Wednesday, October 6, 2010

Juan José Saer y el régimen de la estética


Resulta a primera vista insólito que los filósofos y críticos literarios franceses de la segunda mitad del siglo XX (Foucault, Derrida, Barthes, o Ranciére, por solo citar cuatro nombres) llegaran a preguntarse sobre “esencias” como la “literaria” o la "literatura". Si bien todos ellos abandonan en su trabajo el pensamiento gregario onto-esencialista, estos perpetuaron, aunque por otros medios, la cuestión “ontológica” con el fin de des-naturalizar y comprobar la artificialidad de los conceptos que, desde la Modernidad, el saber ha utilizado para catalogar, distinguir, y excluir diferentes tipos de categorías en el campo de la humanística y los estudios sociales.
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En su ensayo tardío ¿Que es un autor? Michel Foucault se pregunta sobre una categoría que asume su artificio: un autor no es más que una reducción jurídica-legal, la cual instituciones del derecho de autor tuvieron que construir para poder contralar la producción entre discurso, autoridad, y legalismo (original y la copia), precisamente en el momento en el cual nacía la imprenta, la reproductibilidad de los textos, y la democratización del lector. Según nos sugiere Foucault – antes Roland Barthes en su respuesta a la pregunta ontológica de la “literatura” en relación al compromiso político – la escritura moderna es una forma de existir dentro de un programa de control político-cultural, a la vez que intenta producir – y va quedando restringida a – su obra desde el espacio de su desaparición, es decir, a través del desmonte o el proceso de la creación estética.

La vuelta a la estética de Jacques Ranciére intenta historizar el momento en que nace este paradigma que autodenomina “el régimen estético” en libros como La palabra muda, El Maestro ignorante, o La política de la estética. Ranciére distingue, en efecto, entre dos tipos de literaturas que debemos delinear antes de anunciar que es la “literatura”. Tomando como eje axiológico de comparación lo que Voltaire entendió como “literatura” y lo que Maurice Blanchot, siglos después, pensó desde el afuera el proceso de literario; Ranciére determina que la transición hacia una escritura de expresión, formalista, y conciente de si misma surge con el programa romántico planteado por Schiller en la Educación estética de hombre. Es allí, según Ranciére, donde la literatura no se postula o se produce como tal, sino donde se formulan las bases para determinar que es y sobre todo ‘cómo’ se puede establecer una obra en el régimen estético o “literaria”:

Pertenece a la literatura en resumen, no como obra de tragedia sino como tragedia clásica, según un estatuto retrospectivo que la época romántica invento para ella al inventar una “idea” nueva de la literatura…La autentica potencia de la literatura, esa potencia opuesta a las ingenuidades de la expresión del pensamiento de reportaje narrativo se vuelve en alienta hacia la condición de la literatura, hacia la exploración directa de los posibles del pensamiento” [1].

La dialéctica de la “literatura” entonces, como categoría en el régimen de la estética oscila entre la antinomia de la democratización total y a la vez en su autonomía hermética. Escritores del procedimiento, de la forma total: Flaubert y su búsqueda de la mot just, Mallarmé y la aspiración de captar la Idea en el vacio del Libro del Universo, o Marcel Proust como generador de la experiencia ficticia desde la fantasmagoría de la memoria; son tres pilares de la consolidación del régimen estético convertido en expresión y la potencia de si misma. La transición hacia la estética es al resurrección de la imagen (Lezama Lima dixit) después de la “muerte del arte” tal y como lo sentenciaba Hegel en sus conferencias sobre la estética como fin del Kunstreligion del Espíritu Histórico y el comienzo de un arte desacralizada [2]. Para Hegel, a diferencia de Kant, la nueva belleza podía manifestarse a través de la imaginación (sensible) humana, y no como producto substraído de lo natural. La literatura moderna, entonces es un proceso, además de una institución, vista desde críticos tan diversos como Octavio Paz en Hijos del limo hasta Theodor Adorno en Teoría Estética, es una caída cuyo campo solo puede existir limitándose a si misma como forma del saber, o sea como lugar de la negatividad, por la cual la forma consigue capturar la posibilidad y la imposibilidad de su existencia.
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Es entre esta inestabilidad deconstructiva– una differance diría Jacques Derrida – que la literatura, al menos desde la Vanguardias y el Simbolismo fin-de-sicle, busca una nueva totalidad dentro de su autonomía: expresar aquello que, en el momento del intento de la tirada de dados, habitamos esa falla estructural que posibilita el ardid de la forma. En este sentido, la “deconstrucción” derridiana la cual intenta escapar de la unidad discursiva moderna, termina reproduciendo el movimiento de su emancipación: no encontrar más nada afuera de texto, sino una substracción formal y polisémica del signo.

El régimen estético formaliza su propia destrucción, en parte, en las fugas de unir, como nos ensenaron al Vanguardia, el arte y la dimensión de la vida. La literatura busca lo opuesto, no en la acción, sino en la autodestrucción de si mismo: en el silencio, en donde el significante se esfuma tras la inscripción de la iterabilidad no-representada. De ahí que Blanchot al sugerir que el gesto de la “literatura” es dilatación ausente:

Para quien sabe entrar en ella, una obra literaria es una rica estancia de silencio, una defensa firme, y una la muralla contra esa inmensidad hablante que se dirige a nosotros alejándose de nosotros. Si toda literatura dejara de hablar, es el silencio lo que faltara en ese Tíbet originario donde los signos sagrados ya no se manifestarían en nadie, y es la falta de silencio lo que revelaría tal vez la desaparición de la palabra literaria” [3].
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Blanchot define la literatura como agregados de silencios, al igual que Lezama Lima lo definiría como “ritmos de respiración”, u Juan José Saer como proceso de “borrón incesante” contra la literatura. En este último, la literatura es una conciencia que fluye (no hacia la realidad, a la manera de Woolf o Faulkner), sino hacia si misma. Como las Galaxias de Haroldo de Campos o el programa surrealista de escritura automática, la literatura se libera mientras medita sobre una espiral de signos, donde ya no ha quedado nada, y precisamente sobre esta ausencia de “algo”, es que se construye la profanación de lapso literario. En el cuento de Saer, “A Medio Borrar”, los eventos no suceden: se dejan pasar, se encadenan en la repetición de gestos análogos a la pintura puntillistas o las perforaciones que, durante la década del cincuenta, Lucio Fontana sometía al lienzo en blanco. En el mismo cuento – no solo en la forma – Pichón habla de su amigo artista, un pintor, que trabaja sobre el blanco – un “blanco tan árido como la pared” – y que es mas real que la vida: “Parado junto al escritorio, veo, a través de la ventana, el bloque blanco, vertical, lleno de perforaciones rectangulares escurada de la municipalidad” [4].

La obra del “concepto espacial” de Lucio Fontana bien pudiera ser un símbolo, in nuce, del procedimiento literario de Juan José Saer; y no solo en cuanto a lo que se refiere a la abstracción, sino como el espejismo del acontecimiento creador. Destapar murmullos es un habla del vacio que se reconoce como tal, y que, como en el cuento de “A medio borrar”, la escritura solo puede aparecer una vez que se haya reconocido como escritura incompleta. Décadas antes Joyce quería nombrar su última obra total Working progress: una escritura sobre la escritura. Aquí el referente ha desaparecido, la realidad se transmuta a la realidad (no menos Real) del signo, y lo estrictamente “literario” es la inflexión sobre la naturaleza como desplazamiento del objeto. Esta secuencia como fuga del significante y significado - las apariciones y la ruptura espacial-temporal en Saer – nos vuelve a relación de la literatura con el deseo. En efecto, esta indeterminación y circularidad figura en el placer del texto, al decir de Roland Barthes, como una riqueza de la construcción del lenguaje. Mientras que el arte busca situar su destrucción en relación a la vida, la literatura lo busca a través de la vuelta al cuerpo, es decir, a una mística que transmute la palabra en verbo, y el orden del discurso en un cuerpo. Del silencio postulado por Blanchot a la estética de la desaparición de Saer, solo encontramos el espejo de un cuerpo consumado.
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Notas:
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1. Ranciére, Jacques. La palabra muda: ensayo sobre las contradicciones de la literatura. “Un arte escéptico” pgs.223-230. Eterna Cadencia, 2009.
2. Hegel, G.F.W. Lectures on Aesthetics. Oxford University Press, 1998.
3. Blanchot, Maurice. The Book to Come. Standford University Press, 2002.
4. Saer, Juan José. Cuentos Completos (1957-2000). “A Medio Borrar”. Seix Barral. Pg.158
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Gerardo Munoz
Octubre del 2010
Gainesville, FL.

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