Tuesday, December 28, 2010

El diseño se definió en Octubre


La idea central del libro El diseño se definió en Octubre (1983) -el estudio de las vanguardias rusas que hizo el curador y crítico de arte cubano Gerardo Mosquera- es el concepto de “socialización del arte”. Es decir, una integración a gran escala del arte a la sociedad. Es una noción que se concibe como un horizonte difícil de alcanzar. La socialización transformaría la esencia misma del arte: diluiría las distinciones entre lo culto, lo popular y lo vernáculo y suprimiría las distancias entre el creador y el espectador. Simultáneamente, el arte dejaría de ser una categoría especial de objetos, encerrados en el espacio del museo o la galería, para abrirse a otros ámbitos como la comunicación social y mutar hacia otras actividades, como el diseño gráfico y textil.

Los vanguardistas rusos habían intentado socializar el arte desde tres estrategias fundamentales: 1) llevarlo a la calle, 2) ponerlo en función de la propaganda política y, por último, 3)integrarlo a la producción material. Estas eran las experiencias desde las que Mosquera vislumbró una radical vinculación del arte a la sociedad.

Llevar el arte a la calle, incluirlo en las festividades y exhibirlo ante las multitudes, como hicieron los artistas rusos de avanzada, no fueron experiencias del todo satisfactorias. Faltaba la capacidad de diálogo. Muchas de las obras vanguardistas tuvieron una dimensión utópica. Proyecciones hacia el futuro, en las que no siempre existió una reflexión sobre los conflictos del presente. La comunicación no llegaba a gestarse: el arte más experimental y sofisticado de su tiempo se llevaba a un público de bajo nivel cultural y poco versado en cuestiones estéticas. La vanguardia impuso, autoritariamente, su arte a las masas populares y al mismo tiempo les atribuyó un papel pasivo. El espectador tenía que limitarse a contemplar la creación o, en el mejor de los casos, a seguir las instrucciones dadas por el artista. Además, los vanguardistas tampoco prestaron atención a las tradiciones populares. No supieron integrar dicho acervo cultural en las propuestas artísticas.

Una lectura desde la post-modernidad. Mosquera tiene en mente conceptos como la participación creadora del espectador en la imagen artística y “síntesis inclusiva” de lo culto, lo popular y lo vernacular, que apenas se habían discutido en las primeras décadas del siglo XX. Para rescatar las estrategias de la vanguardia rusa no bastaba con hacer un análisis histórico. Era imprescindible complementarlas con hallazgos de prácticas artísticas y problemas teóricos más actuales. El libro es un continuo diálogo entre las experiencias de comienzos de la Revolución de Octubre, el momento post-moderno y la situación particular de Cuba hacia mediados de los ochenta. Si los esfuerzos de los vanguardistas rusos por llevar el arte a las calles tuvieron un alcance limitado debido al hermetismo de las obras y al escaso contacto con las masas populares; el arte al servicio de la propaganda política gozó de mayor vitalidad. Actores que divulgaban las noticias ante las muchedumbres, multitudinarias puestas en escena, noticias y comentarios políticos enunciados en versos y en novedosas y plurales formas de comunicación. El arte no como parte de la fiesta o el carnaval; sino como fiesta y carnaval. Allí, en un mismo espectáculo, en un mismo acto político, confluían diversas manifestaciones artísticas (música, teatro, artes visuales, poesía, danza) y se incorporaban formas de la cultura de masas: elementos del circo, el cabaret y la revista musical.

Arte como propaganda política no era en modo alguno realismo socialista, ni panfleto, ni amonestador academicismo. Era una fusión entre arte y agitación revolucionaria. El arte como propaganda política, tal y como lo concibieron las vanguardias rusas, se oponía radicalmente al arte como propaganda política de los ulteriores modelos soviéticos frecuentemente ceñidos a la escultura monumental, a las tarjas conmemorativas y a lienzos con temáticas patrióticas e históricas.

La “cultura de lo abstracto” conformaba también la socialización del arte. El constructivismo realista afirmaba la obra de arte como un objeto en sí, un pedazo de tela pintada, libre de la función de representar la realidad; mientras que el constructivismo productivista acudía a las mismas soluciones formales para crear objetos industriales, útiles y a la vez sofisticados. Mediante esta mutación de las formas abstractas en diseño industrial, el arte contribuía a aliviar las carencias materiales de la población.

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Ernesto Menendez Conde

New York, 2010

*Originalmente publicado en el blog del autor.

1 comment:

juan felipe hernandez said...

gracias gerry por colocar esta reseña tan interesante de Ernesto. Mosquera explora un periodo que sin duda sigue produciendo debate e investigacion. Sin embargo no queda claro de que forma el constructivismo en sus 2 variantes mencionadas fue capaz de asumir y responder a posteriores desarrollos domesticos y extranjeros. Y cual fue el paradero de los estrategas rusos, exilio necesariamente, o hubo reinvencion de terminos. Abrazo