ahí que el nuevo libro de Ránciere – originalmente una conferencia universitaria leída en Bruselas - El Inconciente estético (Polity, 2009), busca situar su pensamiento en el campo del psicoanálisis, y pasar cuenta a la correspondencia que existe entre arte y psicoanálisis.
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El camino seguido por Ránciere, pudiese haber tomado dos rutas opuestas: por una parte ver en qué forma, y con base a qué mecanismos el psicoanálisis ha operado en la interpretación y la hermenéutica de la estética; o más interesante aun, como las figuras estéticas (las obras de arte como tal) hacen posible la aplicación del psicoanálisis. Mientras que la primera intenta dibujar un mapa de los mecanismos a posteriori de un marco teórico, la segunda establece una genealogía, donde el psicoanálisis como tal ya no es un método, sino un campo que descansa sobre las premisas estéticas.
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No es del todo sorprendente que Ránciere prefiera, en efecto, analizar los límites del psicoanálisis con relación a sus antepasados artísticos y literarios, los funcionan para hacer posible su campo epistemológico. "What interests me is the question of what these figures serve to prove and what structures allow them to produce this proof" [2]. La aplicación del pensamiento dialéctico de Ránciere establece que lo que busca no es la continuación analógica de dos disciplinas, sino como una disciplina (el psicoanálisis) estableció dentro de su registro, pudiéramos decir "poético", el arte como un substrato del subconsciente. Preguntarse, entonces, por el "inconciente estético" presupone cierta idea de lo que es la estética, ya que con Freud se definía, claramente, la morfología del inconciente.
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Para Ránciere, como se ha corroborado en varios de sus libros anteriores como La política de la estética, El futuro de la imagen, Disensos, o El Maestro ignorante; la idea de la estética merece una reconceptualización de índole universal en la experiencia. La estética, como la ha venido estudiando el filósofo francés, menos que una impresión de orden secundario, es una forma del saber y del pensamiento independiente, aunque no aislada, de los sentidos y del proceso cognitivo (el fictum de Guillermo de Ockham). Articulado por el Romanticismo que va de Schiller a Schlegel, de Baumgarten y a Kant, lo estético, paradójicamente se relaciona con el inconciente paralelamente, pues forma un pensamiento que no se piensa en si mismo, sino que desarrolla el propio campo de lo que llamamos arte [3]. De ahí que la estética y el inconciente se asimilen el uno al otro, ya que la posibilidad de la estética presupone cierta ignorancia. Esta "ignorancia", que advierte y eleva a nivel de concepto Ránciere, en otro de sus textos, es una forma de la imaginación para crear su campo de lucha. Esto puede ser leído como una relectura de la tipología kantiana sobre el juicio de la facultad: para Kant la estética supera lo sensible bajo la condición que se encuentre en el nivel de la significación; en cambio, para Ranciere, hay un termino – la "distribución sensible" – que sirve de mediación entre las partes, sin ser, en si misma, una parte [4]. La estética en el inconciente opera de dicha forma: como una parte invisible, valga la redundancia, inconciente, que ordena la forma en que se analiza la subjetividad freudiana.
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La función estética del inconciente sale a flote en los personajes que Freud introdujo como alegorías de los síntomas que él estudiaba. Edipo, los cuentos de Hoffmann, "La Gradiva" de Jansen, las tramas oblicuos de Ibsen, o el Moisés de Miguel Ángel, comparten más allá de ser obras de arte, el hecho de pertenecer a una tradición estética de lo que Ránciere llama de la "falla" o incompleto. Las faltas, o la "ignorancia" que ya se había estudiado en El Maestro Ignorante – reaparecen como huella productiva en una obra de arte que, además de universalizar el método, garantiza la organización de un saber. El Edipo de Sófocles, por traer a colación una de estas obras, es universal solo con el pretexto que, históricamente, hay una falla estructural en el personaje central que abre la trama.
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De ahí las interpretaciones y reescrituras de Corneille, y posteriormente las de Voltaire. No olvidado las modernas que van desde Edipo y la esfinge de Hugo von Hofmannsthal hasta La maquina infernal (1930) de Jean Cocteau. Esta auto-ignorancia de la estética, le permite al psicoanálisis, según Ránciere, adueñarse de un motor universal para explicar aquello que permanece invisible en el sujeto. Se superponen de esta forma, dos tipos de inconcientes que ahora entran en conflicto: la de la estética, y la que organiza conceptualmente el psicoanálisis para forjar su ontología.
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Ránciere nos recuerda, por consiguiente, el enorme influjo que tuvo en Freud, las teorías del conocedor de arte italiano Giovanni Morelli en sus interpretaciones sobre el subconsciente, la teoría del síntoma y el tótem, y que llega hasta la concepción del objet petit a de Lacan en su lectura del deseo y el Imaginario-Real. El historiador y galerista Morelli inventó un método semi-detectivesco de poder distinguir, en las obras de arte, las verdaderas de las falsas. En vez de asimilar los estilos espaciales, la grafía de las firmas, y la iconografía de los artistas; Morelli sugirió un método mucho mas eficaz que consistía en entrever lo menor – la forma de los dedos, las pestañas, los pliegues de la ropa, los lóbulos de las orejas – como los detalles que conforman el signo total de una estética o estilo personal. De la misma forma, Freud quien había leído a Morelli en las primeras décadas del siglo XX, encontró en los detalles más mínimos del inconciente, la llave para abrir la puerta de la conciencia o la "autoria" del sujeto. Eras esos pequeños detalles, entonces, aquellos que irradiaban luz sobre el carácter total de un individuo y que habilitaban la lectura simbólica de otros planos subalternos.
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Como atestigua el Surrealismo o la escritura automática, el psicoanálisis vio al arte y a los artistas como compañeros y aliados en la búsqueda de ese orden invisible, o inconciente de la condición humana. Según Freud, los artistas, al igual que el psicoanalista, poseen la potencia de atravesar la superficie y encontrar los restos que actúan de base en la realidad. Hay algo, sin embargo, que distancian a los poetas del psicoanálisis, y esto responde a la habilidad de los primeros de escapar de lo inconciente, y de alguna forma de neutralizar (o naturalizar, es decir, volver a legibilidad falsa) el proceso creador como de certeza real. El psicoanálisis, apunta Ránciere, tampoco se molestó en entender el arte como tal, sino en hacer del arte, para utilizar un concepto derridiano, un suplemento o categoría del psicoanálisis, y no como un orden que hace pensar la ignorancia, o que abre la cesura epistémico entre ignorar y saber, entre ver y ocultar, entre la misma conciencia y los ultramundos del inconciente.
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El Inconciente estético puede leerse, como hemos trazado hasta el momento, como un diagrama donde el psicoanálisis y el arte se superponen con el atisbo de la disciplina freudiana y del psicoanálisis. Otra forma, y no menos productiva de lectura de la breve conferencia de Ránciere es verla como una respuesta a los críticos e historiadores del arte que hoy, indiscriminadamente, no se cansan de aplicar la teoría del psicoanálisis a la superficie y a las tramas de las obra de arte. Con la publicación de Jenseits des Lustprinzips en 1920, se suele opacar las lecturas que el mismo Freud hizo con respecto al arte como orden estético. Es así que objetivadamente, no se debe leer los argumentos de Ránciere como un intento de falsificar las teorías de Freud con relación a lo estético, sino como una vuelta a la propia intención hermenéutica de Freud en los años posteriores al Principio del placer. Como conferencia, el libro suele dejar muchas huellas, y más que resolver un problema o la temática de una cuestión filosófica, siembra preguntas para un futuro estudio aun no llevado a cabo. ¿De que forma el campo de lo estético no circunnavega también como orden de lo sensible en si mismo? ¿Cómo se puede trazar una genealogía entre historias de las ideas del psicoanálisis y las prácticas estéticas modernas?
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Entre la solapa historicista y el tono especulativo de la filosofía hegeliana, Ránciere ha puesto una serie de preguntas que, al igual que diría Foucault, nos cautivan y nos silencian. Solo ahora ha llegado el momento de lo que los psicoanalistas respondan.
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Notas:
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1. En Critique of Judgment, Kant sugería que la estética, algo que retoma Ránciere, se leyera como una forma suficiente del pensamiento especulativo: "Among the ancients the division of cognition into aisthētá kai noētá [sensed or thought] was quite famous. The other alternative would be for the new aesthetic[s] to share the name with speculative philosophy. We would then take the name partly in its transcendental meaning and partly in the psychological meaning". Pgs, nota 21.

2. Ránciere, Jacques. The Aesthetic Unconcious. Polity 2009. pgs. 2-3

3. Ibíd., pgs. 6-10. Para una definición de lo que Ránciere llama lo "estético" puede verse Politics of Aesthetics: the distribution of the sensible (Continuum, 2006). Es curioso notar que, en su definición de la estética, Ránciere parte del Romanticismo aunque eclipsando precisamente, a Hegel, uno de los filósofos más significativos de la estética del Romanticismo.

4. Ránciere, Jacques. "The Aesthetic dimension: Aesthetics, Politics, and Knowledge". Pgs. 1-5 Critical Inquiry 36 (Otoño del 2009).
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Gerardo Munoz
Septiembre del 2010
Gainesville, FL.

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