Sunday, April 17, 2011

Demoler la Historia


De toda una serie de estructuras que se han venido cristalizando en lo que Andreas Huyssen ha llamado la cultura global de la memoria, quizá la más radical de todas no sea la modalidad de movimiento del counter-monument o la teoría inversa de los negative memorials, sino un gesto total hacia la atomización de los monumentos. En este impulso del pensamiento, no basta construir un memorial que se destruya en si mismo (Jochen Gerz), o una estructura negativa (Hoheisel); estos gestos se quedan cortos ante la dramática radicalidad que propone el  Zermahlene Geschichte (Proyecto de la Historia Demolida) de Horst Hoheisel y Andreas Knitz.

La idea tiene su origen cuando el parlamento alemán decide abrir la competencia oficial y recibir propuestas para la construcción de un Memorial que conmemore las victimas judías del Holocausto en Berlín. Hoheisel y Knitz de manera reflexiva apuntaron que no había manera de construir un memorial para honrar a las victimas de tales atrocidades.

Todo lo contrario, la única forma de cumplir con unos parámetros éticos y críticos era destruir un monumento nacional que representará la maquinaria que forjó el aniquilamiento de comunidades judías enteras en Europa. Su idea argumentaba: “instead of building a national memorial for the murdered European Jews, one should tear down a national memorial, namely the Brandenburg Gate, pulverize it and spread the dust over the site of the proposed memorial.” El jurado, por una parte asentía hacia las reflexiones de Hoheisel (imposibilidad, eticidad,  políticas de la memoria), pero por otra parte no estaba preparado para tal  movimiento de implacable destrucción en el mismo corazón de Berlín. Sin embargo, alrededor de 1997, la idea de la pulverización aparecía más factible. No precisamente en la entrada de Brandenburg, sino en unas barracas provisionales que habían sido construidas para la Gestapo en 1936 en la ciudad de Weimar y que después de la guerra albergaban el Thüringische Staatsarchiv. La municipalidad ya había considerado la demolición de las estructuras en 1990, y Hoheisel y Knitz fueron convidados para realizar/eliminar su proyecto.


La idea no solo trtata de demoler y recordar a las victimas mientras se formula un plano para iniciar una especie de trabajo de memoria, sino más bien, en palabras de Hoheisel, “aprovechar esta conjunción de elementos y hacer de la demolición una performance”. ¿Una performance de buldózer, escombros y basura? La idea expone una geometría precisa: destruir un lugar de tortura, documentar y archivar su destrucción. Realizar con los escombros (y en el mismo espacio) otra estructura: un lugar de conmemoración, de rememorar a los fallecidos desde la negatividad y el vacío total de las huellas. La destrucción se documentó, los restos de los edificios se molieron y fueron reducidos a fragmentos del tamaño de un puño humano: piedra, concreto, madera, compuestos.

El archivo de Weimar, -Thüringische Staatsarchiv-, remitía a la ciudad de las letras: las cartas de Goethe, los dibujos del Bahaus, y los registros del campo de concentración de Buchenwald, fueron trasladados a una nueva biblioteca subterránea. Esta se construyó en el lugar exacto donde yacían los viejos cuarteles de la Gestapo.

El visitante no sabe que pensar. Los restos molidos han sido esparcidos sobre toda el área donde anteriormente se encontraban los edificios y sirven como base para que el espectador camine, a la vez ejercite su protesta, su dolor, y hasta su curiosidad. Se han diseñado pequeñas ranuras en el suelo (ventanillas) con vidrio de resistencia para poder observar los estantes del archivo, mientras se camina al rededor. Sin duda uno de los memoriales más extraños en el mapa de la memoria. Dos de los contenedores que se usaron para sostener los restos de la demolición aun presencian la multiplicidad del aquí y ahora en Weimar.   

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Juan Felipe Hernández
Northhampton, Mass. 
Abril del 2011
*imagenes: cortesia de Horst Hoheisel y Andreas Knitz.