Wednesday, March 9, 2011

Mao es nuestra arma


El corto Palabras del Dirigente Mao (1967) del cineasta experimental Harun Farocki, en cooperación de Helke Sander y el miembro de la RAF Holger Meins, condesa en apenas dos minutos todo el imaginario de la violencia revolucionaria de la década de los sesenta y setenta.

 “Años de plomo”, “Guerrilla urbana”, “Lucha contra los tigres de papel”, como sea que se le quieran llamar a aquellos años, hablamos de un síntoma recurrente: la juventud descontenta lanzada a las calles cuyo fin perfilaba una salida de los rezagos de un joven neo-liberalismo. Una violencia que, justificada desde el maoísmo o las luchas del tercer mundo, se oponía a una lucha de mayor escala, estructural e invisible, del propio sistema capitalista. China significó para estos jóvenes, no solo una salida tanto de la crisis generacional del capitalismo como de las contradicciones del Marxismo Soviético, sino la formulación de un nuevo devenir revolucionario cuya subjetividad pretendía a los visos eternos de la juventud.

Mao se convierte en la nueva arma de la juventud en la lucha contra el Imperialismo y el “revisionismo” de Moscú. En La Chinoise (1967, Jean-Luc Godard), Guillaume esgrime, contra los soviéticos, que la verdadera guerra hoy se entreponía entre Vietnam, China y Estados Unidos, y no, como cierta ideología le gustaría ver, entre la Unión Soviética y su contraparte capitalista. Forjados en dos imperios, el Maoísmo significó un imperio menor, de ahí la categoría de Deleuze, cuyo centro, justamente por la geografía alterna, surgía desde la periferia y lanzaba su flecha hacia Occidente.

Es la flecha que sale de Pekín cae en París o Berlín queda coagulada en el dardo de Palabras… Justamente hecho de palabras. Literalmente. Lo primero que maravilla del documental de Farocki y Meins es la composición artesanal, desde el montaje, que hace de la lectura un arma de la violencia política, hasta las bolsas que los monarcas de Irán ajustan en sus rostros. Construir un dardo con una de las páginas desgarradas del Libro Rojo de Mao, es lo que arma una narrativa lúdica que pone en evidencia la manera en que el arma contra el sistema es la palabra.  

Al fin de cuentas, el corto puede resumirse de la siguiente manera: mientras la banda sonora lee fragmentos de Mao en alemán, un guerrillero encapuchado, sentado en una mesa, dobla un avioncito de papel con una página del libro, le pega una aguja en la punta, y lo lanza hacia su blanco. La secuencia más lograda de los 2 minutos es aquella en la cual Farocki persigue el recorrido veloz del dardo de papel hasta ver cómo se incrusta en el rostro del Sha de Irán, centro de la diana.

Escribir y apuntar, para los jóvenes de aquella época, era una y la misma cosa. Los escritos de las catacumbas de Rodolfo Walsh y Ulrike Meinhoff, hace del tiroteo una radiografía de la escritura de la violencia, y de la violencia un nuevo método de escribir la historia del presente. En efecto, el petit documental de Farocki tiene correspondencias con el cine de base de Raymundo Gleyzer y su grupo. Ningún intento ha superado aquellos ademanes que buscaron hacer de la cámara cinematográfica un fusil en ráfaga. De ver cómo la imagen de la revolución podía también apuntar hacia la revolución de la imagen.

Es curioso el reiterado interés de no pocas guerrillas de los años de plomo de hacer de su propia imagen algo indestructible, reproducible, y por consiguiente inmortal. La dialéctica de la cámara y el fusil era también un modo de hacer síntesis una imagen para la posteridad.

Disolución entre imagen y guerrilla implica otro orden de la práctica, no ajeno a la esfera del deseo. Chaquetitas de cuero, bigotes y patillas, mocasines, o lentes de sol, hacen de la mercancía una parafernalia centrada en la construcción de esa nueva subjetividad revolucionaria. El filme de Harun Farocki se exhibe como documento construido a partir de aquellas exigencias, donde el discurso de la violencia no era del todo desigual a las fiestas o las orgías juveniles. Quizá es ahí donde encontramos la renovación más singular de los jóvenes de Occidente en tanto al pensamiento de Mao Zedong. Si para Mao no había cosa más alejada de la revolución que una fiesta, para estos jóvenes el Maoísmo tenía su homólogo en una parrada nocturna, carente de disciplina y formación. La revolución de la imagen suplantaba una revolución de substancia.

Tumbar a un dirigente con un dardo es, desde un primer momento, una imposibilidad. Imposible de la misma forma que una guerrilla es imposible para un cambio. Pero un dardo marcado con las palabras del Libro Rojo, buscaba mostrar que la teoría solo es legible desde una acción específica y concreta. Abrir fuego contra el enemigo era el primer paso y requisito para iniciar el orden de lo político.


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Gerardo Muñoz
Marzo del 2011
Miami, FL.

1 comment:

Anonymous said...

Oyeme, lei el articulito sobre Wisconsin en diariodecuba y esta buenisimo. Gracias.