Tuesday, November 2, 2010

Miguel Hernández: la voz enardecida



Junto al centenario del poeta cubano José Lezama Lima (1910-1976), también se celebra durante este otoño, los cien años de la existencia poética de Miguel Hernández. A diferencia del autor de Dador, Miguel era un hombre de la claridad y la batalla, quizá un poeta que nació para el martirologio y no para las sombras.
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De ahí que en su poesía el gran tema no recaiga, como en las otras poetas de la Generación de Plata, en la fijación por lo natural, sino precisamente en la destrucción de un mundo que se le arranca la contemplación y la mirada sobre lo natural. El barroco y gongorismo tampoco lustra su verso, sino otro tipo de oscuridad, mucho más tenue y social, que gravita sobre la contemporaneidad. El campo por una parte, y la guerra por otra: dos mundos que entre si colapsaban en el tejido de su poética. Luz y oscuridad: un ritmo que, como en la poética ansiosa de Vallejo, se somete a la gallardía de ser testigo del presente a través de la palabra. Pero en Hernández y quizá aquí podemos detectar otra diferencia con la imagen lezamiana, lo que atraviesa la poesía es la oralidad, no la escritura o la rabia de la imago, sino una especie de constipación de la voz enardecida. Una voz que se resiste, desde su presencia y entonación, a la violencia de los olvidos.

En Hernández no había ese profesionalismo del "ser-poeta", en parte porque el espacio de la ciudad no existe en su imaginario, sino como en Paul Celan, la escalofriante soledad, y la ternura amorosa del afecto entre camaradas de los surcos campestres. Octavio Paz, quien lo vio por última vez durante su viaje a la España de la Guerra Civil lo recuerda de un modo rupestre y entrañable:

"Miguel Hernández cantaba con su voz de bajo y su cantar era como si todos los árboles cantaran. Como si un solo Árbol, el árbol de una España naciente y milenaria, empezara a cantar de nuevo sus canciones. Ni chopo, ni olivo, ni encina, ni manzano, ni naranjo, sino todos ellos juntos, fundidas sus savias, sus aromas, y sus hojas en ese árbol de carne y voz. Imposible recordarlo con sus palabras; mas que en la memoria, "en el sabor del tiempo queda escrito".

Para Paz, el autor de El rayo que no cesa, más que poeta era la última entonación de lo telúrico, el rugir de la carne de la tierra. En los poemas de Miguel Hernández, en efecto, la transmisión de la oralidad pasa por la enunciación de imágenes recurrentes de lo natural: el árbol, la tierra, el río, las hojas, el tronco, los olivos. Toda una galería de los frutos de una vida que recorre el último sendero hasta verse consumada en la muerte. Es, en última instancia, el pecado del fatalismo. Y sin embargo, la fidelidad, en el sentido político que le otorgaron las Vanguardias del siglo XX, es el doblaje de este encuentro, o sea lo que redime al hombre. Como lo podemos rastrear en poemas como "Recoged esta voz", "Los Cobardes", o "Al soldado internacional caído en España", un hermoso soneto que concluye con el terceto:
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A través de tus huesos irán los olivares
desplegando en tierra sus más férreas raíces,
abrazando a los hombres universal, fielmente.
Pero en ese archivo de la "historia natural de la destrucción" que son todas las guerras (W.G. Sebald), la poética de Hernández, al igual que la de José Lezama Lima, aunque por medios y conceptos diferentes, pueden ser leídas bajo el signo de la resurrección, o sea, de la llegada del Mesías: "abrazando a los hombres universalmente, fielmente". Este abrazo de la fidelidad es quizá el retorno y la repetición de la lucha por la Universalidad ultrajada. Abrazamos la poesía de Hernández aun como huella de esa promesa que viene. Promesa que, en su imposibilidad, nos remite a estar de frente al curso de la historia, y al tiempo presente que nunca es visto con suficiente claridad. El abrazo de Hernández es la figura de lo Universal, es decir, de la recurrencia.

En conjunción de otras conferencias, coloquios, y lecturas por todo el mundo hispánico, la Universidad de la Florida y el Departamento de Español y Portugués, presenta el Coloquio Miguel Hernández: la voz enardecida (1910-1942), para celebrar cien años de alientos de este poeta. Estudiosos de la obra de Hernández como Geraldine Nichols, George Esenwein, y Luis Álvarez Castro, comentaran aspectos críticos de la poesía y vida del poeta español. Extiendo la invitación de la única forma que la hubiese querido Miguel: Universal.
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Gerardo Munoz
Noviembre del 2010
Gainesville, FL.

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