Saturday, April 30, 2011

La salida de la noche


La Feria del Libro de Buenos Aires fue sacudida por intensa polémica entre varios intelectuales argentinos, a propósito de la invitación oficial al escritor Mario Vargas Llosa como presentador en la conferencia inaugural del evento. Horacio González, director de la Biblioteca Nacional y miembro del conocido grupo peronista Carta Abierta, redactó una carta, apenas cuarenta líneas, donde se oponía a la presencia de Vargas Llosa. La epístola volvía a vertirse de arpón político. Carta que los medios, respaldados por los matices del consenso y el poder corporativo, quisieron ver con recelo y como un acto de censura, treta contra la libertad de expresión, y por extensión como la forma por la cual el actual gobierno de Cristina Kirchner sacudía y expropiaba las libertades civiles contra el gran Premio Nobel.

Para los que siguieron con atención la polémica de Horacio González en la televisión argentina, el llamado de retirar la dicha por orden de la Presidenta, y la entrevista posterior de Mario Vargas Llosa sobre populismo y neo-liberalismo al periódico Página/12, no es importante aquí volver sobre una historia que, por el hecho de abrir un camino al debate del disenso, fortaleció el hondo proceso democrático que la Argentina viene llevando a cabo bajo el interesante signo del kischenerisno.

De ahí que quisiera detenerme en una charla posterior de Horacio González, donde habla junto a los integrantes del grupo de Carta Abierta. Hace presencia, se dirige a ellos, e imagina al invisible pueblo. Este discurso se da en un espacio mucho menor, sin intervención de los grandes medios, y es posterior de la ola mediática que abarca la figura principesca de Vargas Llosa. La palabra de Horacio González entona el lugar tanto de espectador como de perdedor, y aunque lo hace luego de una derrotada marcada, ofrece su fracaso como lugar de la palabra y la especulación. Es una reunión que tiene los matices y el decoro de un mitin gremial, donde premia el discurso político, y sin embargo, dentro de ese contexto matizado por los intersticios que se nos escapan de una comunidad orgánica y cerrada, González dejó caer una frase que me parece pertinente evocar para nuestro presente:

“Si, sobre todo a los escépticos, vamos a salir de esta noche”.

Lo que primero sorprende para el que escuchó este discurso, es la manera en que la frase marca un momento en el discurso, solo para hacer continuar la recta puntual de la retórica. Es decir, Horacio González no la “deja caer”, como si fuese un adagio o una construcción hecha para hacer sonar una campana, sino que se vincula y se construye en el momento mismo de la enunciación, eso que Paúl Valery llamaba la ejecución sintáctica del pensamiento. Una primera vindicación del discurso político e intelectual de Horacio González tiene que menos con su matriz en fomentar discusiones y polémicas circunscritas a lo argentino, sino en el hacer mismo del discurso - arte privatizada hoy en la esfera de lo post-político - en un ademán (para hacer uso de ese vocablo que tanto le gustaba a su amigo David Viñas) en donde el intelectual regresa a la esfera pública como guerrero del verbo y espontaneidad discursiva.

En segundo termino, tendríamos que convidar el sentido metafórico: el peso de la expresión, o lo que es lo mismo, la imagen que aguarda para iluminar la presente situación política. Se recordará que para Marx, la victoria está marcada por una metáfora que también es símbolo de la luz: el tren de la victoria que, dentro del túnel de la Historia, puede discernir la llegada de la conquista del poder. Intencionalmente o no, Horacio González se inscribe en esa tradición profana que va de la oscuridad a la iluminación, de la ultratumba a la visión de un horizonte político. Salir de la noche implica atravesar, a la manera de Walter Benjamin, el abismo de la catástrofe, con el fin habitar el momento en que la historia, en un solo punto de su travea logra redimirse, y deviene en repetición que acumula la puesta del cambio.

Pero el énfasis de González no radica en la esfera imaginaria de su frase, aun cuando remite a Marx o al Talmud. El páramo de su discurso se inserta en una teología de la palabra, poco usual en nuestros días, que se da como operación de la creencia. De esta forma da lugar a la inversión de de la misma, prescindiendo de una bandera de reclutas: “…sobre todo a los escépticos”. No es un discurso para los que creen, sino justamente para aquellos que nunca creerán. Así, la llegada de la noche puede entenderse como el momento en que la creencia se suspende y vislumbra en el mar de la incertidumbre de la oscura noche, los posibles vectores de la política de lo imposible.

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Gerardo Munoz
Abril del 2011
Gainesville, FL.

2 comments:

Anonymous said...

bellas palabras. Se las pasare a Horacio.


Luis

Gerardo Muñoz said...

Ah, gracias, que honor!