Thursday, October 7, 2010

El escritor y los hipopótamos


Del Premio Nobel otorgado hoy jueves, Octubre 7, a Mario Vargas Llosa a mis primeras lecturas de su obra, nos separan unos cuatros años de espera. Fueron precisamente cuatro años atrás, al ingresar en mis estudios de pre-grado en la Universidad, cuando empecé a leer – motivado por el descubrimiento total de la literatura del "Boom" y las literaturas de Hispanoamérica – la obra de Mario Vargas Llosa. Por aquellos años, las novelas La Tía Julia y el escribidor, La casa verde, El Paraíso en la otra esquina; y los ensayos reunidos en La verdad de las mentiras, La orgia perpetua (sobre Madame Bovary de Flaubert), y Carta de batalla por Tirant lo Blanc; formaron parte de un lectura incansable, la cual abrió caminos hacia otras literaturas y autores que rápidamente se aproximaron mucho más a mis preocupaciones intelectuales. En cada de estos libros podemos confirmar la pasión de la escritura de Vargas Llosa: reproducir la realidad con una fuerza entrañable a través del método de la representación (mimesis) – y no su destrucción - pues solo desde el realismo se puede esfumar la realidad para hacer vivir el texto.

Cuatro años desde mis lecturas de Vargas Llosa no son muchos. Varios años también desde aquel momento en que le dije a un amigo mientras caminábamos en el campus de la Universidad de la Florida, que Mario Vargas Llosa merecía obtener aquel premio tan lejano y siniestro para los 'escribidores' del Continente Latinoamericano. Recientemente, en una Feria del Libro de Estado Unidos, el escritor ya me era ajeno, y apenas podía reconocerlo fuera de mi intimidad literaria. Vargas Llosa más que un escritor de culto, es una efigie de la tradición, y menos que una escritura del placer, es una escuela de cómo escribir y leer lo que ha sido la "Literatura" (Cervantes, Balzac, Flaubert, Hugo) desde su vértice más ortodoxa. El amor de Vargas Llosa por el realismo es un don encomiable en nuestra contemporaneidad, sobre todo para aquellos que buscan en la literatura la imposibilidad de la escritura, de la narración, en fin, al decir de Genette, de la "literaturidad" lúdica y posmoderna.

Ningún premio tan ilusorio como el "Nobel", y ninguno con tanta fuerza para sacralizar un autor, o el nombre que unifica un cierto tipo de escritura bajo una norma establecida. El Nobel, más que ningún otro premio literario se vuelve una aporía en el momento en que se obtiene. Quizá por ello comparte esa estructura del deseo, y la misma relación amorosa que se tiene con una dama que soñamos poseer. De modo que el "Nobel" repercuta hoy en día en la imaginación publica, en los costales del mercado literario, y en las fronteras de lo leído y traducido en esta esfera global de la "Weltltierature".

¿De que forma se leerá, entonces, a un escritor peruano (a ese "nombre" que opera bajo el signo de la "democracia" y lo "latinoamericanista") como Mario Vargas Llosa? ¿Puede un premio consolidar, a la misma vez destruir, la intimidad de un lectura compartida entre cierta comunidad de escritores anónimos?

Hay dos razones, sin embargo, que no hay que dejar de celebrar en esta particularidad del Premio Nobel del 2010. La primera la encontraríamos en la operación normativa (de mercado) de haber seleccionado un escritor que no necesita reconocimiento simbólico con el premio, ya que su nombre remite a cientos registros premeditados de opiniones, imágenes, libros, y realidades políticas. Mario Vargas Llosa es, para bien o para mal, el embajador alegórico de América Latina. Es en este autor, y no en otro, donde se acaparan las contradicciones, los defectos, los desencantos, y las apatías de todo un continente.

Como hemos visto durante los últimos años, la Academia Sueca ha preferido un mecanismo que busca premiar a aquellos escritores pocos conocidos (Pamuk, Le Clézio, Jelinek) que, a causa del prestigioso galardón, comenzaban a traducirse y a circular en buena parte de Estados Unidos y en la industrial cultural de las editoriales trans-nacionales. De modo que la Academia ha funcionado, al menos en los últimos años, como canal de difusión de aquello que Deleuze y Guattari llamaron una "literatura menor". Lo que resulta curioso de la decisión 2010, es el trueque entre dos formas de entender la literatura en relación a su difusión masiva. La segunda razón pasa por la tradición política de esta institución. Como es sabido, ésta tiende a favorecer la persistencia de la Izquierda por encima de talento literario, de ahí la gran ausencia de escritores como T.S.Eliot o Ezra Pound, José Lezama Lima o Paúl Valery. Era imposible hasta el momento que un escritor neoliberal – además de famoso – hubiese sido ganador del Premio. Esto no demuestra una derrota de la Izquierda en la esfera cultural, sino un endurecimiento de las institucionales tradicionales.

Hay que recordar que, cuando Juan Ramón Jiménez obtuvo su Nobel, Borges le comentó a Bioy-Casares que los jurados de aquel comité harían mejor trabajo lanzando granadas que otorgando premios. Que hoy gane Vargas Llosa significa que por fin los directores de la Academia han sabido substituir su deseo de cambiar el mundo, por la pasión de la literatura y las palabras que, en definitiva, es lo que se enuncia bajo el rótulo de "literatura".

Pese a sus recientes declaraciones políticas (defensa extrema del Neo-Liberalismo, parcialidad en el conflicto de Israel-Palestino, alianza unilateral con las políticas de Estados Unidos), la literatura de Mario Vargas Llosa posee una densidad inmanente, lo cual no dice mucho sobre su autor, sino sobre el poder de la literatura cuya esencia moderna, si se quiere, se establece en los principios de la emancipación, la libertad, y la ruptura con las fuerzas dominantes. La literatura, en este caso, habla por si misma sin la intromisión necesaria de su autor. En la forma literaria de Vargas Llosa encontramos estos surcos de una escritura cuya utopía se construye bajo los parámetros de una totalidad realista, o sea, de una imaginación que hoy los escritores contemporáneos han menoscabado sin realmente ofrecer una alternativa contundente.

La forma literaria de Vargas-Llosa es hipopotemica.

Hay varias fotos en las que alcanzamos a ver al escritor, en su escritorio, acompañado de su colección de hipopótamos en miniaturas. Según el escritor – quien también le ha dedicado una obra de teatro, Kathy y el hipopótamo – estos animalitos salvajes son los más hermosos del mundo: comen libélulas, y se pasan todo el día deseando hacer el amor con sus parejas. Los hipopótamos esconden una paradoja categórica: a la vez que son los más violentos del planeta, sus cuerpos son débiles, precarios, o como en el poema homónimo de T.S Eliot, vulnerables a los aconteceres de la intemperie.

Frente a la escritura de Vargas Llosa todos somos hipopótamos. Lectores que aceptamos y hasta encontramos la sensacion de la plenitud del amor. Quizá nos ilumina la figura de este animal entre la discordia amor / guerra. Amar con vehemencia la literatura, la palabra, la persistencia de la historia frente a la realidad que hemos vivido; mientras despreciamos la existencia de un discurso ficticio, un velo que en su gesto de exponer la "realidad" termina por ignorarla y esconderla bajo su caparazón.
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Gerardo Muñoz
Octubre 7, 2010
Gainesville, FL.

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