Thursday, January 6, 2011

Historias del Este


El último film del genial director rumano Christian Mungiu, titulado irónicamente Cuentos de la Edad de Oro (2009), reúne seis historias de personas que, durante el régimen Ceausescu, intentan vivir en la intemperie del régimen totalitario. Mungiu, quien ya había ganado el galardón de Cannes con su melancólico largometraje 4 Meses, 3 Semanas, y 2 días, vuelve a explorar las viseras del totalitarismo, aunque esta vez lo hace desde la comedia y el espectáculo. El film pudiese ser pensado dentro de esa nueva corriente post-comunista que nos viene desde el Este, y que no deja afuera imágenes de los periplos de los antiguos países socialistas.

Historias de la supervivencia por una parte, y la frustración de esas utopías que finalmente tuvieron su largo caudal esplendoroso en el desencanto. De ahí mismo parte Mungiu quien nos recuerda, desde el título, que la era de Ceausescu se auto-proclamaba como un gran renacimiento de la vida humana tenia la forma teleológica de una "Edad de Oro" vestida de consignas soviéticas.

El procedimiento que fletan las seis historias de "Cuentos de la Edad de Oro" es precisamente el de descascarar lo dorado o el brillo del aparato discursivo del Estado Rumano. En las seis historias (una fallida movilización comunista, un fotógrafo del Partido, un ladrón de huevos, un policía corrupto, y finalmente dos jóvenes ladrones de botellas), se exponen vidas que, a esperas de la revolución del devenir del Estado, hacen lo que pueden para menoscabar la precariedad de sus vidas. Hay mucha ingenuidad en cada uno de los micro-relatos. De ahí que sea imposible, ante el espectador, juzgar moralmente las acciones de estos seres. Condenarlos a simples ladrones, o modificadores de la realidad. Lo que Mungiu logra en el film es la complicidad - entre representación totalitaria y espectador contemporáneo – que la culpa se vuelque sobre el Estado como agente de la vigilancia e impulsor de las carencias personales.

Si su film anterior, 4 Meses…, retrataban la vida bajo el comunismo desde la pesadumbre de la memoria y ciertos retazos existenciales, en Cuentos… se negocia desde una temática que mezcla lo lúdico con lo abyecto, el carnaval con las consignas socialistas, el poder mantener a una familia y los riesgos simbólicos ante toda una sociedad. Lo que se recoge de estas historias, como leit-motif, como función axiológica entre las historias, es el sistema de creencias ficticias que arman el semblante del propio sistema comunista. Como lo ha visto en varias ocasiones Slavoj Zizek, el socialismo no es solo una represión sistemática del Estado hacia la población (como lo fueron las dictaduras militares de derecha en sus tiempos y como de cierta forma se ejecuta hoy en día en no pocos sistemas democráticos), sino que se tiene que pretender que el Estado representada la bondad y la hermandad, aunque todos sepan que realmente es lo contrario.
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En una de las leyendas más memorables, el personaje del fotógrafo oficial de la nomenklatura del Partido, tiene que enmendar, con su hábil artesanía de las imágenes, un retrato donde el Máximo Líder Ceausescu aparece, en perspectiva, de menor estatura que el político francés Giscard d'Estaing. El trabajo que los siniestros miembros del Partido le encargan al fotógrafo es aumentar la estatura del líder comunista. En pocas palabras, modificar la Historia desde las imágenes.

En esta viñeta fotográfica, se encuentra un buen resumen de la relación entre arte y políticas culturales del comunismo. Puesto que, en la figura del fotógrafo encontramos al típico comisario que toma el lugar del aquel que maquilla la Historia, y que se inserta en la plantilla de un proyecto estético mucho más totalizador y vanguardista que se proyecta, como lo ha visto Boris Groys desde el Realismo Socialista, hacia un futuro de la Historia. Poco importa si el Líder haya sido más alto que su visitante francés; lo importante es, como le recuerda uno de los burócratas del Partido que: "ser más bajo de estatura seria hacer loas al sistema capitalista". Es decir, como símbolo, seria estar por debajo del capitalismo. En las sociedades comunistas, entonces, se tiende a escenificar su mitología de superación desde un artificio imaginario que estatiza la realidad simbólica.

No deja de ser curioso, sin embargo, que Mungiu haya subtitulado estas historias con el neologismo norteamericano de "leyendas urbanas" (urban legends), ya que para aquellos que vivieron durante cualquier régimen del comunismo, no hay mucho de ficción en estas micro-historias, sino realidades que superan a la ficción misma. Otras historias pueden corroborar lo que digo: un innoble policía decide, el día de Nochebuena, sacrificar un cerdo vivo por vía de asfixia de gas. Solo que para luego hacer explotar el apartamento, a causar cierto bochorno en la vecindad. En otra historia, una pareja encuentra el modo más fácil de hacer dinero: hacerse pasar por expertos de una planta química que busca mejorar el suministro de agua potable y de aire fresco. Todo el plan radica en robar botellas de vidrio para luego venderlas en un puesto de reciclaje. Cada historia termina con una moraleja, si bien ficticia, deja a los espectadores con un agrio sabor sobre el destino de esas personas. En más de una forma deseamos ser voyeristas ante el film de Mungiu: queremos saber más sobre los paraderos de estos seres. Queremos volvernos sus nuevos vigilantes.

Cada país post-comunista tiene un racimo de leyendas urbanas: un imaginario por donde los sufrimientos se matizan bajo la vulnerabilidad de la irreverencia. Al ver esta película no solo la he puesto en diálogo con las últimas producciones de Tomás Gutiérrez Alea (Fresa y Chocolate, Guantanamera), pero también con los cuentos horripilantes, que encierran todas las mitología urbanas habaneras, de la Trilogía Sucia de la Habana del escritor cubano Pedro Juan Gutiérrez. Al igual que aquellas anécdotas culinarias (látex que hacia imitación del queso, frazada de piso que se intentaba hacerse pasar por un bistec) que circulaban en la Cuba del Período Especial, en Cuentos de la Edad de Oro, lo insólito del pasado regresa, como un fantasma, en forma de ficción del sufrimiento. Aunque quizá sea éste el único modo de contar las tragedias del siglo desde la condición post-comunista: hacer de ellas un mundo donde la política deviene en espectáculo.

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Gerardo Munoz
Enero del 2010
Gainesville, FL.

3 comments:

IváN said...

No puede ser casual que el photoshop se extendiera por el mundo después de que el Muro fuera derribado. Comunismo y Photoshop juntos hubieran sido un tándem casi invencible y el trabajo de ese fotógrafo lo hubiera hecho cualquier policía. Aunque la verdad es que el capitalismo actual sin protoshop tampoco duraría demasiado... Hollywood, ni te cuento.

Gerardo Muñoz said...

Muy cierto. Algo similar comenta Todorov en su ultimo libro sobre el Totalitarismo. En la posibilidad en que los comisarios o el policia se convirtiese en artista vanguardista. Aqui hay no solo photoshop sino collage, montaje, y otros procedimientos del vanguardismo.

Anonymous said...

Me gustaria ver la pelicula...