Monday, December 20, 2010

Pensamiento y vejez


Para Carol, para um pensamento outro

The question to ask should not be: Do we have something in common — reason, self consciousness, a soul — with other animals? (With the corollary that, if we do not, then we are entitled to treat them as we like, imprisoning them, killing them, dishonoring their corpses.)
- J.M.Coetzee, The Philosophers and the Animals



¿Qué es la vejez después de haber ocupado toda una vida en un departamento de Filosofía? ¿Cómo valorar la ruta tramitada de la vida después de sostener en vilo el pensamiento y la transmisión de los nombres sagrados de ese largo y abstracto aliento que conforma la metafísica de Occidente? La vida y el pensamiento estuvieron, en efecto, desligados por mucho tiempo del manejo categórico de la filosofía. En “Inmanencia…la vida”, Gilles Deleuze anota que, sin embargo, nada puede estar más cerca del pensamiento que la inmanencia de la vida, ya que su virtualidad podría actualizar cada momento, cada instancia de ese transcurso entre los límites. La vejez puede ser, entonces, ese umbral en donde el pensamiento, en el momento en que presume detenerse, sigue hacia otra parte que no es la muerte. Se toma un desvío.

La filosofía no es más que la forma de preparación hacia la muerte. Así hablaba Montaigne – quien sin ser filósofo se adelantaba a Heidegger – sobre la condición de una vida observada tras el transcurso de un tiempo que le ha acontecido. La vejez, además de sobrevolar el límite de la vida en relación con el pensamiento, ocurre desde la inmanencia del cuerpo: una vuelta a la tierra (una verticalidad negativa), una muerte dilatada desde lo microscópico. A Leichtenberg le gustaba pensar que la vejez era la enfermedad más económica, y quizá intuía, que era la más modesta. Ya nada se lamenta, sino el solo hecho de haber vivido.

Me fue imposible no reflexionar sobre la vejez cuando por fin cené, gracias a mi querida Caroline, con el Emeritus Prof. Richard Haynes, mítico filósofo del Departamento de Filosofía en la University of Florida. Decir “mítico” aquí no es una ínfula de gratitud o adulación, sino de devolver un modesto símbolo de reconocimiento por aquellos que, durante su larga docencia, le conocieron. Aprendiz de militar durante su juventud, tras cruzar la cifra octogenaria recuerda que ingresó, hacia más de cuatro décadas, al Departamento de Filosofía como Profesor de de materias clásica y griega. Después llegaron los “años brighter” – creo que me comenta. Con lo que alude a lo que ha sido su pasión durante toda una vida: crear un puente, un link, entre los estudios de la naturaleza (fue fundador del notorio Journal of Agriculture and Human Values), y el pensamiento. No fue el único, pero si parte de un grupo de pioneros que, al lado de Peter Singer, comenzaban a abrir el marco epistemológico de la filosofía, hacia un post-humanismo que ahora prestaba la misma atención a Kant y Hegel; que a los cultivos del campo o la ética funcional de los animales.

La revolución post-humanista en la filosofía vacía el campo concepto del pensamiento analítico y comienza desde el grado cero de esas periferias que Jacques Derrida llamó el “logocentrismo”. Pues bien ahí, en la naturaleza o la tierra, en la mirada de un gato o el excremento como abono; también está coagulado la materia para el pensamiento (no solo en la dictadura de cogito). Al fin se ha roto la maquina antropológica que divide la esencia de la existencia, la naturaleza de la substancia, la humanidad de la animalidad.

No se trata de un logro, creo que dice al comentar sobre aquellos años, sino de el “poder ver” (being able to see…), o sea hacer legible el mismo problema filosófico. El pensamiento como forma ver o despojar los pseudo-problemas (el aparato ideológico, seria para Althusser) y replantear un nuevo problema o signo de lo inteligible. Quizá eso quiere decir cuando me comenta, mientras hablábamos sobre Foucault, su paso de la escuela Analítica al campo Continental: “llevé muchos años en la oscuridad, hasta que un día desperté”. Despertar de un vigilia que busca la verdad, para soñar sobre el firmamento de las estructuras, los signos, o el problema que, desde Marx, se entiende desde la dominación. Pero el “despertar” filosófico no es un renacimiento dogmático o espiritual (como en las religiones), sino una variación mesiánica de la propia potencia del pensamiento.

El Prof. Haynes ha perdido mucho en su vida (¿Quién no pierde todo después de ocho décadas de existencia?), pero aun vemos cierto brillo, todo un cosmos, un pose que lleva todo el cansancio de quien ha dedicado precisamente toda su vida a pensar. La imagen a primera vista me sorprende: lleva su rabito de pelo muy blanco y un aro de oro en la oreja izquierda. Puede hablar con dificultad y por momentos parece estar viviendo en el lado agónico de la vida, como si solo quedaran remanentes de la misma. Y no puede ser incierto decir que, en Haynes, solo hay huellas de una vida otra: la vejez como aureola inconsolable de otro mundo que se abre. Recuerdo a De Quincey narrando los últimos días de Kant, un viejo que a través de las páginas se va desintegrando, largado pedazos. Pero en Haynes no hay nada de este patetismo que vislumbramos en la vida de Kant (que tampoco es comparable).
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En su cálida y rupestre residencia de Gainesville, entre Aristóteles y un libro sobre cocidos orientales, la silueta del autor de Animal Welfare se dibuja más lucida que nunca. Ya la representación del filósofo no es solo de aquel que piensa, sino de un anciano que ha pensado alguna vez, y que ha visto en el pensamiento la ceguera de su vida. La imagen que tengo es menos la de un pensador que la de un ser que ha llegado a la apertura sedentaria (el Langeweile que describe Heidegger) de su cuerpo que apenas descansa sobre un silencio descorrido. Todo en el tiempo: aquí, sin darnos cuenta.
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Gerardo Muñoz
Diciembre del 2010
Miami, FL.

*foto: el Prof. Richard Haynes

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