Monday, February 7, 2011

De los colores del estambre


Más allá de la forma y su monocromía, hay un elemento oculto, muchas veces modestamente evocado, que se instala en las pinturas del artista Sergej Jensen. Inconfundible e innombrable, estas telas nos remiten a sensaciones en cuanto al roce, a lo que se esconde sobre la superficie, entre el límite de la piel y lo otro, siempre entre los espacios de las cosas. 

La exhibición que acaba de estrenarse en el PS1 del MOMA, a cargo de Peter Eleey, hace un recorrido por las últimas veintitrés piezas del artista danés que viene trabajando, desde hace una década, la pintura desde un muy interesante manejo artesanal de las telas. Aunque no es el intento hacer de la obra de arte una escultura con tela, como puede ser el caso del programa del arte povera o del proyecto de Shanibore. La incertidumbre de la obra de Jensen es la forma en que pinta desde la tela. O sea, hace de la tela y de sus contrastes, una de las formas más íntimas de relacionar al espectador con dos esferas completamente perceptivas: donde la visión coincide con el caricia.

La paleta de Jansen, como la de Brice Marden o la de Blinky Palermo, suele restringirse a colores grises que se contrastan, por momentos, con las franjas oscuras que trabajan el espacio de la tela como parches visuales, generando de este modo, una dimensión dúctil poco usual en la pintura contemporánea. Sus pinturas, si bien arraigadas a cierta genealogía de la abstracción que comienza con Paúl Klee y se extiende hasta Nicolás de Staël, suelen hablar menos desde la originalidad de un estilo o una forma, que de un silencio común, práctico, y por secuencia, generosamente democrático. Abierto hacia todos aquellos que poseen la creatividad, o el ensueño si se quiere, de la infancia.

La idea de trabajar alrededor de parches, materiales disímiles de costura, trabajan justamente ese espacio perceptivo que Gastón Bachelard entendía como una de las formas materiales de la imaginación. Si en buena parte de las obras abstractas del siglo XX sentimos desamparo o una rotunda quietud oriental, como suelen ser los inmensos campos de colores de Rothko, en Jansen el espectador nunca es devorado ante el gran cuadro. Lo que es más: aun cuando Jansen ejecuta sus piezas en escala mayor, hay cierta ternura que, si bien muestra la soledad existencial propia de la subjetividad, no acata al desamparo. Abriga, con el color; atrae el discreto deseo de una vigilia.

Una pintura de los sentidos es tan infrecuente en nuestros tiempos que, además de la belleza indecible que representan los cuadros de Jansen, apuesten, en muchos sentidos a reeducar la mirada del espectador. De ahí ese elemento participativo o relacional entre la pintura de Jansen con el espectador emancipado. De este modo vemos un diálogo con varias de puestas en escena que dominan el arte contemporáneo como categoría de la percepción y de la democratización de los gustos. Y es que, si de algo trata la plástica de Jansen, es en no buscar una participación forzosa entre obra y espectador, a la manera de los artistas del paradigma pseudo-relacional, sino mostrar cómo aun puede un cuadro abrirse, desde la quietud, ante el espectador. Dejarlo, por momentos ante un precipicio donde la gramática se traduce a franjas de menor o mayor escala entre colores primarios. 

Una experiencia estética solo puede devenir en una experiencia perceptiva de aquello que no tiene nombre para ser dicho, y que, sin embargo, tiene la capacidad de expresar todo desde los sentidos. Uno de los dones de una pintura como la de Jansen es poder haber concebido una formula para esta repetición de sensaciones. Entre el espacio dúctil y el color se dibuja el umbral donde ciframos su momento pictórico.

El color gris que atraviesa casi todas las obras es muy sugestivo de la sensibilidad escandinava y de un mundo que ha superado las ansiedades de la sociedad posmoderna, justamente porque ha visto con detenimiento hacia el turbio fondo de si mismo. Este fluir cromático no es del todo primicia de Jansen, puesto que ya en las obras de Hammershoi, sobre todo aquellas donde entramos en habitaciones y pasillos desolados, nos encontramos con una reducción total de colores como son el blanco mármol, los lánguidos parches del gris, y un escurridizo negro que deviene muchas veces en tonalidades de azul marino. No es tampoco primicia hacer del color un desagüe sensorial hacia el afuera. De lo que hablamos es de una instancia en donde el color comunica sin ser-allí realmente color matérico, puntual, o vivo. Necesariamente se prescinde del color, ya que es lo textil lo que deviene en lo cromático. Solo esto explicaría, entonces, el fluir de cuadros que, a primera vista, parecerían estáticos. El movimiento ocurre, como en un looping de Douglas Gordon o una pieza descolgada de Arvo Pärt, en la lentitud que se conjura ante nosotros. Una pintura que de momento encubre inextensos misterios, y que no se apresura en revelar signos.

Si bien el arte del pasado siglo se puede definir como un modelo de hacer con algo otra cosa, o mejor, hacer con restos un anti-arte; la finalidad de Jansen no se ajusta propiamente a esta tensión de la vanguardia del collage. Su propuesta, aunque mínima, cobra colores de un proyecto único en estilo: hacer de la pintura, en tanto a que no es pintura, una vértebra de la emoción más allá de cualquier enunciado. Esta pintura, aunque hecha a restos y recortes, no muestra la insensibilidad de su artificio. La abstracción de Jansen, entonces, se devela como un proyecto pictórico que busca dar placer al mostrar formas de ejecución, y que saben callar, y ahorrarse el andamiaje de conceptos. Uno sospecha que será solo así que la pintura encontrará, en la proximidad de su futuro, cabida para atraernos más allá de una conquista fortuita por el deseo, más acá de su despliegue ante el espacio del fuera.

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Gerardo Muñoz
Febrero del 2011
Gainesville, FL

1 comment:

Anonymous said...

Lindo el apunte.

B.