Saturday, February 26, 2011

Cine africano y lo sagrado


El más reciente documental del cineasta camerunés Jean-Marie Teno, que lleva de título Sacred Places (2009), puede ser leído como un complejo ensayo de los problemas actuales en la África Moderna y cómo un compendio de la investigación cinematográfica que el propio director ha llevado a cabo durante una obra que se extiende sobre las últimas dos décadas. El filme nace de una pregunta que, según el director, se vuelve una carga para todo artista que trabaja el espacio post-colonial: ¿Por qué haces cine? Fatigado por una consulta que muchas veces esconde, a priori, su respuesta; Teno aquí ofrece parte de lo que seria el comienzo de una discusión sobre la posibilidad de un cine independiente en África y sus percances en tanto a la formación de nuevas comunidades, sujetos, y horizontes otros de la política.

En todo caso, lo que siempre maravilla del cine de Jean-Marie Teno es hacer de la imagen fotográfica un material documental que funciona tanto como revisión arqueológica del pasado y la memoria de los pueblos, como una crítica a la condición contemporánea que tampoco asume la condena directamente hacia Occidente. En la producción de la fotografía contemporánea (pensemos en Steve McQueen o Yto Barrada), la estrategia estética, si se quiere, es anular los espacios comunes que nos ofrece la globalización, y solo así invertir nuevos formas de visibilidad. Pronunciar preguntas más que respuesta, indica Teno. 

Sacred Places documenta dos tipos de precariedad en el curso vivencial de un pueblo como San León (Camerún). En la superficie, el documental recoge la vida de tres personajes inmersos en la vorágine de la “economía informal” en busca de una supervivencia cotidiana. Jules Cesar, uno de los personajes más entrañables del film, es un músico y artesano que se dedica, para poder comer, a confeccionar tambores tradicionales del djembe. La manera en que Teno exhibe la vida del artesano toma una ruta que se distancia de las representaciones folklóricas, multiculturales, o localistas de la vida común de un sujeto africano. De ahí una escena que se dilata más de cuatro minutos, donde la cámara recoge el rostro de Cesar mientras construye uno de estos tambores musicales. El rostro aparece aquí como lugar de lo sagrado, y también como signo que adelanta la precariedad de unas vidas que han sido reducidas a la nuda vida. Solo así es que entendemos lo que está en juego en el filme en cuanto a la significación de lo sagrado. Ya no se trata de un lugar (o de lugares), saturados por la religión, la fe, el misticismo, las creencias ocultas, sino, al contrario, por vidas sagradas que han sido reducidas a su estado de precariedad más extrema. Giorgio Agamben, desde luego, ha sido quien ha expuesto esta economía etimológica de lo sagrado: el homo sacer es aquel quien, en tanto es sagrado, su vida puede ser sacrificada y borrada ante la protección de un soberano.

Mientras las gotas de sudor caen sobre su cuerpo, Julius Cesar nos advierte que solo aquel que suda puede comer. Todo es materia de valor de cambio y trabajo. Y no solo aquel que suda puede comer, sino también aquel que se dedica a mostrar imágenes. Tal es la segunda historia de la narrativa con Bouba, encargado de una única sala de video en todo el pueblo de San León. Allí, mostrar un filme tiene el mejor relieve que ir a un confesión, o doblarse ante el llamado mesiánico de una liturgia. En efecto, la esfera religiosa y la profana coinciden en la sala de video de Bouba. Es allí donde, si en la noche se pueden ver películas de acción de Bruce Lee y Bollywood, en el día el espacio funciona como Mesquita de los más jóvenes. Jean-Marie Teno ha capturado en esta historia la esencia complemente fantasmática del cine, aun si los espectadores se encuentran situados ante una pantalla chica, de poca calidad, y frente a un filme hollywoodense a cual poco entienden. Los rostros en la oscuridad dan la sensación de volver a una experiencia del pasado, en alguna jungla, donde el vidrio del ojo se enfrentaba a la noche abierta. Aquí es la pantalla la que atrae el deseo de espectadores que se encuentra más allá de la lengua y que conforman una comunidad a través de la imagen.

La función del cine que ofrece Jean-Marie Teno se desdobla en posiciones encontradas y en antagonismos no resueltos. De ahí la incomodidad de aquellos que buscan encontrar en el documental una respuesta final al problema del cine contemporáneo africano. O los que instigan, según comentaba Teno durante la presentación de este filme, en torno a su finalidad con el cine en Camerún. La investigación cinéfila de Teno es otra: más allá de un cine independiente, y sobre la hegemonía del cine como mercancía que circula en los mercados trans-nacionales de la imagen; la potencia de la imagen radica, justamente en crear espacios alternos, heterotopias como el salón de video de Bouba que ofrezca películas de otros espacios y que a la vez ofrezca otro tipo de comunidad alterna a las formas-de-vida que continuamente fisura los políticos corruptos, traicionando las expectativas de sus ciudadanos, en no pocos países africanos.

La visión sobre el cine que guarda Sacred Places es entonces ambivalente, como puede subrayarse en la última parte del rodaje donde el propio Teno entrevista a uno de los directores cameruneses, director del filme Buyaa, primer filme africano que se veía en la sala de video de San León. Ahí se explica como el mercado del cine africano es más caro que la propia rentabilidad del cine hindú, francés, americano, o tailandés. Los africanos producen imágenes pero carecen de una esfera de espectadores. Pueden hacer historias sobre sus gentes, pero son justamente las mismas gentes la que no logran ver su reflexión ante el imaginario cinemático. Esta privación elemental es el centro de lo sagrado que, de una manera muy sutil y poética, recorre buena parte de los documentales de Jean-Marie Teno. Es decir, hacer circular, una imagen que antes no vista.

Hacer del cine una de las armas, como ha visto Okwui Enwenzor, del habla de la verdad ante la catástrofe es ciertamente una de los fines del arte post-colonial. Aunque aquí Teno supera este elemento e indica otro designio: hacer cine es también hacer circular la imagen entre una audiencia subalterna, muchas veces privada de su imaginario. Señalando la condición material de la producción cinematográfica, Teno nos vuelve a recordar que, más importante que un mensaje o una imagen, es el momento en que esas imágenes y esos mensajes se vuelven “acontecimientos” ante la masa de espectadores.

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Gerardo Muñoz
Febrero del 2011
Gainesville, FL.

2 comments:

Anonymous said...

magnifique! Je sais Jean-Marie Teno

Gerardo Muñoz said...

Merci!