Friday, November 26, 2010

La teoría como práctica


La cuestión en torno a la relación entre teoría y práctica asume, desde su enunciación, un abismo entre estos dos requisitos. Usualmente la teoría se ha entendido como suplemento a la práctica, o al menos, como un marco por donde puede entenderse ciertas prácticas sociales, científicas, o culturales. Karl Popper, por ejemplo, situaba la teoría como síntesis fáctica de una hipótesis observable en el desenvolvimiento de la falsificación. En la realidad, el asunto es otro: la teoría cede un espacio (muchas veces suele tomar el contorno de guerra conducidos por los egos) para poder atravesar la realidad, es la teoría lo que precede el acto. 
 
Guy Debord, en un tardío libro El Juego de la Guerra, imaginaba la sociedad contemporánea como un inmenso juego bélico, adelantándose a los fenómenos actuales que ha dispado, desde el Internet hasta la crisis bio-política de las sociedades democráticas, la guerra civil en donde nos encontramos inmersos [1]. Debemos pensar en Debord, ya que es allí donde la teoría toma un lugar central en el devenir histórico, o sea, en el momento futuro de la temporalidad aun por estallar. Y no se trata de un solo libro de Debord, La sociedad del espectáculo es también una forma de teorizar lo que aun no tiene forma: pensar la circulación de la imagen en un momento donde esta aun no soñaba con su eventual superación de lo real.

La teoría, por su forma imaginativa y su carácter especulativo, habilita cierto espacio (promesa del archivo, dirían los deconstruccionistas) de un acontecimiento localizado en las afueras del presente. Esta inconmensurabilidad entre la teoría y la práctica debe ser interpretada como la permanencia total del discurso teórico, desde la actualización de la práctica. De la misma forma que algo “es” antes de llegar a actualizarse a si mismo – como pura potencia – la teoría actúa como una práctica mucho antes de que surjan los mecanismos, dispositivos, o aparatos de un espacio posible. Si recordamos a otro pensador francés (Lefevre), la producción del espacio pasa, primero que todo, por una conceptualización categórica que precede el momento de su intuición simbólica. 

De ahí la utilidad de pensar la teoría en términos pedagógicos y como forma concientizada del lenguaje mismo. Hablar de teoría, sin embargo, significa crear un nuevo registro de lenguaje, tal y como lo veía Gilles Deleuze para la filosofía: establecer una robótica de conceptos que nos ayuden a impulsar el tren del pensamiento. A su vez, el lenguaje no es otra cosa que una convención de pura singularidades, y en momentos suele cobrar el desplazamiento de fugas entre discurso y narración, entre enunciación y rupturas diferenciales de significado. Una teoría matiza, en el proceso de su intervención, el rizoma del lenguaje, a la vez que interfiere con la materialidad (Labov) que continuamente fluctúa entre la imposibilidad de ser dicha y el derroche semántico de un sujeto. Quizá algo de esto ha intentado trabajar la escritora argentina Pola Oloixarac quien, con su novela Las Teorías Salvajes (Entropía, 2008), ha buscado tejer una morfología de la guerra posmoderna a través del lenguaje de la programación contemporánea. 

Estos lenguajes pueden estar truncados con la programación de la heterotopia cibernética, el discurso marxista de Montoneros, o las risueñas entonaciones de un nerd o hikimori adolescente. Valiéndose de estos productos culturales, la teorización de la guerra en Oloixarac surge contra la subjetividad, pues ésta se construye a través de un lenguaje que es puro devenir otredad, o como un espejo astillado de una conciencia que se vuelve heterogenia. Es una guerra además que se ha mutado a través de la potencia del lenguaje. No solo porque toda la informática contemporánea esté cifrada en un “programming-language” (Java, Net., C++, etc.), sino porque desde la misma gramática del bellum se ha pasado a los esplendores de lo bello. El recorrido teórico de nuestro presente tendríamos que buscar en este páramo que Pola Oloixarac ha reconstruido desde una novela que hace desde su mundo de ficción, la parábola de nuestro presente.

Existe en determinadas esferas del mundo contemporáneo un desprecio total por la teoría. Otros la dan por terminada, o de picaporte inmoral. ¿Cómo pensar y teorizar en un mundo donde mueren diariamente niños de hambre en África? – preguntaba Bill Gates tras pasar del monopolio de Microsoft al discurso humanista de la globalización. La reticencia en torno a la teoría pasa no tanto por un desprecio intelectual, sino por una ideología que busca situarse eternamente en el presente y negar la visión de un mundo alterno, donde la ladera de lo disidente es lo tomado bajo el signo de la transformacion del futuro. 

¿Puede la teoría abstraer del proceso de individuación (siguiendo la línea del complejo programa medievalista que debatían filósofos desde Abelardo hasta Don Scotus), la hacceity de un método o una estructura común? ¿Puede la teoría hacer del lenguaje una generalidad para atrapar la realidad o los procesos individuales de un momento que no es fijo? Hegel en su Lógica situaba el “Concepto” como mediación entre lo universal y lo particular, una dialéctica que pasaba por la potencia de la singularidad. Una teoría que enmarca estos dos movimientos del Concepto, es quizá la única redención que nos alcance a brindar municiones en una guerra que se perpetra, ya no contra un enemigo, sino contra el propio espacio del saber. La teoría hoy no es lo que maneja el mundo (o las academias como mundo-del-saber-en-representación, al decir de Lamborghini), sino la que lo hace el devenir operable, y con suerte también, legible.
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Gerardo Munoz
Noviembre del 2010
Miami, FL.
*Foto: Guy Debord y Alice Becker-Ho juegan al Juego de la Guerra, 1977. Foto de Jeanne Cornet

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