Tuesday, March 29, 2011

Violencia en circulación


La violencia que se ejerce en mucho de los regímenes islámicos del Medio Oriente no solo conduce su poder contra la Modernidad y el devenir de un sujeto democrático, sino también opera contra ciertas particularidades, o formas-de-ser que, como todo régimen que se auto-legitima a través de la brutalidad, hace de su tejido social la zona de una batalla.

De cierta especificidad femenina es que trata el filme El Círculo (Dayereh, 2000) del director iraní Jafar Panahi, galardonado, hace ya una década, en el prestigioso festival de Venecia. En el filme de Panahi se plantea el problema de la violencia desde la subjetividad femenina, e intenta reflexionar sobre la polémica en tanto a la representación de la violencia sobre los cuerpos femeninos. Sin tomar una posición de determinación binaria, lo que primero llama la atención del Círculo es la manera en que la violencia, en efecto, se hace visible desde su negatividad como espacio que des-representa como estrategia para delinear un régimen de prácticas en el orden de los cuerpos sociales.

Ya lo vemos en la primera escena del filme cuando, por casi dos minutos, Panahi opta por la abstracción total de la pantalla oscura, mientras superpone en la banda sonora el lamento y los gritos de una mujer que da a luz  y que condena su parte. ¡No puede ser, es una niña!”. Así se abre el filme y se dibuja lo que luego seria el derrotero de la película en tanto a la malla de historias que, entre mujeres, encierran un mismo destino. Un destino que, amen de marcas sociales o domesticas, está marcado por la bio-política de un contexto pre-determinante: el ser mujer, con solo nacer desde la diferencia masculina, se vuelve el acontecimiento originario que condena y reduce la vida política a la vida nula, la posibilidad de un futuro hacia la perpetuidad de una condena a la dominación social e interpela los cuerpos.

El orden de la mujer en el filme de Panahi entra en el marco como una nueva economía del ámbito social. Las mujeres caminan por las calles, con sus atuendos, mirando hacia todas partes, cabizbajas frente a los hombres. Van a las tiendas y los bazares para comprar mercancías que se le son negadas y que las homogeniza. “Todas las mujeres son iguales” – le dice uno de los vendedores a una de estas mujeres mientras ella mira un decoroso vestido. La mujer, como construcción excepcional de este régimen policial, se determina en tanto a espacio y su relación sobre el mismo. De ahí que veamos, durante toda la película, caminatas que toman la forma de persecuciones, rumbos sin ningún sentido, ideas y vueltas de una madre que, por no tener que comer y por miedo familiar, abandona a su niña en una calle más cercana, mientras se esconde tras una fila de carros de la cera del frente.

La ciudad, como espacio social, se apodera de estas mujeres y las lanza hacia una imposibilidad que carece de absorbencia y destinatario. Como en los laberínticos personajes de Kafka, las mujeres de este filme, circulan bajo el signo de la condena y la repetición, sobre una maqueta que ha sido diseñado para impedirles acceso a los bienes más comunes, como puede ser fumar un cigarrillo o llevar una vida honrada. El espacio es el núcleo de la violencia no porque sea allí donde se comentan los crímenes, las torturas, los abusos, o las vejaciones; sino porque es allí, donde el poder opera de una manera, al decir de Graciela Montado, de microfacturas, reapropiando elementos – la lengua misma – de las prácticas culturas más comunes.


Más que violencia, el filme de Panahi demuestra que lo que está en juego es la cuestión del poder y su representación en tanto a la mujer. La violencia, en más de una forma, es el poder que ha entrado en una crisis que, como ha visto Hannah Arendt, suele ser costosa y desorganizada. La violencia sistémica, invisible y operativa desde la zona de los cuerpos, es de la que se ocupa Panahi para narrar, con aliento metafísico, las ordalías de la mujer en la modernidad fracasada . Al dejar fuera del marco la violencia física contra el cuerpo femenino, se desliza una crítica mucho más mordaz y siniestra: el espacio de lo político es el medio de un poder que regenera funciones aceptadas desde las normas sociales. No solo la mujer no aparece maltraída en el acto – a diferencia de algunos documentales de Theo Van Gogh – sino que la mujer aparece abandonada, olvidada, corrida hacia fuera del marco. Expulsada de su misma presencia .

Formalmente, El Círculo es la continuación del estado de excepción, a través de los medios visuales. En el primer personaje de las múltiples historias que se unen en una especie de ida y vuelta, damos cuenta de un recorrido circular que va desde el negocio de un negocio ilegal, hacia la paranoia de la persecución. En una secuencia dentro de un interior con escaleras circulares, esta mujer detiene su mirada continuamente hacia fuera del marco, haciendo previsible no tanto que allí existe otro espacio de lo social, sino que ella, como sujeto de la política, ha sido excomulgada de la comunidad, o sea, de lo que ella mira allá fuera. Orquestado por el magnifico uso de edición a cargo del mismo Panahi, las mujeres de la urbe habitan, diríamos a partir de Giorgio Agamben, un contaste dentro y fuera de la ley y de la norma, de los derechos y las torturas, de la soberanía y la no-parte, de la separación y la exclusión de la política.

Si la violencia circula entre estas categorías del “Estado de Excepción”, es el espacio lo que delimita la ausencia y la operación de la exclusión. Siguiendo el enmarcado como técnica para superponer capas de significado, estas mujeres aparecen, la mayor parte del filme, detrás de ventanas, cortinas, rejas, o vidrios de carros. No es solo la distancia en el espacio mismo de la operación política, sino a través de la representación, el filme logra reproducir la exclusión desde la misma filiación entre la excepción y el espectador desde afuera. Negar proximidades consigue, desde la teorización del marco según Panahi, repensar la cuestión de la violencia y su representación cinematográfica.

La violencia que se hace visible difiere de los colores sombríos de un mundo como el de Theo Van Gogh o Margaret Atwood. Se desplaza el problema de la violencia sobre el cuerpo hacia una violencia mayor que radica en el corazón mismo del marco jurídico y de la vida política de occidente. El Círculo encierra, entre otras cosas, una lección fundamental para aquellos que quiere ver en el Otro, la justificación de ciertos autoritarismos. Todo aquello que atente sobre la contingencia de la vida y que encierre a determinado sujeto en un espacio, parte de un ejercicio inicuo de suspensión que, bajo el signo de ordenar o preveer un conflicto, lo perpetúa por otros medios. La inherente circulacion de poder excluye no solo a mujeres o contextos específicos. En potencia hoy todos somos parte de esa economía siniestra que hace circular nuevos dispositivos de control.

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Gerardo Muñoz
Marzo del 2011
Gainesville, FL.

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