Tuesday, November 16, 2010

Villa Marista en plata



Hace algunas semanas (¿o meses?) le preguntaba a un tocallo cubano si acaso sabia algo del próximo libro de Antonio José Ponte, autor de quien no teníamos noticias, salvo por el magnifico diario que dirige, desde su última novela La fiesta vigilada (Anagrama, 2007). Pienso que no seria un disparate pensar en la escritura de Ponte como últimos residuos de una escasez que comienza en el noventismo cubano y que hoy podemos presenciar en la crisis de los sistemas democráticos.
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Cierto es que la escritura de Ponte, a diferencia de otras formas contemporáneas, no se ha visto forzada a esa ansiedad, muchas veces monstruosa y desolada, de la híper-producción de una obra literaria. En lugar del exceso, tan común en nuestros dias, su obra se sitúa continuamente en el umbral del fin de un acontecimiento (en el énfasis que le otorga Alain Badiou) que bien pudiera ser la revolución cubana, el exilio, o simplemente la inhóspita soledad del nuevo siglo. De ahí que uno sienta, al leer algunas obras de Ponte como Las comidas profundas y El corazon de skitalietz (ambos recientemente reeditados por la editorial argentina Beatriz Viterbo), Un seguidor de Montaigne mira la Habana, o su magnífico ensayo sobre la pintura de Ramón Alejando, el tono de ejercicios que han superado el tiempo desde donde se han escrito. Sobrevolando los géneros (poesía, ensayo, y narrativa), el grano de la voz matiza una contemporaneidad que destina a los silencios. Desplazamiento infinito: escritura de la substracción.

Solo un escritor como Antonio J. Ponte puede darse el lujo de titular un libro Villa Marista en plata (Colibrí, 2010), el cual responde a los últimos avatares entre la tecnología, las artes visuales, los debates intelectuales, y los nuevos mecanismos del Estado Cubano. Si Agamben ha querido apostar por un análisis de la última línea de poema ("El fin del poema") como lugar donde el arte se desploma antes de llegar al final, queda por estudiar el oficio de titular las obras. El oficio como medio literario tiene, en la literatura cubana, la voz de Lorenzo García Vega como un oficio de perder. El oficio de titular, en cambio, es una forma hacer vivir (tanto en el éxito como en el fracaso) a la obra literaria. La composición de títulos literarios no solo avisa un contenido, sino que comparte con la magia y lo esotérico, el engaño de los sentidos a través de una combinación de palabras.

En Ponte, este arte llega a una conjunción que yuxtapone lo familiar con lo insólito, lo liviano con lo pesado, lo rústico con lo maleable. Para comparar los efectos solo hay que escuchar el eco que producen algunos de sus títulos: El abrigo del aire, La fiesta vigilada, El corazón de skitalietz, "Lágrimas en el congrí", o Asiento en la ruinas. O escuchemos otra vez el título de su último libro: Villa Marista en plata. Primero la alusión a una de las prisiones mas infaustas del Castrismo, seguida por el aniquilado que resuena con un ecfrasis escultórico como en las figuras aniquiladas de Jeff Koons. Aquí, como en los otros, hay un desmonte de significación de dos imágenes que se vuelven irreconciliables. Hablar de Villa Marista en plata, en este sentido, tiene el mismo efecto pontista, que ya se anunciaba con "una fiesta vigilada". Desde la grafía del título, la obra de Ponte demuestra que la creación siempre se desprende de un cordón de alta tensión, o de un abismo donde el habla recupera sus potencialidades para cancelarlas.

Tan enigmático como el título es la portada del libro que, si la observamos con detenimiento, sospechamos que se trata de un hermoso cuadro de Geandy Pavón. Un lienzo que lleva de título "Shell" y que representa el descascaramiento de una hermosa armadura guerrera, quizá aludiendo a la fugacidad del tiempo, y al pasado como reliquia del presente. De modo que Villa Marista en plata, no es un libro para rellenar espacios en la producción del escritor, sino una ficha clave, otra estela en ese umbral post-nacional cubano, donde circulan las últimas luces de nuestro presente. Aquí encontraremos debates recientes, representaciones del poder estatal llevado a la red, o comentarios sobre el teléfono móvil.

Carlos Garaicoa, Yoani Sánchez, y los blogs; pero también las Damas de Blanco y el arrastramiento de las cuatro últimas "erres" (revolución, resignación, Ricardo Alarcón, y Raúl Castro). Un libro que dice dar un lugar discursivo a la intersección - no siempre fácil de distinguir – entre el arte y la política cubana. También sospechamos, por el extracto que hemos leído recientemente, que la forma del libro no es un manual de la historia contemporánea, ni un panfleto periodístico. Como en otras obras de Ponte, los hechos solo aparecen bajo el signo de una poética personal.
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Villa Marista en plata: arte, política, nuevas tecnologías (Colibrí, 2010) se presentará en la Feria de Miami este domingo en la mañana junto al nuevo libro de Wilfredo Cancio Isla sobre la obra periodística de Alejo Carpentier. Hay varias maneras de justificar la importancia de un libro como este (cultural, política, literaria) que renueva las formas de cómo pensar la llegada andrajosa de Cuba al nuevo siglo. Yo sugiero que miremo este libro, siguiendo a Lichternberg, como una ingeniería del título. En nuestro tiempo es difícil imaginar a un escritor que supere a Antonio José Ponte en la astucia de estos avatares imaginarios .
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Gerardo Munoz
Noviembre del 2010
Gainesville, FL.

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