Monday, March 7, 2011

Amanecer en Tiananmen


“La Revolución no es una fiesta, ni una cena de gala, sino una insurrección, donde una clase derrumba a la otra”. Así hablaron los dirigentes de la Revolución Cultural en China hacia 1966. Son estas también las palabras que Shui-Bo Wang incorpora en la banda sonora de su corto Amanecer en la plaza de Tiananmen (1998), bellísimo trabajo de memoria sobre el comunismo. Fue en aquel proceso de Mao, donde la revolución deviene en autorreferencia y estructura: una revolución es una revolución y no otra cosa.

Aunque chinesca, bien pudiese ser ésta la formula que alentó las revoluciones socialistas a lo largo del siglo XX. “Revolución sin pachanga” por ejemplo, fue su versión tropical, continuada entrada la década de los ochenta en Cuba. Como ha enseñado ya el ensayista cubano Antonio José Ponte, el primer ejercicio de una revolución es suspender la fiesta y la guaracha. Hacer de la vigilia y la noche, una vigilancia a oídas. Donde el baile es suplantado por la organización y disciplina de las nuevas escuadras revolucionarias. En una sociedad que no ha quedado espacio para la risa, la gestualidad revolucionaria ha devenido en consignas, saludos, himnos, y plegarias al Máximo Líder. No hay espacios alternos ni heterotopias, sino una totalidad que cubre todo los espacios y que aglutina.

Esa es la historia  que pone en movimiento el director y artista chino Shui-Bo Wang desde su animado Amanecer desde la plaza de Tiananmen, una poética de la memoria que narra, justamente, ese tránsito del compromiso al desencanto. Contado en primera persona, Amanecer se lee, en efecto, como una autobiografía de un individuo en medio de un proyecto político que quiso construir la utopía. Nacido en 1960, Wang recorre la memoria de aquellos años para mostrar, desde una sinceridad poco usual, sus primeros años de ilusión con la Revolución China, su padre, miembro del Comité del Partido, el gran Mao, y Tiananmen como recinto que simbolizaba el auguro y la promesa del futuro de la Sociedad Comunista.

Es en Tiananmen, espacio total y tugurio de la memoria que regresa varias veces durante el corto con todos sus colores. Tiananmen entrecruza momentos de gran felicidad como de imperdonables tragedias: las masas victoriosas de la guerra contra Japón se superponen con esos años, donde las masas serán acribilladas por el propio ejército chino por órdenes del Partido Comunista. El corto de Wang, compuesto desde una ingenuidad que es solo aparente, es un tratado sobre la traición. En otras palabras, de cómo el comunismo devino en eso que, en palabras de Alain Badiou, resultó en oscuro desastre.

No es del todo accidental que un genial documentalista como Shui-Bo Wang haya elegido el arte gráfico, la pintura, el dibujo, el collage, dentro un complejo montaje, para contar, en brevísimas viñetas, la historia de un país desde la experiencia de un sujeto. En parte porque, desde comienzo a fin, el documental de Wang se lee también como repetición de la propaganda oficial, al menos formalmente, del órgano del Partido Comunista. De ahí que el corto comience con varias imágenes del Realismo Socialista Chino, donde el Camarada Mao aparece bajo el signo del Sol Naciente, arrastrando a su pueblo hasta la victoria de los tiempos. El hecho de ilustrar la memoria a través de imágenes (pinturas, collages, aunque también fotografías de su familia y documentos como el carnet del Partido), dan no solo veracidad al documental, sino también el corte de un telón de apariencias. Por momentos uno tiene la idea de pensar el Comunismo como grado cero de la representación, como modelo total, y no muy lejano del capitalista, como ha argumentado Boris Groys, en tanto a la producción mediática de las imágenes.


No es sorprendente, entonces, que el mismo Wang, voz narradora del corto, compare la masificación de Marx y el Libro Rojo de Mao con Coca-Cola y otros encantos del capitalismo. China, en parte, se enfrentó a dos potencias de igual mesura en tanto a la producción ideológica en las imágenes: Estados Unidos, por  una parte, y la Unión Soviética, por otra. De una forma muy sutil, el filme de Wang deja entrever que la historia de China Comunista puede leerse, además de una historia venida en desastre, como la búsqueda imposible de un tercer lugar entre dos polos de la hegemonía global. Fue también esta temprana “tercera opción” la que alimentó los deseos de la Izquierda, desencantados por los procesos de Moscú y el desapego de los Partidos Comunistas frente a las luchas anti-imperialistas del Tercer Mundo, una mirada hacia el Oriente. Tel Quel, Lazarus, Badiou, Godard, Sontag…ocupan algunos de los nombres que intentaron ver en la China de Mao una salida a una hecatombe que se venia venir con la furia de un tigre de papel.

Y es que buena parte del “descontento” por el Comunismo, según Wang, responde a eventos azarosos, contingentes, o a la pura paranoia del Partido. Anotemos dos. Su padre es arrestado dentro del propio Partido por sospechas de ser un agente incubierto de la Unión Soviética. Una sospecha avalada por su apellido eslavo. El segundo momento tiene que ver con el propio Wang cuando, siendo pionero de catorce años, denuncia una profanación contra Mao en una pared de la escuela, y es señalado como principal sospechoso de tal delito. La narración de Wang tiene mucho en común con la versión de los críticos que ven en el comunismo una versión secular del mito de Saturno devorando a sus hijos. Una revolución que hace de su propia base y raíz de existencia, el nuevo pasto por donde se institucionaliza el crimen y la venganza.

Lo curioso es que Wang no se coloca necesariamente en la figura del hijo traicionado, sino como el hijo que continua siendo hijo en tanto el padre del parricidio no es realmente el padre. En una de las secuencias del final del corto, Wang especula sobre la masacre de Tiananmen, y evoca a Mao como padre que continua protegiendo, desde el cielo, al pueblo chino, traicionado por un Partido Comunista que ha devenido burgués. Un partido que Wang no se limita a señalar sus contradicciones: rechazando las exigencias democráticas de Tiananmen, lanza al país a un modelo mordaz del capitalismo con rostro asiático.

Solo así podemos entender la ambigüedad del acto de mirar el amanecer desde Tiananmen. Mirar el horizonte político desde Tiananmen es imaginar un futuro fuera de las categorías clásicas que han gobernado la política de Occidente, y que hoy se aglutinan bajo la crisis de la democracia. El gran logro de los filmes de  Wang es justamente volver al pasado, a la historia personal, y a la historia del Comunismo, para repensar el futuro de la política. Un futuro que, como podemos aprender en el último montaje del filme, nos depara un amanecer más allá del post-comunismo Chino y del neo-liberalismo Norteamericano.


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Gerardo Muñoz
Marzo del 2011
Miami, FL.

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