Tuesday, September 21, 2010

La neo-cultura de la guerra


Del atentado contra las Torres Gemelas en 2001 al final de la Guerra en Irak algo sucede: entramos en la zona de la guerra civil por otros medios. Lo sabíamos ya desde que la democracia comenzaba a operar como "suplemento" del verdadero objetivo, concreto, y senil de la dominación a escala total. Agotado en la crisis simbólica del semblante (todo lo que representa Wall-Street y las operaciones del capitalismo global), ahora vemos una posibilidad política que comienza con el destello de un desmantelamiento bélico en el mismo momento en que el discurso oficial intenta decirnos que la "guerra ha terminado". Según Hardt y Negri, la dialéctica entre guerra y paz hoy en día pasa por una antinomia de cualidad operativa: mientras que la paz tradicionalmente se ha entendido como la ausencia de guerra; el mismo procedimiento de "llevar a cabo" la paz en el mundo de hoy, significa perpetuar la guerra (multifacética e infinita) contra la epidermis bio-política de la globalización [1]. Ya no se trata de dibujar teóricamente la "inminente instancia" de la guerra, tal y como la veneraban los Futuristas Italianos a comienzos del siglo pasado, sino una guerra arrastrada por el silencio, la normatividad de los consenso, y los medios masivos. La guerra no viene, sino que se encuentra matizada en todos los espacios.
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Más que cifras de muertos (los contados, o "los caídos"), la guerra produce una epistemología de la resignación política: intuimos que la base tecnológica impide las muertes colaterales, aunque por supuesto, desde el otro lado lo que "cuenta" como vida se establece en las categorías fuera de la ley (infiel, terrorista, ilegal). Hablamos de una guerra para y contra la subjetividad misma.
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Un mundo fracturado en millares de trizas: la guerra ahora es contra yo mismo [2]. Mientras que su correlato estético no es mas que el agregado del "píxel". De la misma forma que una pantalla está integrada de partículas que conforman la imagen de la totalidad y sus detalles, la globalización cuenta con el control total que puede minimizar el cuerpo y a las subjetividades que no llegan a cumplir los requisitos de la norma. Este mecanismo de "excepcionalismo político" no debe reducirse a nuestro presente mas inmediato, sino a su infinito devenir. Ya en la década posterior a la caída del Muro de Berlín, Gilles Deleuze escribía, en quizá uno de sus últimos textos, que la "sociedad disciplinaria" estaba superada por una de un "control" mucho mas disperso, de aparente libertad, donde los controles copaban con la potencia de durar infinitamente, y por encima de los espacios de resistencia [3]. Por lo tanto, la guerra no es más que el procedimiento de este control que impide que la multiplicidad (S+1) se derrame hacia el afuera del montaje virtual.
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Su nombre es Marc Bijl y es integrante del grupo de rock holandés Götterdämmerung. Quizá esto explique parcialmente el 'brutalismo' formal bajo el cual cada obra esta construida. La violencia que emanan cada una de sus obras no operan solamente a nivel de significación – como en Bansky donde se reapropia el icono para deslizar una crítica – ni tampoco en simulación de un evento real, sino en una combinación de un discurso que desmantela la función ideológica actual (Paz, Multiculturalismo, Capitalismo, Sociedad de Consumo, Libertad o Bienestar, Seguridad) desde modelos culturales de la apropiación y resemantizacion de la totalidad estructurante. Para Bijl, el símbolo de la "Paz" es otra cosa. De la misma forma que una silla eléctrica, o bien un graffiti denuncian la violencia policial contra la vida. Para Bijl, el arte publica el ejercicio de tal forma que nos depara el significado (oculto) que ha quedado vetado en la super-producción de la imagen visual de nuestro contorno social.

El arte aquí queda reducido al movimiento político de fracturar un discurso político factual en su componente ideológico: la guerra es paz. O tememos otro: en una de sus obras, realizada en espacios públicos de su ciudad, el artista ha contratado a dos sujetos que, ahora vestidos de paramilitares uniformados y armados con rifles, inspeccionan al azar a cualquier sujeto que parezca sospecho o que atente contra la fundación de "la paz". Algo similar recordamos si pensamos en el experimento de Félix Guattari, quien imaginaba la libertad controlada con un chip-magnético en el cuerpo, hasta que un día esta libertad se acababa y el chip, una vez portador de nuestra libertad, se convierte en la suspensión de la misma.
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Los discursos bélicos de Bijl no irradian reflexión alguna sobre la utopía, la posibilidad de un futuro alterno, la comunidad, el mismo gesto emancipador de las tribus urbanas en relación al rock y la radicalidad estética con la política. De hecho, su obra pasa a ser leída como otro buque más del arsenal guerrerista de la semiótica contemporánea. La obra de Bijl, entonces, tiende a sostener a un presente que es representado en el momento de su misma desaparición. El arte, en cambio, busca igualmente esa evaporación de una guerra en si misma o la implosión del espacio vacante de su imagen.

La escritora argentina Pola Oloixarac ha dicho que la guerra es tan común en la superficie de la cultura contemporánea que casi no nos demos cuenta de su activismo. Bijl produce una operación sintética con el ars belis: el arte mismo está en guerra contra su propia ineptitud. La obra del artista es el agotamiento de esta esfera. De modo que, cuando ya se llegó a la sublimación de la erupción total de la imagen, lo único restante es adoptar medidas autorreflexiva, agotadoras. Des-representar en el arte la intrusión del mundo. Esta inoperancia del arte es sintomática de una vida llevada a los excesos: una vida que, además, por momentos suele desaparecer.
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Notas:
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1. Hardt, Michael & Negri, Toni. Multitude:
War and Democracy in the Age of Empire. Penguin Group, 2005.

2. Es curioso que, en su último texto publicado antes de morir, el crítico español José Luis Brea, se lo dedique, partiendo de Nietzsche, a lo que el llama "la venganza del espejo", o el efecto mineral. Aquí la crítica aparece retorcida en si misma, es decir, en la imposibilidad de un deseo al ser dicho. Ver "Mineralidad absoluta (el cristal se venga)" de Septiembre 4, 2010.
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3. Deleuze, Gilles. "Postscript on the societies of control". October No.59, 1992.
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Gerardo Munoz
Septiembre 20, 2010
Gainesville, FL.

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