Thursday, December 9, 2010

La política del espectáculo en Rodolfo Wilcock


"Seria extremadamente interesante escribir la historia de la risa" – Alexander Herzen

Es discernible en la tradición latinoamericana un pelotón de escritores contra-canónicos que, si partimos de la tipología de Ángel Rama, podemos clasificar como "raros". Estas escrituras dominadas por un discurso alterno, ya sea con respecto a la estética como en lo social y lo político, representan un espacio de malestar en el campo literario. La rareza de estos escritores sin duda se sitúa más allá de una geografía, pues desarrolla una estrategia como intento de borrar un mapa de dirección, o de instaurar si se quiere, un modelo de dispersión o líneas de fugas de las categorías de valores simbólicos y literarios. Tal es el caso del argentino Juan Rodolfo Wilcock, escritor de la Generación del 40, y miembro periférico del grupo Sur. Miembro de eso que podriamos llamar las literaturas migrantes: amigo de Pasolini, pues sera en Italia donde termina escribiendo la mayor parte de su obra. (Para Wilcock el vasto idioma castellano se habia agotado). El caso Wilcock, poeta menor en los círculos letrados porteños, cruza varios paralelos con otros escritores, no menos raros, como el polaco Witold Gombrowicz o el cubano Calvert Casey. Lo cierto es que estas escrituras de la periferia del campo literario aun hoy son poco identificables o estudiadas, aunque mantienen esa originalidad que según Vila-Matas las convierten en escritores ocultos:

"Wilcock es un caso de escritor de radical originalidad, difícil de clasificar. Entre otras cosas, es un caso poco común de escritor argentino que al mismo tiempo es escritor italiano, y en ambas lenguas – quizá esto es lo que mas difícil de todo escritor de primera fila, aunque en estos momentos no goza de excesiva fama entre los lectores del gregario panorama editorial actual". [1]

Con el primero podemos establecer la idea de ese exilio doble que ha señalado George Steiner para las literaturas del siglo XX: en los desplazamientos trasatlánticos de los escritores, son las lenguas las que realmente quedan atravesadas por las culturas y los dialectos geográficos. Al igual que Calvert Casey – escritor cubano, aunque de origen norteamericano – en Wilcock, la obra se expanda en la periferia de la nación, o sea, en las postrimerías normativas de la ciudad letrada. En ambos escritores pesa un adeudo de ser contemporáneo con su tiempo, entendido a la manera de Giorgio Agamben, donde la afinidad temporal queda siempre diferida a través de la translucidez de la oscuridad del presente [2]. Es así que no resulta sorprendente que ambos escritores (Wilcock y Casey) fueron traductores de la obra de Franz Kafka en sus respectivos circuitos literarios. Anti-Peronista, en el caso de Wilcock, anti-revolucionario en el modelo literario de Casey; los dos escritores comparten un mismo sentido del devenir revolucionario: es desde el espacio del cuerpo donde quizá se puede resistir los manejos de la inmanencia del espectáculo y la eficacia de lo fantástico.

Solemos tomar como punto de partida el famoso ensayo de Guy Debord sobre La sociedad del espectáculo, sin darnos cuenta que, años antes, el crítico literario Mijail Bajtín proponía en su monografía sobre Rebeláis un modelo lúdico de la sociedad desde el paradigma de lo carnavalesco. La figura del "carnaval" desde entonces se ha tomado como el momento "populista", donde las clases sociales entran en equivalencias horizontales tras la suspensión del estado de derecho. Recientemente esgrimido por el crítico de arte Boris Groys, la idea del carnaval en Bajtín no responde a la democratización del espacio de la ciudadanía, sino al estado de excepción bajo un mando autoritario. En efecto, los manuscritos y notas de Bajtín publicadas recientemente, prueban que la idea partía de hechos concretos de la realidad soviética: las purgas durante el estalinismo. ¿Por qué entonces ver parcialmente la idea de lo "espectacular" en las sociedades del capitalismo tardío, y no también en las orquestaciones comunistas del siglo XX donde las masas forman parte de eso que Marx profetizaba bajo el oxímoron de la "dictadura del proletariado"? En el reciente ensayo "Avant Garde and Totalitarianism" de Tzvetan Todorov, se estudia la idea del carnaval como espectáculo de la sociedad comunista que, de la misma forma que las sociedad capitalistas, el goce es parte del mecanismo del poder. Sin desdeñar los gestos destructivos de la Vanguardia, Todorov demuestra ese ímpetu totalitario que, desde el Expresionismo Alemán hasta el Realismo Socialista soviético, socavó el espacio social con prácticas de lo absurdo y lo siniestro.

Mejor que cualquier intento teórico producido en el siglo XXI, la literatura de Rodolfo Wilcock marca una huella temprana en la inserción transversal entre el arte, la política, y el espectáculo. Los cuentos recogidos en El Caos, originalmente publicados en Italia y posteriormente editados por Sudamericana, componen una galería donde monstruos, enanos, y asesinos desfilan en las tramas de la narración. Escritos con la marginalidad de lo absurdo y el movimiento de la enrancia, los cuentos de Wilcock, como los de Virgilio Piñera y Calvert Casey, forman parte de un cuadro de una fiesta venida a momento de tortura, un tanto lo que Slavoj Zizek identifica como la "subjetividad espinosa" en lo simbólico. Y es que si comparamos los relatos de La Carne de René, algunos cuentos de El Regreso con El Caos, la similitud narrativa, más que temática, parte de un espacio donde lo humano queda recrudecida a los lindes del cuerpo y a la tortura, a la intemperie – como en el cuento de Casey "El regreso" – y su finalidad, como en cuento "La fiesta de los enanos" de Wilcock. El espacio del espectáculo en estos tres escritores no es, en ninguna instancia, el lugar de la agencia de la libertad y el derroche político, sino donde se fragua el quiebre entre lo común y la construcción de la subjevidad bajo la nueva sociedad de las masas y sus élites dominantes. Esto nos llega con mayor visibilidad en cuentos de Wilcock como "Felicidad", "La fiesta de los enanos", o "Vulcana", donde el antagonismo del populismo peronista no se inserta dentro un régimen del consenso, sino de una lucha total que llega a la muerte del enemigo.

Y sin embargo, en la obra de Wilcock, la política es inseparable de la distribución de lo sensible. Si tomamos la recomendación de Jacques Ranciere y leemos la estética como un espacio del desacuerdo que da a ver la existencia de una práctica común que facilita la mirada a lo no existente, entonces es posible una lectura desde el régimen de la política de la obra de Wilcock [3]. Dejando a un lado la producción lírica, son los cuentos de El Caos, o los relatos de La sinagoga de los iconoclastas donde la irreverencia, a través de su vacío de significación social, redacta un testimonio de la condición política contemporánea como sociedad del espectáculo (Debord) o como perpetuidad del carnaval (Bajtín). La inserción del régimen estético en la obra de Wilcock se produce a través de la imagen del cuerpo como espacio para la destrucción o la crueldad.
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Es difícil no ver en la construcción visual de la narrativa de Wilcock o Casey los límites de los totalitarismos de ideologías tan dispares como lo han sido la Junta Militar liderada por Videla, o las fatigas socialistas de Fidel Castro. En ambos casos, la politización de la literatura pasa por ese régimen que se incluye desde el exterior de su participación, como una negatividad que se hunde en la esfera de la estética. El malestar político de la obra de Wilcock es tangible también desde el exterior de la obra. Como Cortazar – quien "huye" de Buenos Aires para no oír las estridencias de los "cabecitas negras" – en Wilcock persiste una actitud contra la sociedad de las masas, aunque injertada con una fascinación por la vida de la bajeza y re-apropiación de lo raro como material reciclable en la literatura. "Estos escritores – nos explica Reinaldo Laddaga – crean mundos de singularidad sin comunidad poblado de seres frágiles, nebulosos, ansiosos, que hacen de esos atributos ocasiones de un placer que no es un desatino, me parece, llamar bajo" [4]. Podemos pensar en los paseos de Gombrowicz por El Retiro porteño, aunque también por los rodeos de Piñera por los prostíbulos travestíes de barrio chino de La Habana. Justo a la ausencia de seriedad y de gusto por lo mórbido, en la escritura de Wilcock encontramos un placer – a la manera de un objeto a del deseo – por la misma sociedad del espectáculo que se abomina y que se nos muestra invadida por el “caos” que representa el orden de la nueva sociedad de las masas. ..

Los relatos de El Caos, indican la persistencia wilcockniana, como ha notado Carina González, de la entropía del lenguaje como forma de desplazamiento migrante [5]. La idea del "caos" también puede estar anclada, más allá de la forma o del concepto dinámico del cruce de lenguas, en la inserción entre el arte – como manifestación estética, y la vida – en el ejercicio político de la violencia. Esta dialéctica entre el arte y lo político, en más de una forma convergen en el espacio de teatro de una crueldad fantástica que vierte el orden de lo imaginario. Los que buscan la satisfacción en lo lúdico, encontraran en Wilcock un escritor maldito e irreverente, precursor por varios años a las prosodias impúdicas de Fogwill. Para el lector adiestro en la dimensión política, hallará en el lugar de la ausencia la precisión discursiva de una escritura que medita en nuevas formas de pensar el espectáculo moderno.
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Notas:

1. Vila Matas, Enrique. "El extraño caso del doctor Attendu". Aunque no entendamos nada, Sáez Editor, 2003.


2. Agamben, Giorgio. "What is the contemporary?". What is an apparatus & other essays, Stanford Press 2009.

3. Ranciere, Jacques. "The distribution of the sensible". The Politics of Aesthetics. Continuum, 2004.

4. Laddaga, Reinaldo. Literaturas indigentes y placeres bajos: Felisberto Hernández, Virgilio Piñera, y Juan Rodolfo Wilcock. Beatriz Viterbo Editora, 2000.

5. González, Carina. "Las virtudes de la enrancia: escritura migrante y dispersión en Juan Rodolfo Wilcock". (Tesis Doctoral), University of Maryland, 2007.


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Gerardo Munoz
Diciembre del 2010
Gainesville, FL.

8 comments:

Zoé Valdés said...

Excelente artículo. Creo que hay uno que se toma menos en cuenta, que es Héctor Bianciotti, amigo de Jorge Luis Borges. También gran escritor. ¿Cómo verías a Severo Sarduy?

Anonymous said...

Gerry, me gusto mucho la manera en que lees a Wilcock. Me gustaria conocer esa tesis que citas.

Gerardo Muñoz said...

Querida Zoe, muchas gracias. Es muy cierto lo que dices de Bianciotti. Tambien pienso en Copi, aunque este ultimo ha tenido mucha mas recepcion ultimamente por criticos como Daniel Link, o el mismo Cesar Aira.

Sarduy, sin dudas encajaria en las poeticas del exilio, pero no lo veo como un "excentrico" o raro, ya que sus libros (De Donde son los Cantes, sobre todo) fueron escritos para seguir el proyecto, de alguna forma, de la nacion cubana. De cierta forma Sarduy entra al ese "banquete canonic" que describe Rojas en su libro. Aunque a nivel linguistico (de forma), hay una ruptura por supuesto, con la representacion, etc. La radicalidad de Calvert Casey o Wilcock creo que va por otra parte: quiza por quedarse precisamente en el margen y hablar desde una lengua que no es de ellos. Ellos no aceptan lo canonico o los debates de la nacion: hasta en los comienzos de la Revoucion, Casey por ejemplo, hablaba de temas muy raros en sus libros de ensayos (Memoria de una isla?). Atravesando las lagunas de idioma: para el argentino fue el italiano, para el cubano fue curiosamente el Italiano y el ingles.
Es una discusion infinita, asi que mejor me detengo aqui. Gracias por pasar.

Anonymous said...

Gracias hombre. Puedes ver la tesis de la prof. Gonzalez creo que si vas al Departamento de la U DE Maryland. La ultima vez que la busque creo que tambien se puede encontrar a traves de Google-books.

G

desvalijados said...

Gracias Gerardo, por escribir con tanta precisión sobre un tema que, constantemente, se nos va de las manos. Escritores-líneas de fuga, difíciles de agarrar por los lectores y los críticos.
Cómo figura Arlt en este asunto? Claro que ha sido canonizado, pero para mi sigue siendo un escritor como desbordado, "raro", difícil de emparentar incluso con los excéntricos de la literatura.

Gerardo Muñoz said...

Gracias por pasar Margarita. Sigo con atencion tu blog sobre mi poeta favorito del Publix! Me encataria algun dia conocer a Lorenzo!

Yo creo que la figura de Arlt, aunque ya canonizado (sobre todo gracias al esfuerzo de Piglia), es otro que sin duda alguna encaja en esa tradicion de los "raros" del Rio de la Plata. Quiza esta rareza, dicho sea de paso, tenga que ver menos con la cuestion del canon o la "minoridad" de la que hablaba Deleuze sobre Kafka, que con cierto malestar, muchas veces urbano, en ciertas poeticas del cono sur. Pienso en la presencia de Gombrowicz en la Argentina durante la decada de las posguerra, aunque si duda es algo que se puede dibujar hasta el presente. Has leido a Mario Levrero?

Un saludo, y lo mejor en estas fiestas.

G

Zoé Valdés said...

De acuerdo con lo de Severo Sarduy. Yo creo que Arlt fue sacado antes por Cortázar, antes que lo hiciera Piglia.
Gracias por tu aclaración.
Feliz Navidad.

Gerardo Muñoz said...

Si, muy cierto. Gracias a ti Zoe.
Lo mejor en estas navidades.
abrazos,

G