Thursday, November 11, 2010

Luis Cruz-Azaceta: la deriva en una bañera




Ya hoy no es posible perderse en la ciudad, como quería Guy Debord, sino solo en la espuma de la globalización. Bajo el signo de la sociedad trans-nacional, la movilidad ciudadana ha quedado a la intemperie, a la vez que la forma del viaje y del exilio han tomado la forma desnuda de la política actual [1]. En más de una forma hoy todos somos refugiados, exiliados, y expatriados de nuestra propia tierra (o de nuestra "humanidad").

¿Cómo representar, entonces, un mundo cambiante por el cual la imagen aurática transforma el presente que siempre llega sin orden alguno? El crítico de arte T.J. Demos ha postulado la pregunta de una arista política: ¿es posible representar artísticamente en la contemporaneidad al sujeto migrante que no tiene reconocimiento político y social bajo un estado, nación, o geografía? [2]. Obras como las de Yto Barrada, Francis Alys, o Alfredo Jaar han construido territorios fluidos– ya sea desde la documentación de arte, desde la fotografía y la instalación – para pensar un presente que hoy sufre de auto-representación mediática. Las obras del cubano-americano – desde sus origines presenciamos la hibridación de su nacionalidad – Luis Cruz Azaceta, replantea estos temas desde una forma no menos sufrible: la soledad del balsero cubano.

Tras la caída del muro entramos al páramo de la intemperie. El escombro esparcido: proliferaciones de nuevos muros y barreras que, más allá de la bipolaridad de Este y Occidente, estructuran el sostén bio-político y la liquidez de lo moderno. Sujetos que viven desamparados, y de la misma forma naciones que se desintegran (la antigua Yugoslavia), o fronteras que muestran en su relieve, la crisis sintomática a escala global. Ahí están los ejemplos de África y España, México y Estados Unidos, Israel y los territorios ocupados de Palestina. El estrecho de Florida y Cuba ha sido otro de esos umbrales donde la vida ha llegado a desintegrarse en las aguas. Y al igual que otras figuras poéticas de la postpolítica (el "mojado", el "ilegal", o el "árabe"), el "balsero" se puede leer como otra vida que ha quedado a la deriva de esta incertidumbre global.

Balseros, en forma de figuras completamente raquíticas, pueblan los extraños cuadros de Azaceta, donde el viaje a la deriva se ha convertido en la propia pesadilla del viajero marítimo. La figura del balsero no es una invención artística de Azaceta, aunque tiene en el, uno de los artistas que mejor ha articulado la crisis de la deterritorializaciión entre Miami y La Habana.
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Las obras de José Bedia, Rubén Fuentes González, o Yoan Capote son parte de esa parafernalia tragica de los balseros. Sin obviar la obra de Kcho, artista que ha venido desarrollando una distopia de ese viaje a la inversa: los balseros no se escapan de las bahías caribeñas a suelo norteamericano, sino de los Keys más cercanos hasta la mayor de las Antillas. En buena parte de la producción artística de Azaceta, los balseros son figuras reducidas al fracaso de los límites políticos y soberanos, y en muchos casos la fuga se ilustraba a través de un recurso expresionista desgarrador que nos remontaba a las sufribles figuras de Munch o las siluetas ennegrecidas de Emil Nolde. Las figuras migratorias de Cruz-Azaceta representaban, desde la pintura de los noventa, lo que las obras del cine alemán después de la Segunda Guerra intentaron hacer con los films de escombros: otorgarle un lugar visual a la decadencia del cuerpo a través del derrumbe del entorno. De ahí que el exilio se ha permanente y se encuentre atravesado por el desplazamiento, ya no solo de la patria, sino la misma subjetividad del ciudadano global.
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Es curioso notar como ha mutado la estética de Luis Cruz-Azaceta, desde los comienzos expresionistas de las últimas décadas del siglo pasado, hasta las obras recientes, bajo el signo pop, que se han expuesto en diferentes lugares como Pan-American Projects de Miami, I Trienal del Caribe en Santo Domingo, o Allegro Galería en Panamá. Estas obras, a diferencia de las del pasado, siguen la línea de la deriva aunque el sujeto ha desaparecido, solo quedan laberintos, mapas, rutas, o simplemente huellas donde se ha hundido el ultimo suspiro del humanismo. El mapa de Cruz-Azaceta se ha visto reducido en la alegoría de la bañera, la cual nos remite a la impermanencia de esa región que Peter Sloterdijk llama la aldea global.

La bañera en el arte moderno tiene un precedente ilustre. En una de sus primeras visitas a Nueva York, Salvador Dalí, lanzó una bañeracontra la vidriera de una galería de la famosa Quinta Avenida como parte de su instalación surrealista. Desde entonces la bañera no ha parada de seguir su rumbo. Tras salir del museo su deriva ha sido global. Se puede decir que, en el arte reciente de Cruz Azaceta, la travesía de su estética personal ha buscado situar esa ruta que comenzó en la Quinta Avenida y que hoy recorre los asideros más recónditos de nuestro mundo sin ciudadano. Una bañera que, además de recorrer el itinerario del nuevo siglo, se ha convertido el espacio de la propia movilidad.
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Gerardo Munoz
Noviembre del 2010
Gainesville, FL.

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