Wednesday, October 13, 2010

Inserciones de lo profano


Tomamos por hecho que la cultura del espectáculo en la cual aun vivimos se auto-representa en su estado de profanación total o en la infinitud de simulacros que se escapan del significado de la representación. Desde la representaciones de las guerras (pensamos en la del Golfo que llevo a Baudrillard a decir que tal cosa no había ocurrido) a los reality-shows pasamos por el umbral donde las formas de vidas se han llevado a su estado de precariedad, o la extensión regida por un mecanismo de representación donde el espectador ya no tiene espacio de reflexión.
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Algo similar temía Walter Benjamin cuando, en su importante ensayo sobre la reproducibilidad mecánica, alertaba que la repetición de la imagen cinematográfica podía neutralizar la experiencia con relación a lo catastrófico. Los mismos futuristas veían en el concepto bélico un desplazamiento estético, y la invasión como un hecho de la estatización de la vida a través de una violencia automatizada. Tras el paso a lo "Real", solo se pueden poblar los espacio de vacuas representaciones que, al mostrarlo todo, termina en el sacrilegio. De ahí que hoy en día, creamos que la Guerra en Irak ha terminado o que el atentado de las Torres Gemelas forma parte de un evento singular, y no de un trauma que se constituye diariamente bajo el signo omnipresente de la globalización capitalista.
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En la cultura donde todo se ha expuesto y cada centímetro de la tierra ha sido reducido a la cartografía digital de Google-Earth, lo único que encontramos ausente es el gesto de la profanación. Si entendemos lo "profano" como la desarticulación de un objeto de la esfera de lo sagrado hacia el reino de lo mundano, entonces hoy la "sociedad del goce", como las ha tildado el crítico Todd McGowan, han quedado reducidas a la esfera de una liturgia total hacia el fetichismo de las mercancías. Como lo ha visto Giorgio Agamben, ya Walter Benjamin en su ensayo "Capitalismo como religión" comprobaba que el capitalismo constituye no una transición hacia la securalizacion como proceso de la inmadurez dogmática del hombre, al decir de Kant, sino una continuación de la religión basada en si misma [1]. A diferencia del Cristianismo, remata Benjamin, en el capitalismo la dialéctica del schuld se auto-representa, y de esta manera se concibe como el único momento en la historia donde la religión no apuesta a curar la culpa ni el peso de la deuda, sino a fomentar precisamente el nudo vicario entre ambos extremos. En un sistema social donde, en efecto, todo ha sido reducido al mercado y la comidificación de la forma de vida, la separación entre estas dos esferas (la religiosa y la humana) han quedado completamente indistinguibles.
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Es así que se profana contra un discurso que embalsa una cultura repleta de objetos de cultos contra si misma. Se profana también contra lo que se representa en el mundo "heroico" de la contemporaneidad, es decir, la manufactura del logotipo, y la santificación total del espacio mediático, cuya función a través de los medios de comunicación ha suplantado las creencias y mitologías de la fe pre-moderna.
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El arte ha sido uno de los pocos recintos donde la profanación ha surgido como modo de criticalidad para enfrentar una realidad que le es ajena. En la reciente exhibición organizada por Glexis Novoa, Profane Expressions, en la galería David Castillo es explora la táctica de la profanación desde la discursividad como meta-lenguaje del arte. Ya de por si un imposible (el mismo Barthes preguntaba en los 60s, si podía el arte tener un sistema lingüístico), la obra se inscribe en la tradición del arte conceptual que va desde Marcel Duchamp, Joseph Kosuth y On Kawara, hasta las piezas de Cindy Sherman y las mismas caricaturas en los "cubos blancos" de Dan Perjovschi. Si la sociedad posmoderna, como concluyen críticos como Guy Debord y Jean Baudrillard, se asienta en la multiplicación de la imagen, la operación de los signos en estas obras cumplen la función de la mediación total: hacer desaparecer la imagen a través del arbitraje total del lenguaje en un movimiento que reconstruye los vacíos de significado que hoy apuestan a la conquista de los afectos del consumo [2].
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La radicalidad de la concepción profana en este conjunto de expresiones no radica en el insulto, ni mucho menos en diatribas, a la manera de los acosos vanguardistas, contra el espectador. El procedimiento de las obras de Sandra Ceballos y Hamlet Labastida introducen el texto no como "suplemento" al objeto artístico, sino como una forma propia de la obra en su totalidad topológica, es decir, como un movimiento entre esferas de lo político y lo estético. En Ceballos nos encontramos con dibujos que rezan con un estilo naif de la imaginación infantil, a la vez que nos muestran el cuerpo desnudo, o sea una precariedad de la vida humana que, no solo el poder político en Cuba, sino el proceso global ha dominado en la política [3]. Los cuerpos de Ceballos se vuelven mapas por donde inscribir y situar los recorridos fugaces de un poder que (re)produce la intangibilidad del deseo. Por su parte, Lavastida toma fragmentos de discursos políticos y muestra el vacío del signficante y la persistencia de su hostilidad sobre los espectadores.
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Tropaje de Ideas (2009) es el nombre de la obra y consiste en la fragmentación, no poco alegórica, de 59 pancartas de un discurso político, cuyo sentido es solo legible desde la negatividad del espacio. Algo similar intenta impulsar la obra de Ernesto Leal, donde textos críticos de su obra son expuestos a lo abierto en busca de un cuestionamiento interno de la crítica como mecanismo discursivo de la legitimidad simbólica en los circuitos del arte contemporáneo.
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En una serie de prendas de vestir (un traje marinero, un chaleco de piel, o una blusa japonesa) marcadas con varios mensajes que inestabilizan los esencialismos de géneros, Romagoza reapropia mercancías urbanas en un contexto de linguistificacion contradictoria. La obra de Yali Romagoza, más cerca de los discursos de la otredad y de los registros de artitas como Zoe Leonard o Yinka Shanibore, lo textil opera como rastros de una identidad trastocada por los desplazamientos y los discursos hegemónicos, que juega alrededor de la construcción de nuevas subjetividades que se oponen al "sistema fashion".
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En todos los artistas presentes en la muestra curatorial Profane Expressions, comprobamos ese afán de profanar desde el desarreglo y la reapropiación de una esfera de nuestra cultura que invadir el espacio artístico. De modo que la profanación no solo ocurre en las singularidades de estas piezas, sino en el gesto de presentar un arte cubano que va más allá de las identidades y las sustancias que la mayoría de las veces promueven una discursividad cubana desde el poder. Cuba, si acaso presente, ha quedado de fondo, no como ícono del imaginario factual, pues se ha profanado contra la unidad nacional que representa esa enunciación como lugar incómodo del mercado oficial [4]. Profanar, entonces, es también un intento tomar la posición del desplazamiento, o sea de poder capturar un gesto en el vacío de su representación.
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Notas:

1. Agamben, Giorgio. "Elogio a la profanación". Profanaciones. Adriana Hidalgo, 2005.
2. Fernández Porta, Eloy. Eros: la superproducción de los afectos. Anagrama, 2010.
3. Foster, Hal. "Precarious". Art Forum, Diciembre del 2009.
4. Novoa, Glexis. "Non-trendy Cuban Art" (Presentación de la exposición en la David Castillo Gallery, 2010).
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Gerardo Munoz
Octubre 12, 2010
Gainesville, FL.

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