Friday, December 31, 2010

El mal radical y la nuda vida


"De la misma forma que la huella sanguinolenta de un asesino, dice más que mil palabras en una página".
– Walter Benjamin, El autor como productor


Con el fin de las utopías del Mayo 68, comienza una era política que pudiéramos tildar de "leibniziana". Como sabemos, en la filosofía moderna del siglo XVII Leibniz representó la concepción metafísica del Universo, donde la posibilidad del "Bien" participaba de la mejor de las posibles. En el gesto de justificar los males que gobiernan el mundo (políticos, naturales, sociales), Leibniz argumentó en su Discurso de la metafísica que, tomando como premisa la existencia de Dios como arquitecto infinito del Mundo, el orden actual (necesariamente es) es el mejor de los posibles mundos. El Ser Supremo solo puede concebir, desde su inteligencia, la factura superior en el modo de la creación [1].

El problema del Mal en la filosofía no era nuevo durante la época clásica de Leibniz, ya que desde San Agustine hasta Abelardo y Santo Tomas, el mal fue leído bajo el mismo paradigma que relaciona su existencia con la dimensión teológica de la creación. Con la introducción del pensamiento aristotélico durante la Edad Media, el argumento fue justificado de la siguiendo forma: el Mal no es una causa constituyente de Dios, ni de su voluntad absoluta, sino de una causa accidental de su Bien Absoluto. A través de la distinción casuística entre forma y accidente, Santo Tomas y sus seguidores pudieron establecer una concepción del mal, donde la causa no proviene de Dios, ya que tal postulado presupone la necesidad de abolir la libertad de la especie.
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Esto explica la función del Mal como contingencia del libre albedrío, aunque deja afuera la causa necesaria de males fuera de las voluntades humanas. Es así que cuando Leibniz en su concepción del mal lo establece como posibilidad, crea un procedimiento especulativo, por el cual, el Bien se entiende como un grado cualitativo en el orden del devenir mundial. Actualmente cuando hablamos del sistema capitalista, se suele tomar una posición análoga: los demás sistemas posibles fallaron, de modo que es éste, y no otro, el mejor de los posibles. Claro está que aquí encontramos una diferencia al argumento leibniziano. Mientras que Leibniz partía de la existencia de Dios como constituyente del Bien, en nuestras dichas sociedades post-industriales, no hay una premisa universal que justifique la superación del capitalismo, salvo la experiencia histórica del totalitarismo.

En la contemporaneidad el Bien político se define desde una concepción maniquea con respecto a la historia del siglo XX, donde la actualización del Mal radical kantiano opera formula que produce el bien consensual de la humanidad. Esta historicidad del Mal radical tiene una ejemplificación en el origen del campo de concentración Nazi, ya que allí por vez primera la forma de vida del ciudadano se reduce a una instrumentación tecno-política. El exterminio del campo de concentración ha quedado, entonces, como el vacío producido por el acontecimiento perdurable de lo "Real". Esto explica que pensadores como Hanna Arendt en Eichmann en Jerusalén o Adorno en la Dialéctica de la Ilustración, sugieran que después de Auschwitz el mal no tiene superación: el horror del campo ha quedado como el momento fijo en donde la desconfianza por la política como procedimiento emancipador ha llegado a su desaparición. El discurso sobre la radicalidad del Mal en Auschwitz, como es factible, hoy opera como justificación de un mal que se esconde tras la mascara del 'Bien' capitalista, la “Justicia Infinita”. Las invasiones de Israel a las regiones de Palestina y el Medio Oriente – como lo han estudiado Judith Butler o Eric Kligerman – suelen plantearse como males del Bien. El Mal radical, es en este uso discurso, un límite político como nueva ética imperialista: como los mundos anteriores estuvieron gobernados bajo el signo de la catástrofe (el campo de concertación Nazi, las purgas estalinistas), la maldad del presente queda dentro de las "mejores de los males posibles", como efectiamete argumentaba Churchill después de la Guerra sobre el capitalismo.

Alain Badiou estudia en La ética del Mal, como los males del presente se han llegado a unificar bajo un consejo eticista de la otredad. Cada vez con más frecuencia, el discurso liberal de la globalización invierte recursos para integrar el "respeto y la tolerancia" hacia el Otro en un mundo donde se le ha declarado la guerra a la misma subjetividad. ¿Qué significa, entonces, dentro de este nuevo contexto de Bien, la suspensión y distancia del Mal? En la llamada "Guerra contra el Terrorismo" se nos da a entender un aviso de "pacificación perpetua" (Kant) que solo es manejable dentro de una operación de Guerra. Es por eso que el Mal no es una posibilidad de lo mejor, sino una fractura o un vacío que ocurre, según Badiou, en el mismo procedimiento de la verdad política:

"Es preciso entonces, si es que el Mal resulta identificable como una forma del ser-múltiple, que surgía como efecto posible del Bien mismo. Lo que dirá: no es sino porque hay verdadero, y en la medida en que existen los sujetos de estas verdaderas, que hay el Mal. O también: el Mal, si existe, es un efecto perturbado de la potencia de la verdad". [2]

El Mal dentro de este sistema ético puede pensarse como el lugar donde ocurre aquello que Lyotard denomina como una interrupción del pensamiento. En la actualidad, el Mal constantemente se intenta separar del procedimiento de la Verdad como Bien, ya que en se reconoce como una forma de Mal menor tras la conciencia histórica de los totalitarismos. Existe, sin embargo, una premisa en las democracias contemporáneas que radica en la distinción entre totalitarismo y democracia, entre derechos universales y persecución de sujetos, entre matanzas y convivencia del pluralismo. Tal distinción lo que oculta es un Mal que continúa operando en ambos sistemas políticos: el control bio-político, y la forma del Estado de Excepción.

Giorgio Agamben ha matizado que aun en las democracias contemporáneas la forma del nomos político es el campo de concentración [3]. Y no hay que vivir necesariamente en un campo, sino que el modelo de campo de concentración, como forma de lo político se ha integrado en la sociedad a través de la despolitización. Esto lo podemos percibir claramente con los métodos de control biométricos, dándole la razón a Foucault cuando sugería que la criminalización de la sociedad se convertiría en el paradigma del Soberano.
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De la misma forma que un prisionero de Auschwitz tenía marcado en su cuerpo un número que lo identificaba como otro, hoy en día las huellas dactilares y otros mecanismos de control biométrico han integrado la condición de la vida nuda en el espacio de la sociedad plural [4]. Con la imposición de medidas como estas, como ha estudiado Agamben reiteradamente, la vida humana es dividida entre la potencia de la muerte y la vida, entre el zoé y bios, entre la norma y la excepción. En control total de través aparatos de la vigilancia, la sociedad moderna se sitúa en el mismo espacio que, durante buena parte de siglo XX, los regimenes totalitarios llevaron a cabo para masacrar a millones. Sin embargo, estos aparatos tienen una finalidad común, aunque circulen por otros medios. La sociedad del espectáculo esconde, como componente integral ideológico, la función del mismo mal por el cual intenta compararse con el pasado. Bajo la democracia actual se entiende que todo aquel que cuestione las premisas de la democracia, automaticamente cobra el matiz de la hostilidad o el terrorista. De modo que, cuando la sociedad actual habla de Mal radical, el discurso ideológico no es otro que el de una autodefensa de ese "Otro" que busca desequilibrar el orden bio-político. Solo esto explicaría, después de la caída del Muro de Berlín, la despolitización antagónica de posibilidades alternativas, y la proliferación de nuevos muros en todo el orden post-comunista.

Entender la reducción de la vida (zoé) de la subjetividad post-política del presente busca desmantelar esta articulación ideológica que instaura la continuación del Mal por otros medios, y que impide también el "Bien". En la esencia platónica de la ética y fidelidad hacia el acontecimiento, Alain Badiou sugiere que el punto de partida es: "The question of Evil starts when one can say what Good one is talking about. In any case, that’s the only case in which it makes any sense to speak of Evil" [5]. La pseudo-ética contemporánea encuadra un maniqueismo de lo "uno o lo otro" que ya Kierkegaard sugería entre la división de la estética de la moral y la implicación de su responsabilidad. Claro está que, a diferencia del pasado, donde los simulacros podían ser cuestionados por el impulso de todo tipo de formas del futuro – progreso, la utopía, o revolución – el presente es hoy vive atascado en la mirada donde el pasado histórico imposibilita la mirada vertical hacia el futuro. Es por ello que hoy vivimos bajo una única utopía de presente de aquello que Kant llama la paz perpetua y salvo que lleva dentro la morfología de la “excepción".

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Notas:

1. Leibniz, Gottfried Wilheim. Discurso de la Metafísica. Madrid, Alianza Editorial, 2002.

2. Badiou, Alain. "El problema del Mal". La ética: ensayo sobre la conciencia del Mal, 1995.

3. Agamben, Giorgio. "What is a Camp?". Means without end: notes on politics. University of Minnesota Press, 2000. La conclusión de los estudios políticos del filósofo sostienen mas de una similitud con la convicción de Joseph Beuys quien indicaba: "Auschwitz no es solo un evento aislado, sino algo que ocurre todo los días, aquí y ahora".

4. Agamben, Giorgio. "No to Biometrics". Le Monde diplomatique. December 6, 2005.

5. Badiou, Alain & Christopher Cox. "On Evil: An interview with Alain Badiou". Cabinet Magazine, Winter 2001.


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Gerardo Munoz
Diciembre del 2010
Miami, FL.
*imagen de la artista Julie Mehretu

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