Thursday, March 31, 2011

Fidel Castro baja la vista

Las personas de buena estatura acostumbran a inclinar la cabeza: lo necesitan. Sus interlocutores tienden a quedar por debajo de su línea media de mirada y también de escucha; por eso precisan en general bajar así sea levemente el mentón, la mirada, arrimar la oreja, escorarse por cortesía. Después el gesto, al igual que tantos gestos, les va quedando incorporado (literalmente incorporado: metido en el cuerpo), y por lo tanto pueden perfectamente llegar a adoptarlo inclusive cuando no les hace falta.

Este caso, por ejemplo: el de Fidel Castro con Ernest Hemingway. 

Para escuchar lo que le está diciendo Hemingway, que es otro grandote, no parece indispensable que Fidel Castro incline la cabeza. Que lo haga, como lo hace, así sea nada más que en un instante, en ese instante que la foto, por ser foto, descubre y captura, viene a poner en evidencia el aspecto tal vez decisivo de la escena, su motivo si se quiere, o incluso más: el propio hecho a fotografiar. Y que sería, según el gesto descubre, ni más ni menos que el hecho de que no es Fidel Castro el que habla, sino el otro; que Fidel Castro solamente escucha, escucha lo que le dice Hemingway. Habla el escritor, y el Comandante atiende. Fidel Castro, el verborrágico por antonomasia, el que dice siempre más y gesticula siempre más, calla, atiende, oye, asiente.

Hemingway sabe que un fotógrafo los enfoca y los retrata; de hecho, mira a cámara en ese preciso momento. Hemingway tiene conciencia de fotografiado. Fidel Castro, en cambio, no mira para nada. ¿No mira porque no sabe, o no mira porque ya sabe? ¿No mira porque no se entera, o porque estaba enterado desde antes? Acaso sea Hemingway aquel que, de los dos, se deja sorprender por el fotógrafo. Y es quizás por eso, porque se sorprende, que no puede sino mirar.

Es un día de pesca, un día de mar, lo que reúne a estos dos hombres: al autor de El viejo y el mar y al héroe consumado del Granma. Un día de pesca, de deporte y competencia, el 15 de mayo de 1960, se les ofrece como punto de contacto: un posible espacio en común. No por eso, sin embargo, eso mismo que hacen los dos, eso mismo que comparten los dos, va a tener el mismo sentido para uno y para el otro. Para Hemingway representa una forma de salida a la acción; si se quiere, una aventura. Una prueba de vitalismo, de esas que periódicamente hay que ejercer si se quiere refractar la imagen del escritor apocado, en repliegue, inhibido, anclado en puros papeles. Hemingway sale a pescar, va a la pesca de más experiencias. Lo esperan el mar, el aire libre, la destreza y el esfuerzo físico. El 15 de mayo de 1960 es para Hemingway un día de plena actividad. Para Fidel Castro, hombre de acción, es un día de descanso: un día para distraerse por gusto de recreación, un día, por qué no, de placidez, de merma en las exigencias del cuerpo, un día de distensión.

En la foto consta esa disparidad: consta en las gorras, en las viseras. Porque la gorra que lleva Hemingway es la gorra del escritor dispuesto a salir al sol, a la intemperie, a la sal del aire, a la peripecia. Pero esa otra gorra, la de Fidel, la gorra verde oliva del guerrillero, la gorra verde oliva del camuflaje del combatiente, esa otra gorra tiesa a la que, en la imagen, parece ir a tocar, modifica su sentido de manera incuestionable.

Una barba es blanca, lacia, ondeada hacia fuera, espesa; y en la foto de Salas significa: la experiencia. La otra barba es crespa, oscura, decidida, colectiva; y en la foto de Salas significa: la Revolución cubana. El botón de la camisa de Hemingway: desabrochado. El botón de la camisa de Castro: botón fijo, de charretera, que no admite desabrocharse.

El cuello de la camisa de Hemingway: mal doblado. El cuello de la camisa de Castro: perfecto. Anteojos en el escritor, pero no en el guerrillero: es lo que dan a esperar los prejuicios y los estereotipos. Si es regla, se verifica. Pero en completo desvío. Porque los anteojos de Hemingway no vienen de la lectura ni sirven a la lectura. Lo que lleva son anteojos de sol; ágiles como su montura y eventualmente como su portador. No son anteojos de leer o de escribir; al revés, al contrario: son los anteojos del que deja de leer o deja de escribir, se los pone el que va a salir a vivir lo que sea que el día depare. Dos cosas, si no más, ha querido deparar este día: una larga competencia de pesca en la ciudad de La Habana, y un encuentro con Fidel Castro.

Fuera de cuadro, fuera de esta foto, es decir en otros cuadros, es decir en otras fotos, se ve a Fidel con anteojos. Anteojos de inacción (gruesas lentes, grueso marco) llevados por el hombre de acción (Woody Allen, en Bananas, se detuvo en el detalle). Así aparece Fidel, como extraño insurrecto muy miope, en imágenes diversas. Hay una en particular que convoca también la pesca, pesca compartida con otro Ernesto: Guevara, y que pertenece a Alberto Korda. Los aparatosos anteojos de Fidel Castro se destacan en esa foto saliendo del borde de la cara. También en esa escena Fidel aparece escuchando. Como están sentados, sentados con mar al frente, las diferencias de altura entre ambos se desvanecen. A pesar de eso, o en razón de eso, vemos a los dos inclinando la cabeza.

El estampado de la camisa de Hemingway provoca un efecto hipnótico, especialmente en el tramo que queda algo fuera de foco. Importa ahora, en la foto, para nosotros; pero no en el lugar, el 15 de mayo de 1960, por lo mismo que ya ha quedado dicho: que Fidel Castro baja la vista.

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Martin Kohan
Febrero del 2011
*Originalmente publicado en el espacio de Eterna Cadencia.

2 comments:

Anonymous said...

que bueno que esta esto!

Anonymous said...

BRILLANTE