Thursday, November 18, 2010

La huella y violencia del archivo


El Internet no puede entenderse como un archivo en el sentido ortodoxo de este concepto. Un archivo, como lo han visto desde los historiadores de los Anales hasta Jacques Derrida, se establece a través de un movimiento entre la preservación y la pérdida, entre lo recordado y el inexorable entorno del olvido. En la era digital de Google la dialéctica entre la pérdida y el recobro, neutraliza esta función de archivo como mal destructivo por el cual se establecen sus límites.

La función de Google es precisamente la de no borrar huellas, e imponer una función total de la memoria esquizofrenia. Ahí es que Google, como search engine, no sea una invención del todo nueva, sino una traición, si se quiere, de la imaginación de la Vanguardia. Cuando Malevich escribía, hacia la década del veinte, que la solución del arte consistia en destruir y quemar todos los museos, se refería a un nuevo proceso de archivo desde la pérdida total. La destrucción significaba, ya visto por Boris Groys, un nuevo museo de cenizas donde el pasado quedaba abolido [1]. Google, en cambio, no da espacio para la ceniza, sino para la eternidad de los muertos y sus sonrisas eternas. Solo hay que pensar aquellos que mueren y cuyas representaciones risueñas aun perduran en el archivo digital. De ahí que la Internet puede ser leída como un retroceso hacia cierta economía teológica del signo, salvo que esta vez, a diferencia del Medioevo, la presencia ha quedado centuplicada por todos los espacios. A su vez, el cuerpo como reliquia fúnebre de los rituales de Occidente, ha sido reducido a la huella de la diferencia que continuamente se manifiesta bajo el signo de la repetición.

El archivo Google (pero también el archivo Wikipedia, o el archivo Facebook), son tratados ilustrativos del concepto de la diferancia que Jacques Derrida exponía con claridad a la crítica de la Metafísica [2]. Para el inventor de la gramatologia, la huella no constituía la representación de la huella, sino la repetición de su movilidad, de una existencia fugaz e iterable. La huella no es lo que el "ser", bajo el velo de la verdad o sobre el parco del camino, sino precisamente donde el ser es marcado como no presencia. Es por esto que Derrida afirma que no existe "huella" como tal, sino "huella" de huella, repetición de un movimiento que aniquila la presencia bajo la tachadura de su desplazamiento infinito. Una vez que insertamos un signo en el espacio del Internet, el proceso reconstructivo comienza a desplegarse: el copy & paste no es más que esa función por la cual la presencia queda diferida, y el sentido trastocado por la inexistencia repetitiva de los contextos.

Maximizados en un espacio donde se ha hecho imposible represetar, todo obra de arte marca la huella de otra huella. Aquí se (des)narra cómo se incrustan las marcas en el espacio. Y para esta artista, no hay dudas que, además del espanto, el derrotero de la Internet no se camina, sino que se tritura o se muerde. Si todos los pasos son fácilmente olvidados – cubiertos nuevamente con el polvo del camino – en el mordisco se levanta un acto de permanencia, o si se quiere una intervención que surge de la conquista del vacío.

Lo que más llama la atención de la obra "Teeth" (2010), de la joven diseñadora Laura de Valencia, es la facilidad con que atrapa a través de una metonimia del cuerpo, todo la tensión del archivo cibernético. La imagen representa unos dientes en forma de Stonehenge sobre un fondo por donde recorre el tiempo y el espacio. Aquí se pueden entender los dientes como una metáfora de aquello que resiste a desaparecer, y como origen de la huella imborrable. De la misma forma que una foto y un nombre propio, un discurso amoroso o una diatriba, circulan eternamente por el ciberespacio; los dientes son las huellas que han quedado de un cuerpo devorado por las lombrices del sepulto o por el fluir de las imagenes. Sir Thomas Browne notó que, en las momias egipcias, la blancura eterna de los dientes era lo único que aun tenía su luz, y por consecuente los asignó como una esencia divina o incorpórea.

Esta dentadura fantasmagórica, sin embargo, no flota en un espacio como signo de nuestra cultura, sino que alude a un proceso tan cercano a nosotros que nos parece invisible. Cada diente aquí también puede ser leído como una persona sin rostro, o una lápida cuya existencia desconocemos. Y es ahí donde encontramos otra de las cualidades genéricas del nuevo archivo: por una parte la perdurabilidad de las trazas como imagen (el fantasma de Aby Warburg), mientras que por otra la iterabilidad desdeñable del significante. Sabemos que en esta marea hay "cosas" (objetos, representaciones, lugares, sentidos), pero poco sabemos de sus orígenes, y de la travesía por donde han cruzado hasta llegar a nosotros. Este "significante flotante", como algunos han visto, solo puede tener una acepción que continuamente muta en su momento de aparición.

Si la huella es el registro de la memoria infernal del archivo (como en Funes el Memorioso), el diente es el aparato de la inscripción, aquello que podríamos llamar el objeto de la violencia. Mordisco y poder han estado cercanos por mucho tiempo. Según una observación de Dragan Kujundzinc, el mordisco es la huella originaria de la propia globalización, y de toda la fantasía de un Imperio que no es mas que la resurrección, o el "vEmpire" que viene del Este. Si todo es repetible y diferido, entonces la grafía de las comillas, esas pequeñas huellas objet petit a, marcan el deseo por la permanencia [3]. Así mismo, el mordisco es aquello que, al mismo tiempo que echa andar el sistema de huellas, inscribe la violencia en su propio acto fundacional.
.

¿Cómo seria, cabe preguntar, un archivo donde las huellas son mordiscos? ¿Quien sana un cuerpo (el archivo) que continuamente se desangra? En esta obra, la respuesta es tan obvia como su composición: la finalidad del archivo no es corroer el espacio de su memoria, sino reducirla al evento del mordisco como metáfora de nuestro consumo total de la información. Estaríamos hablando, en todo caso, de un archivo melancólico por la ausencia de detrimentos, y de una nueva ontología del homo bite. Habría que recordar que en ingles "bite" tiene una repetición que cobra sentido en la era de Google: bite como mordisco, y bit como el espacio de la memoria del archivo. Estos dientes buscan rastrear en el archivo un lugar para digerir la continua voluminosidad de la información.

Recientemente el Guggenheim convocó a un concurso de creative Youtube videos que solo puede ser fútil. Hoy todos no solo crean videos, sino que en espacio totalitario de la Internet, todos somos artistas sin la necesidad de la intervención de una institución exterior. O diríamos mejor: todos tenemos dientes para dejar huellas. Ya que es imposible salirse de la inmolación informática, el hombre hoy deviene digital y píxel, lo cual no quiere decir otra cosa que una desintegración total de la esencia del cuerpo, y la diseminación continua de la singularidad por el espacio.

Imaginar el futuro de la huella significa que creer que la utopía de las diferencias es posible a través de la atomización y reproducción del archivo. La función aporética de la huella, sin embargo, cumple con una habilidad bipolar de poder perdurar irrevocablemente en el tiempo, y a la misma vez demoler continuamente el tejido del presente.
.
___
Notas:

1. Groys, Boris. "Archive of ashes". Concert for Buchenwald, University of Michigan 2000.

2. Derrida, Jacques. "Ousia and Gramme: note on a note from Being and Time". Margins of Philosophy. University of Chicago 1984.

3. Kujundzinc, Dragan. vEmpire, Globalization, and the Melancholia of the Sovereign. (Work in progress).


___
Gerardo Munoz
Noviembre del 2010
Gainesville, FL.

7 comments:

Laura De Valencia said...

muchas gracias. Como te comente, cuando pense en estos dientes me estaba concentrando en la idea de la huella con relacion a la tecnologia...pero me parece valido todo lo que has agregado (la violencia, la bite-bit etc) . me encanta lo del stone henge.

Gerardo Muñoz said...

Es una metafora brillante de todas estas ansiedades contemporaneas. O sea, de la finalidad que reunen todas las polemicas sobre el archivo. Lo de Stonehenge es interesante: una especie de inconciente estetico que se abre ante nosotros en la era digital. Ahi estan, unidos para siempre, la antiguedad y nuestro futuro.

G

juan felipe hernandez said...

Vaya, que bonita amistad!

juan felipe hernandez said...

y...? de una! censura postmoderna desde Gainesville

Laura De Valencia said...

a quien censuraron?

Gerardo Muñoz said...

Parece que se refiere al hecho que me he demorado un dia en aceptar su comentario.
La demora como censura...ta bueno eso.

G

Anonymous said...

entre obra y critica no se sabe cual tiene mas merito. decia eliot en un desliz metafisico que el tiempo presente y el tiempo pasado estan a la vez en futuro, por ende todo el tiempo es presente y a su vez irredimible. el archivo cibernetico es curiosamente una representacion no palpable de quienes somos en un presente eterno. no se puede evocar cada pagina web que visitamos, o cada post que escribimos como un recuerdo personal, sino como un conjunto de gritos que se ahogan entre ellos mismos por tratar de avisarle al mundo que aqui estoy yo.
me recuerda al “I was here” de los asientos del metro o las paredes de banos publicos. con la unica diferencia de que esta vez ya no es una pequena marca regalada al olvido, sino una perpetua afimacion del ego.
pero en todo esto se ha pensado ya, lo refrescante aqui es el mensaje de imposicion contra lo inevitable: mordiendo el tiempo.

felicidades a los dos, muy bueno esto

lisandra