Monday, April 11, 2011

Bestias y post-humanismo


Los recientes estudios sobre la relación entre lo humano y lo animal ya constituyen, según los índices más de varios manuales interdisciplinarios de la academia norteamericana, una propuesta teórica que atraviesa buena parte de las marcos  contemporáneos del saber. La antropología y la ciencia cognitiva, la filosofía y la lingüística, la literatura y los estudios culturales, han hecho de este vínculo uno de los soportes analíticos por donde pensar la condición post-humanista. 

Si bien el llamado movimiento de liberación de animales comienza bajo cierta cartografía política en pensadores como Peter Singer y Richard Haynes, cuyo proyecto buscaba politizar el debate; el tema de los animales en la humanística reciente ha mermado hacia una un modelo de culturización que, en busca de la mediación entre hombre y animal, tiende a dejar un lado la vida del animal como función política. 

Tal fue la comparecencia de la profesora Adrianne Martin de la Universidad de California quien dictó recientemente una conferencia titulada “Cervantes and Animals Studies”. Enmarcando el asunto desde la humanización de la bestia, la discusión dejó a un lado la importante diferencia existente de la proximidad como a prori entre el hombre y el animal. Partiendo de las publicaciones más comunes de la cultura sobre animales en Estados Unidos, Martin discutió la indiscutible importancia de estudiar la historia de los animales y las mascotas. Sin embargo, daba la impresión durante su ponencia que su visión quedaba reducida a ciertos límites afectivos por animalitos domésticos, hechos para suplir el deseo burgués o la fantasía de aquel multiculturalista, ahora devenido animal-keeper, que se desentiende de problemáticas mucho más serias que sin dudas se encuentran en el centro de la discusión animal-hombre.

No basta con estudiar la condición de los animales y pensar su naturaleza en tanto el hombre como eje axiológico como base de dependencia epistemológica. Del bestiario medieval pasado por Descartes y Locke, el animal se ha pensado como suplemento y límite negativo de la subjetividad moderna. Dentro de esta “maquinaria antropológica” que divide el ser y el animal, como ha estudiado Giorgio Agamben, es donde el análisis post-humanista debe buscar la articulación de un nuevo pensamiento. Agotadas las categorías tradicionales del saber entre animal y el sujeto, para Adrianne Martin el animal tiene que ser representado, comunicado, y colocado en el centro de la experiencia humana. 

Sugiriendo el Coloquio de los perros de Miguel de Cervantes, la Prof. Martin intentó convencer de una idea que no terminó desarrollando del todo: la invitación a leer a Cervantes desde sus animales. Allí están – nos decía con esmero, Rocinante, Berganza y Cipión, y algunos gatos que habitan a lo largo de la literatura cervantina. Leer la literatura como zoológico implica, una vez más, encerrar lo no-humano dentro de categorías externas, enjaular, y encontrar diversión mientras se fomenta la barrera que divide. El propio hecho de lanzar una búsqueda, como aquel que entra al texto como si fuese un coto de caza, en palabras de Giorgio Manganelli, es regresar al espacio simbólico de la violencia que el hombre perpetua contra el animal. Humanizar la bestia, darle forma y nombre, no es menos violento que llamarle bestias, y sacrificarlas sobre el bastión de la literatura.  

Leer a Cervantes desde el post-humanismo plantea no pocas dudas en tanto vida y representación del animal. ¿Cómo abordar el hecho que, en la obra de Cervantes, los animales tengan nombres propios, hablen la lengua castellana, o se comporten como humanos en cuanto a sus gestos? ¿No es la humanización de lo animal, aun bajo el signo de cierta eticidad, una nueva forma de violencia? ¿No es nombrar al animal volver a repetir el mecanismo de esa máquina antropológica occidental que busca delimitar ser y animal? Aún cuando los perros cervantinos toman el lugar central en la obra, ¿no es la esfera que habitan puramente ideológica? En otras palabras, se les impone una lengua que no suya o simplemente se les domestica en una espacie de adoctrinamiento civilizatorio que reduce, una vez más, la relación vertical entre humano y animal. 

La estudiosa Adrianne Martin, por último, habló de la normatividad del post-humanismo en tanto a los afectos sobre los animales, reduciendo así, el estado violento y natural de no pocas especies del reino animal. Intentar ver la paz en la violencia inherente en el animal esconde, con forma alterna, una mirada humana, exotizante, que busca no encontrarse con la naturaleza de la bestia. Desvestir el animal, traerlo a casa, darle a amor; se convierten en gestos afectivos a los que uno no puede negarse en la práctica, pero que pierden de vista, en teoría, el fenómeno relacional entre la experiencia animal. 

Entender el problema del animal comienza, de alguna forma, deduciendo justamente la proximidad que existe entre el yo que habla, ese ser-allí de la experiencia actual. El animal, por contrario no es razón, sino algo próximo, entendido como vida y cuerpo fuera de la esfera semántica. Quizá Joseph Beuys entendió mejor que nadie esa proximidad cuando, en su performance I like América and America likes me de 1974, se encerró durante tres días, con ropaje chamanístico, en un cuarto junto a un coyote. La plenitud de la convivencia y la violencia de ciertas distancias. En ese vacío de la lengua y en la proximidad de dos experiencias, es donde podríamos comenzar a pensar sobre una subjetividad más allá del abismo que clausura la animalidad de lo humano, y la humanidad del animal.  

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Gerardo Muñoz
Abril del 2011
Gainesville, FL.

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