Tuesday, February 15, 2011

La idea del nombre


Para cualquiera que medite sobre lo indecible, vale notar que, de lo que no es posible hablar, el lenguaje perfectamente puede nombrar. Es por esto que la filosofía antigua cuidadosamente distinguía entre el nivel del nombre (onama) y del discurso (logos), considerando éste descubrimiento tan importante al punto de atribuírselo a Platón. En realidad el descubrimiento se ha había ejecutado mucho antes: fue Antítenes quien por vez primera afirmó que para las substancias simples, las primeras causas, no podía habitar el logos, salvo el nombre. Según esta idea, lo indecible no es aquello que sanciona el lenguaje, sino lo que puede nombrar. Mientras que lo decible es aquello que no puedo surgir a través de un discurso, aun cuando falta de un nombre propio. La distinción entre lo hablado y lo no hablado atraviesa, entonces, el interior del lenguaje, como un parte aguas de una cascada.

La sabiduría antigua que, bajo el nombre del misticismo, se asegura que el nivel del nombre no coincida con su proposición toma lugar en esta fractura del lenguaje. El nombre ingresa, en efecto, como proposición, aunque lo que dice no es lo que el nombre ha nombrado. Diccionarios y fatigosos trabajadores de la ciencia fácilmente pueden colocar una definición al lado de cada nombre, ignorando que esta forma presupone el enunciado del nombre. Toda lengua, en cambio, reposa sobre un nombre singular, nunca en profecía: el nombre de Dios. Contenido en las preposiciones, se mantiene necesariamente indecible.

El lugar que adopta la filosofía es otro. Comparte con el misticismo la desconfianza que hace homólogos ambos niveles, si bien no le hace justicia a lo que ya ha sido nombrado. De ahí que el pensamiento no se encuentra en el umbral del nombre, ni de lo sabido, sino en el más allá de otros nombre secretos: lo que se busca, con el nombre, es la idea. Ya que, como ilustra la leyenda judía del Golem, es solo a través del nombre  que lo sin forma, en tanto a que es vida, llega a ser verdad. Y desde que la primera letra de nombre ha sido borrada de la frente de ese terrible famulus, el pensamiento contiene fijando su mirada sobre un rostro que lleva la palabra “muerte” que no logra desaparecer. Lo mudo, que recae sobre una clara frente, se vuelve su única lección, su único texto.

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Giorgio Agamben, Idea della prosa (1985)
Traducción: Gerardo Muñoz
*Imagen: Sleepers, Yto Barrada.