Thursday, March 31, 2011

La guerra repetida


El joven cineasta Georg Kozulinski, director de más de una decena de cortos y películas underground, proyectó el pasado viernes su más reciente proyecto que lleva de título A Highway called 301. Un ensayo en movimiento que, entre la antropología y la reflexión cinematográfica, teje líneas centrales de cómo poetizar el presente bajo las sombras de las ruinas.

En este documental, escrito por el mismo, Georg hace del viaje por la carretera 301 otra de esas exploraciones fantasmagóricas de los restos. Ciudades abandonadas, automóviles oxidados, tiendas vacías, o puertas que alguna vez estuvieron cerradas, son captados por una imagen que revela la invasión de la naturaleza sobre la materia. De alguna forma, el filme 301 se proyecta, o quiere ser leído, como una larga vigilia del sueño americano. De ahí, no hay dudas, las múltiples apariciones y comentarios sobre la función de los billboards en la carretera como propaganda visual que detiene el movimiento de la imagen cinematográfica. Pero una vez abandonados y roídos por el tiempo, ¿para quién realmente están hechos estos grandes letreros, cuyos mensajes, más que para humanos, ahora solo pueden ser leídos por los propios muertos?

Recordando imágenes del Alain Resnais de Noche y Niebla o Las estatuas también mueren, lo que viene estudiando Georg en buena parte de sus filmes es la manera en que la imagen puede recuperar la pérdida, los restos, las huellas, y todo tipo de material (él le llama tótem aleatorios) que abunda por los círculos de un paisaje extraviado.

Es allí donde podríamos encontrar, quizá inferimos del discurso que despliega la banda sonora, el lugar del último hombre en la tierra. Remanentes que, en vez de habitar en la memoria, conformaban un archivo de la propia materialidad de las mercancías. Una autopista, en otras palabras, tiene la forma de un enorme basurero, por la cual el arte retoma su función de seleccionar y rastrear una vida en tanto los restos que recuerdan una vida dañada y una comunidad que tuvo presencia allí, en otro tiempo y espacio. La carretera se vuelve una ventana para ver el paisaje vencido por el tiempo y el hombre, el dinero y las ilusiones, y quizá, como en las ruinas, de una guerra que nunca tuvo lugar.


A Highway Called 301, sin embargo, le sobra el discurso filosófico que el director yuxtapone durante el recorrido sobre el territorio. El filme tiende, en varias ocasiones, a un didactismo que intenta esclarecer la complejidad poética de los restos visuales. La explicación meta-narrativa durante la primera parte del filme teoriza desde un exterior que, de la misma forma que se nos cuanta sobre las vallas publicitarias, hace agujeros en la secuencia de las imágenes. Nos detiene (y entretiene), en su especulación antropológica y deconstrucionista, pero sentimos que de alguna forma la imagen central en el filme, se sacrifica ante el panteón de la teoría. En este exterior de la imagen en secuencia, nos sentimos inundados por un discurso que quizá, de otra manera mucho más sutil, el espectador hubiese podido emendar al rodaje cinematográfico.

Buena parte de los filmes de Georg Kozulinski tratan la incomodidad de la cultura americana, del consumismo y la publicidad, el dinero y la utopía de la familia, de fin de la naturaleza y de la guerra. El corto que más llama la atención de toda producción es el experimental Fragments of an endless war (2008), donde se aborda el tema de la guerra en apenas cinco minutos. Es un corto que cuenta la historia de la guerra desde la historia de la repetición sin diferencias. Tomando como punto de partida la idea de la repetición en tanto a la circulación del capital, Georg crea un verdadero espectro del capitalismo a sus dos formas dominantes: como figura de la circulación y del trabajo, y como destrucción durante su fase “imperialista”, al decir de Lenin, que marca la prolongación por vía de guerra.

El filme abre con una imagen de solo segundos: un empresario o business-man de Wall-Street, caminando, y vestido de traje y corbata. Durante un looping de varios segundos ominosos, entra la segunda secuencia al plano de dos soldados – ¿Vietnam? ¿Napalm? – caminando sobre un derrotero de la destrucción. Luego, se nos da otra imagen: una suerte de niño epiléptico agitándose dentro un carro americano. Estas imágenes datan de los años cincuenta, cobrando así más sentido y fuerza a luz de nuestro presente.

La ausencia del discurso directo, hace que las imágenes narren por si mismas, y que den prueba que la guerra no es solo ese “espacio nebuloso”, como quería Clausewitz, sino el propio espacio de la subjetividad. De modo que la guerra no comienza en el campo de batalla, sino en la explotación del trabajo de las fábricas, la especulación de Wall-Street, y le período infantil de la vida norteamericana. La selección de estas imágenes encontradas – como muchas veces suele trabajar Georg Zuloaksdi – dota al corto de un poder ensayístico que denuncia la destrucción desde las condiciones objetivas de la economía y la energía psíquica qua sistema capitalista.

Highway 301 y Fragments of an endless war evidencian que Georg puede trabajar no solo diferentes magnitudes y temas, sino que tiene la habilidad de colocarse en diferentes registros y mediar entre dos tipos de movimientos. Si en el primer filme, entramos a una fantasmagoría de los restos de una topología en el tiempo, en el corto sobre la guerra, se pide que el espectador gane conciencia, milite, se desprenda de su inactividad y actúe sobre los continuos desastres que gravita sobre la imagen de violencia. Si en el primero presenciamos el fin de un mundo, en el segundo la guerra es éste aquí y ahora que invade todas las formas de vidas y sus manifestaciones sociales.

De ahí que la guerra sea, de partida, otra forma de la repetición. La guerra, bajo el signo del imperialismo, no tiene un fin, salvo su misma circulación. Repite la forma de los antagonismos sociales, como también el deseo que habita en el imaginario cinematográfico. Los filmes de Georg logran transmitir un deslumbre que se posiciona entre el conocimiento de un espacio y la repetición que hace de la catástrofe algo tan material como la propia imagen.

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Gerardo Muñoz
Abril del 2011
Gainesville, FL.

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