Wednesday, February 2, 2011

La lengua en su vigilia


El cine de Jim Jarmusch es prueba que en Estados Unidos aun se puede hacer cine, y que éste es viable más allá de la factoría ideológica que incansablemente propaga Hollywood. Poeta devenido cineasta, son Stranger than Paradise (1984), Broken Flowers (2005), o Night on Earth (1991) filmes que aun guardan esa infrecuente magia de hacer de la imagen en movimiento una de las artes bellas o una suma poética. Si bien hay poco o nada de bello en el mundo cinéfilo de Jarmusch, como en el del primer Lynch, es la precariedad de estos mundos visuales lo que envuelve personajes y ciudades bajo una constelación de la inoperancia. Aunque los recursos formales y experimentales son mínimos, el logro mayo de Jarmusch se encuentra en la construcción dialógica de cada uno de sus personajes. Tenemos la impresión de que sus filmes están hechos más que para el detalle de la imagen, ciertamente, para ser escuchados. La transmisión de la voz curre, al decir del famoso apotegma en torno al exilio de Joseph Brodsky, desde un mínimo de espacio y un máximo de tiempo.

La negatividad del espacio y la maximización de la lengua converge hacia un eje central en Night on Earth, uno de sus filmes más poéticos, realizado exactamente hace veinte años, y equivocadamente simple a primera vista. Como buena parte de otras tantos largometrajes que dieron lugar al giro posmoderno del cine en la década del ochenta y noventa, el filme recoge cinco historias, todas de diferentes ciudades del globo, que giran alrededor de un conductor de un taxi. Salvo el mero hecho de ser historias sobre taxistas y la banda sonora de Tom Waits, no hay mucho que explicar entre las historias, salvo un presunto dilema que, entrado en la tercera historia, el espectador suele sospechar. En realidad, el taxi se vuelve una alegoría del espacio de la ciudad, y más especifico aun, de la comunicabilidad entre seres que han sido despojados de vinculo de toda comunidad.

No es de extrañar, entonces, que varias de las escenas que abren los microrelatos de Night on Earth dispongan de tomas que rápidamente buscan situarnos en el espacio. Un semáforo, una tienda de una esquina, un basurero con un niño jugando, el billboard de McDonals nos avisa que entramos en La California. O vale simplemente ver los rascacielos y el taxi amarillo para reconocer, entre la neblina y el ruido, nuestra estancia en Nueva York. 
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Como Bresson y la tradición fílmica japonesa, las tomas de Jarmusch, dentro de una riquísima economía de cortes, nos congela en un espacio preciso. Un espacio al que, como Barthes durante su estancia en Japón, solo reconocemos a través del recurso de la metonimia, y desde el silencio de sus signos. De lo inhospitable del espacio, es que Night on Earth nos propone la habitación (eso que Giorgio Agamben en uno de sus libros menos leído ha llamado la stanza), donde el humano encuentra, quizá el último refugio de su humanidad frente al otro. Si el posmodernismo cinéfilo marca la ruina de la totalidad imaginaria, de ese gran significante que interpela al sujeto espectador, aquí presenciamos singularidades que han venido, por coincidencia, a la pura contingencia del clinamen. Sujetos que buscan echar su suerte sobre un taxi amarillo. La ciudad ahora cobra relieves de la entropía, mientras que sujeto se vuelve un átomo inestable.


Y es así que cada historia cuenta, muchas veces desde la ironía o con el abasto del siniestro american black-humor, la vida de personajes que, en cuestión de minutos, comprobamos que pueden ser tan iguales o tan diferentes que nosotros mismos. El concepto de diferencia y repetición en Jarmusch encuentra una validez estructural a lo largo del film. Ya que será el taxi, como lugar heterotopico, en su contorno lo que veremos repetirse una y otra vez, aunque no así el lugar de las vidas que lo habitan por experiencia diferencial. La toma de los cinco relojes que dividen la historia reúne esa dialéctica entre repetición como una unidad formal del tiempo y la diferencia en sintonía con la experiencia. Atinamos solo al lugar, y a las sombras de seres singulares.

Son éstos los ciudadanos en plena deriva de una nación que los ha dejado a la intemperie (“I need to go home, man, fuck” – grita el personaje de NYC en plena avenida de Nueva York), fronteras que han cruzado, o lenguajes que se han visto obligado a dejar atrás.

No es coincidencia que el film esté hecho en 1991, y coteje la realidad, en una de sus historias, de un sujeto post-comunista Helmut Grokenberger, como figura ambulante del deshielo soviético en América. En su historia encontramos las contradicciones de un mundo que ha cambiado – como se anuencia en el propio título del filme – de la noche a la mañana. El filme apuesta, desde un minimalismo diagético, a ver la transición de un mundo en otro desde la cerrar y abrir los ojos. ¿No es esa, en efecto, el momento de la luz como potencia? Helmut, emigrado de Alemania del Este, no solo ignora la lengua norteamericana, sino que maneja un taxi sin saber conducir. Y como él, el film no resguarda otros caracteres ejemplares: una ciega que puede ver, un taxista que esconde una historia tan triste como para derramar un par de lágrimas, o un lenguaraz italiano en busca de confesionario. Una noche en taxi, podemos pensar con Jarmusch, ofrece infinitas posibilidades de acercarnos a un submundo de la lengua que levemente va desapareciendo en la oscuridad de todo el globo.

De ahí que sea sintomático en el cine de Jarmusch hacer del lenguaje una imposibilidad que opera a su vez como potencia. Muchas veces el despertar de la humanidad entre seres humanos hace de la impotencia una fuerza ironica que antecede al corte de circuito entre uno o más sujetos. De igual manera, el taxi no es solo el lugar donde el lenguaje del sujeto cobra el lugar central sobre la imagen, sino también donde la voz (o las multiplicidades de la misma) pueden hacer de la experiencia cotidiana el perímetro de una extraña comunidad.
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Es solo ahí que nos damos cuenta que el taxi es solo el móvil para un cuestionamiento mucho más profundo que un viaje entre seres inconexos. Trasuntes de una experiencia venida a menos. Resumiendo, Night on Earth es la posibilidad del devenir de los lenguajes en una noche que es silencio toda.
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Gerardo Munoz
Febrero del 2011
Gainesville, FL.

3 comments:

Ernesto Menéndez-Conde said...

Magnifico comentario!

Anonymous said...

Gerardo, muy bien tus ultimos ensayos sobre cine. Saludos.

Gerardo Muñoz said...

Gracas a ambos. Hacemos lo que es posible.
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