Thursday, September 9, 2010

A favor del fuego


No estoy a favor de la quema de libros, pero si del uso del fuego como enfrentamiento que define y sitúa el enemigo. Es decir, el acto del fuego (pyr), como ya lo veían los griegos, crea una división agónica en la batalla de representar, simbólicamente, el mundo con nuestros mitos.

Su nombre es Terry Jones, y es pastor de una iglesia protestante en el pueblo de Gainesville. Su misión, como ha reiterado en varios medios y en su propio sitio web, es hacer una quema de libros en Septiembre 11, con el propósito de injuriar aquellos que atentaron contra los valores más sagrados de la tradición norteamericana. Jones desmarca su argumento desde un matiz hegeliano: los musulmanes, a través del acto terrorista concreto del 9/11, cargan la culpa universal (necesaria) desde sus escrituras sagradas. Es decir, para Jones, la contingencia del acontecimiento de hace nueve años, mitiga la hermenéutica del Corán como libro religioso y pasa a ser libro de guerra. De ahí que quiera montar una opereta clásica del Cristianismo: una quema del libro sagrado musulmán.

La figura del musulmán ocupa – tanto para Jones y los neo-conservadores, o los Sionistas – al igual que el judío de la primera mitad del siglo XX, el lugar del intruso que irrumpe el balance "imaginario" de una patria. Si el musulmán es un espectro, esto significa que la ruptura en Estados Unidos ya ha acontecido. Solo queda, a través de los mecanismos homogéneos de la tradición, imputar a un sujeto exterior, o una otredad cualquiera.

Dentro de esta lógica, es quizá imposible defender a Jones desde un margen moral o historicista. Mucho menos hoy, cuando los multiculturalistas defienden, a capa y espada, la ideología de la tolerancia, el respeto al otro, y de alguna forma la convivencia entre la multiplicidad ("molecular", les llamaba Félix Guattari) de identidades globalizadas o sujetos migrantes. ¿Cómo ir en contra de las atrocidades que cometieron los cristianos contra los textos árabes, la destrucción de la biblioteca de Aristóteles, o los mismos códices que Diego de Landa envío a las llamas, presuntos de cifrar las palabras del diablo? Después de una quema de libros, al decir Heine, venia el cuerpo. Y detrás del acto de fulminar la palabra, temía Heine, podía llegar, como en efecto sucedió en la Alemania del Nazismo, la carbonización del cuerpo.

Hoy, sin embargo, ya no tenemos cuerpo, pues éste ha sido entregado como dádiva a los mecanismos del poder. Solo así podemos hablar de libros y de la ideología, de las guerras de las imágenes, y de destrucción de los ídolos, una práctica que hoy vuelve a renacer dentro de un iconoclasmo mediático. Y es este gesto, modernista y militante, el que debemos rescatar de Terry Jones.

Al prender un Corán o una Biblia en llamas, Jones nos remite, involuntariamente, a un antagonismo real que no invoca a paliativos de los discursos del respeto y de la convivencia. La fogata de Jones es un acontecimiento que inevitablemente define con claridad en qué posición se encuentra el sujeto con respecto a lo político en esta guerra civil que nos encontramos. Con más habilidad que la Izquierda, la Derecha ha sabido declarar explícitamente que vivimos en una guerra, y que ha llegado la hora de tomar partida. Algo no muy distinto enunciaba Bertolt Brecht en uno de sus poemas en defensas a una quema de libros:

"Pero el mejor de los escritores, buscando entre la pila de libros, se sorprendió que su ejemplar no fue elegido para la quema. Con una inmensa ira le escribió a aquellos del poder, diciéndole: Quémenme a mi! – escribió de un fogonazo. No siempre mis libros han dicho la Verdad?". ("La Quema de los Libros").

Para Brecht la quema de libros por parte del enemigo significaba, con precisión, una distinción y un reconocimiento radical entre "ustedes" y "nosotros". La quema legitima, en su acto de destrucción, mientras riega las huellas para la posibilidad de insurrección. En el presente, todo tiende a preservación y a la continuidad de la banalidad como espectro de libertad " a la información". La destrucción, por otra parte, crea el acontecimiento de nuevas posibilidades, y de continuar la historia desde la pérdida; ya que aquello que permanece en ruinas regresa como residuo de la cultura. Jones de esta forma le hace un favor al Islam: lo reintroduce, en su gesto aniquilador, a la tradición de la nación que busca repetidamente borrarlo de su historia.

Pensemos en el film Fahrenheit 451 de Truffaut. Allí, el acto de la quema y la censura, es lo que hace posible el estado de enfrentamiento, el lugar en donde la lectura radical y plural es posible (los libros prohibidos). Dicha implosión nos aseguran que la resistencia ahora es inminente. La acción de Pastor Jones abre la posibilidad de reconocer, a la manera de Mao Zedong, el abismo político que nos separa de los enemigos. En efecto, ha hecho posibile lo que nos separa de "él".
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No es que el ardimiento marque la guerra, sino que la vuelve más transparente, es decir, articula la imposibilidad de armonía, y el antagonismo como estructura de lo político. El fuego, solo en este sentido, es redimible: como ignición de un mundo, en cual hasta el derecho de destrucción nos ha sido vedado.
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Gerardo Munoz
Septiembre 9, 2010
Gainesville, FL.
*Imagen: fotograma de "Farenheit 451" (1966) de Francois Truffaut

3 comments:

juan felipe hernandez said...

El mio, cuales son los "valores más sagrados de la tradición norteamericana"?
El world trade center? Sinsusto.

Y dirigiendome a tu antepenultimo parrafo: de la misma manera te has podido dar cuenta de lo que sucede en Alemania vis-a-vis, la juderia Alemana y su destruccion,
donde el espacio simbolico de perdida, de ruina,
y de lo que fue, una vacuidad, sigue teniendo un lastre impresionante,y se proyecta que se siga comercializando,
recordando, memorizando y rememorizando, para alimentar esta empresa cultural que ahora apelan
"shoa business". La victima vuelve. En su afan por borrar de la manera mas radical al otro, o la representacion del otro,
este igual que el musulman, como un espectro derridiano
(disculpame la licencia) inevitablemente se conjura para acechar al espiritu de las siguiente decadas.
Berlin, con sus innumerables "memorials" y monumentos es cada vez mas, visualmente hablando por lo menos, judia".

Saludo

Gerardo Muñoz said...

"los valores sagrados" es algo, estoy de acuerdo, totalmente apocrifo y excluyente. Estoy de acuerdo con algunos historiadores - pienso en Daniel O'Neill, A. Kramnik, el mismo Rafael Rojas - que ha visto la pluralidad de la tradiccion liberal norteamericana. De modo que hablar de "valores" es excluir otros "valores". Hablamos de Salem y de los vituperios de los puritanos, pero ignoramos a figuras como Williams, y mucho mas tarde a Emerson, o el mismo Jefferson. Hay una tradiccion quiza que gano (la federalista) sobre otra.

Lo segundo tiene que ver con ese "fetishismo de la memoria" que hablaba Alan Pauls hace poco. En efecto, la traza puede regresar de todos formas: como componente historico cultural (R. Williams), o como parte del mercado. En Berlin, lo segundo es muy visible. Para no hablar de America con los estudios judaicos que, dicho sea de paso, ahora ya tu eres parte de esta maquinaria. Lo importane es que en cada acto de destruccion (en cada acontemiente Real), siempre hay un sintoma que regresa. Su nombre es el fantasma.

G

Gerardo Muñoz said...

La memoria queda cifrada en el residuo cultural tangible. Espacial - diria Kligermann. (Para acercanos un poco mas a traves de los estudios de la memoria...).